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El duelo de Estados Unidos por Kennedy impulsa a su sucesor (1964)

Después de tres años de exitoso gobierno de Kennedy y con una ciudadanía entregada a homenajear la memoria del presidente asesinado, su sucesor, Lyndon B. Johnson, no podía perder

20/10/2020
Ficha:
Elección presidencial: cuadragésimo quinta
Fecha: 3 de noviembre de 1964
Votantes: 70.651.298
Estados: 51 (50 estados y el Distrito de Columbia)
Colegio electoral: 537 votos (269 necesarios)
Lyndon B. Johnson: votos populares, 43.127.041; votos electorales, 486
Barry Goldwater: votos populares, 27.175.754; votos electorales, 52                                                                                                                  
No hay ninguna manera de que este reportaje pueda arrancar sin hacer mención al asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy en 1963 (ver "La lupa"). Ni siquiera poniendo el foco exclusivamente en las elecciones del año 64, y obviando todas las implicaciones históricas del hecho, es posible sortear de ninguna manera la muerte brutal y televisada del máximo mandatario de Estados Unidos. Primero, porque estos comicios que hoy repasamos no deberían haberse celebrado, al menos no con Lyndon B. Johnson y Barry Goldwater como protagonistas. Y segundo, porque el resultado de las urnas estuvo completamente condicionado por el duelo en el que la ciudadanía quedó inmersa tras la desaparición de Kennedy. No solo Jacqueline era la viuda de JFK; todo el país lo era de algún modo.
Tras los comicios de 1960, en los que el Partido Demócrata se había impuesto por una cantidad ridículamente exigua de votos y bajo la sospecha de haber cometido fraude en varios estados, cuatro años después podía esperarse un segundo acto apasionante, una revancha. Pero el asesinato de Kennedy lo trastocó todo. O quizá no solo su muerte... ya que los tres años de gobierno de aquel católico, el primero en la Casa Blanca, convencieron a los votantes de que habían elegido al hombre correcto. Sus discursos, sus ambiciosas medidas, su apuesta decidida por superar a la Unión Soviética en la Carrera Espacial y, en definitiva, esa confianza en sí mismo y en su país que él predicaba subyugaron a sus simpatizantes... y no solo a ellos: también a quienes no lo habían sido tanto en el pasado.
Ya en 1962 Richard Nixon tenía claro que Kennedy era imbatible en las urnas. Solo dos años antes le había puesto contra las cuerdas -electoralmente hablando-, pero enseguida comprendió que la situación había cambiado: adelantó su intención de no repetir como candidato y se presentó a las elecciones para gobernador de California. Volvió a perder, en esta ocasión frente al Demócrata Pat Brown, y otra vez por escaso margen. Muchos dieron por enterrada allí la carrera política de Nixon -precipitadamente, como se verá en próximos reportajes-, pero lo cierto es que el propio interesado entendió que debía tomarse un respiro y empleó el año 63 en viajar por Europa y pronunciar conferencias. Más adelante tendría la ocasión de regresar y recuperar el protagonismo perdido.
Ninguno de los actores principales del duelo de 1960 repetiría cuatro años más tarde, así que los partidos principales, el Demócrata y el Republicano, debían buscar caras nuevas para los carteles. Alguna era obvia, no obstante. El presidente Lyndon B. Johnson, como depositario de las simpatías generadas por Kennedy, se trataba de una carta ganadora. Venció con facilidad en las primarias al gobernador de Alabama, George Wallace, que formaba parte de una facción del partido que podríamos calificar como "nostálgica" de los viejos tiempos en los que el Partido Demócrata había sido el principal guardián del segregacionismo y de la superioridad de los blancos sobre los negros. Si con la "Coalición del New Deal" este antiguo pilar del partido se había tambaleado -como quedó explicado en reportajes precedentes-, Kennedy, Johnson y su Ley de derechos civiles de 1964 (ver Glosario) terminaron por derribarlo. Así, en la Convención Nacional no hubo sorpresas y Johnson fue nominado con el senador Hubert Humphrey como compañero de candidatura.
El Partido Republicano, por su parte, tenía que encontrar a alguien dispuesto a pelear contra el legado de Kennedy. La empresa se presentaba lo suficientemente complicada como para que no hubiera un aluvión de aspirantes. Las primarias resultaron animadas por su equilibrio, con el senador Barry Goldwater imponiéndose por estrecho margen a los gobernadores de Nueva York y Pensilvania, Nelson Rockefeller y William Scranton, respectivamente. Goldwater, de Arizona, representaba al ala más conservadora de su formación, mientras que sus oponentes, en especial Rockefeller, procedían de los populosos y liberales estados del Este.
Elegir a Goldwater equivalía a presentar un contrapunto al ideario de Kennedy, lo cual quizá no pueda ser reprobable como estrategia: para elegir a un hombre con ideas parecidas a las del fallecido presidente, los votantes ya tenían a Lyndon B. Johnson. Menos práctica fue la decisión de los partidarios de Rockefeller de dar la espalda a Goldwater, por considerarlo un extremista. El Partido Republicano tenía suficientes problemas como para caer además en la división entre conservadores y moderados, pero pareció decidido a no perder la oportunidad de entrar en la historia, aunque fuera por la parte baja de la clasificación: es decir, gracias a sus pésimos resultados.
Goldwater, con todo, hizo una campaña notable en lo ideológico. Desempolvó un viejo ideario que podía reivindicarse como descendiente directo de las políticas de Thomas Jefferson: habló de rebajar impuestos y de limitar el peso de la Administración; menos estado y más libertad individual. En esta línea, revisó con lupa la Ley de derechos civiles de 1964 y encontró que en algunos puntos violaba precisamente las libertades de los individuos y los derechos de los estados... lo cual debe traer lejanos recuerdos a quienes hayan seguido esta serie desde sus inicios. El candidato del Partido Republicano estaba destinado a fracasar en 1964, porque su programa no estaba depurado y sonaba antiguo, pasado de moda. Con todo, sus palabras sentaron las bases para que, tras un proceso de decantación y refinamiento, lustros después eclosionara el conservadurismo moderno. De hecho, a partir de este momento los posicionamientos ideólogicos de los dos grandes partidos tenderán a distanciarse entre sí y a corresponderse grosso modo con los que tenemos asumidos en la actualidad; por fin podremos abrazar ese reduccionismo "izquierda-derecha" que, si bien es engañoso e históricamente inconsistente, no deja de resultarnos confortable.
Johnson y el Partido Demócrata enfocaron su estrategia en reivindicar las políticas sociales y económicas encaminadas hacia la igualdad y al apoyo de los más desfavorecidos. En este caso, no se trataba de simple palabrería: si en Estados Unidos se han dado pasos en algún momento hacia la implantación de un Estado del Bienestar, sin duda el que más empeño puso en ello fue Johnson.
Las ideas de los aspirantes, como vemos, no podían ser más dispares. Pero además estaba el asunto de la política exterior. Goldwater había cometido varios deslices verbales al pronunciarse demasiado a la ligera sobre el uso de la fuerza frente a terceros países, y esto fue aprovechado por los diseñadores de la campaña del Partido Demócrata. En varios anuncios de televisión presentaron a su rival como un hombre capaz de lanzar una bomba nuclear y sumir al país en una guerra apocalíptica. El más famoso de todos ellos y que tuvo mayor influencia fue el conocido como “Daisy”. En él, una niña deshoja una margarita y cuenta los pétalos que va arrojando al suelo. Al llegar a diez, una voz masculina aparece de fondo y realiza una cuenta regresiva mientras la niña escucha asustada. Al llegar a cero, el hongo posterior a una explosión atómica inunda la pantalla y, a continuación, se escucha a Johnson alertar de que es posible caminar hacia “un mundo en el que todos los niños puedan vivir... o caer en la oscuridad, podemos amarnos los unos a los otros o morir”. El anuncio terminaba mostrando uno de los eslóganes del Partido Demócrata para esas elecciones: “Vota por Johson, las apuestas están demasiado elevadas como para quedarse en casa”.
La campaña, cuando encaraba ya su recta final, se detuvo durante una semana debido a la muerte del expresidente Herbert Hoover por causas naturales. Ambos candidatos acudieron al funeral de quien había dirigido el país entre 1929 y 1933. Después llegó el momento de votar. Y Johnson se dio un festín. Ganó más del 60% del voto popular, lo cual superó los mejores registros de Franklin D. Roosevelt y de todos los demás, excepto del imbatible James Monroe y su triunfo sin oposición de 1820. Nunca el Partido Demócrata ha vuelto a lograr un triunfo tan apabullante.
En cuanto al voto electoral, Goldwater solo pudo ganar en Arizona -su estado natal- y, curiosamente, en el feudo tradicional del Partido Demócrata, el durante décadas conocido como "Sólido Sur". El realineamiento ideológico de las formaciones políticas conllevó a su vez, lógicamente, un reajuste en las fidelidades de los votantes. De alguna manera, los cambios que empezamos a vislumbrar con el "New Deal" de Franklin D. Roosevelt en los años 30 terminaron por plasmarse en estos comicios del 64, si bien todavía nos queda recorrido hasta que los veamos asentarse definitivamente, ya en los años 80 y con Ronald Reagan como baluarte y exponente del conservadurismo de nuevo cuño.
La lupa: el asesinato de Kennedy y las elecciones del 64
Estados Unidos nunca ha tenido rey. Sin embargo, si alguien ocupó alguna vez una posición equiparable a la de un Arturo británico o un Sebastián portugués en los corazones de los ciudadanos de ese país, ese fue John Fitzgerald Kennedy. La comparación con Arturo y Sebastián I "el Deseado" no es gratutita: fueron dos reyes, uno mítico y otro real, con vidas trágicas, muertes épicas y generadores ambos de leyendas sobre un futuro "regreso", una segunda venida en la que devolverían el esplendor a sus reinos. Kennedy comparte con ellos la sensación de vacío, de orfandad, que dejó entre sus conciudadanos.
Otros presidentes habían muerto antes asesinados: Lincoln, Garfield y McKinley. Todos eran muy queridos. No en vano, ocupar la Casa Blanca es garantía casi inevitable de convertirse en el personaje más admirado de la nación, como queda constatado cada año en la tradicional encuesta que Gallup realiza sobre este punto en particular. Pero la muerte de Kennedy produjo un impacto diferente, más profundo, más sentido. La envidiable juventud y la franca sonrisa del presidente, la elegancia de la primera dama, Jacqueline... los estadounidenses estaban orgullosos de que ellos fueran la ventana del país al mundo, de que les representaran, y poder aparecer así como un pueblo de gente amable, culta, afable y bella. Si podían ser rey y reina, lo eran de cuento de Disney.
Pero todo esto se truncó de improviso, en un instante, el 22 de noviembre de 1963. En Dallas, sobre el coche presidencial, saludando al pueblo confiadamente con la capota descubierta -y no como esos oscuros reyes de los siglos de la decadencia europea, en los que los monarcas se encerraban en sus palacios como torres de marfil-, dos balas invisibles salen de ninguna parte para estamparse en el presidente. Una sacudida, un desmayo y se acabó.
Las investigaciones posteriores dan para kilómetros de películas, documentales y libros. Resumirlas o solo citarlas excede el propósito de esta sección. Lo que nos incumbe en relación con las elecciones de 1964 es que el sucesor del presidente asesinado, Lyndon B. Johnson, heredó de alguna manera buena parte del cariño que antes era privativo de Kennedy. De esta manera, su posición de cara a los siguientes comicios quedó reforzada sobremanera, y ello explica la exagerada amplitud de su triunfo.
En cierta manera podemos pensar que, igual que el Cid, también Kennedy ganó una batalla -electoral, en este caso- después de muerto.
GLOSARIO
“LA LEY DE DERECHOS CIVILES DE 1964”: el presidente John Fitzgerald Kennedy impulsó durante su mandato la aprobación de una ley que estaba llamada a mitigar en buena medida la discriminación por raza, sexo o religión y a convertirse en un hito dentro de los avances hacia la igualdad en Estados Unidos. Afectaba especialmente a los espacios públicos y las escuelas, a los puestos de trabajo y a los requisitos necesarios para votar.
La ley fue propuesta por primera en el Senado en junio de 1963, pero quedó enredada en discusiones vacías gracias a que los Republicanos hicieron uso de la estrategia del “filibusterismo”, que ya fue explicada en el Glosario de las elecciones de 1876.
Lyndon B. Johnson, sucesor de Kennedy en la Casa Blanca tras el asesinato del presidente en noviembre del 63, dio un nuevo impulso a esta iniciativa, que finalmente fue aprobada por ambas cámaras entre febrero y junio de 1964. El propio presidente Johnson le otorgó el carácter de ley al firmarla el 2 de julio de ese año.
En un primer momento, las ambiciosas medidas que contemplaba esta "Civil Rights Act" se quedaron en la práctica confinadas a la categoría de recomendaciones o aspiraciones, ya que no existía la capacidad de imponerlas de un modo efectivo. Sin embargo, con el paso de los años se fueron aprobando disposiciones adicionales para apuntalar su implantación, lo cual generó no pocos problemas y, de hecho, sumió a Estados Unidos en una de las etapas más turbulentas de su historia.
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