Elecciones de 1908.
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El protegido de Roosevelt frustra el último asalto de Jennings Bryan (1908)

Theodore Roosevelt renunció a un nuevo mandato, pero el sucesor designado por él, Howard Taft, venció a Jennings Bryan en su tercer intento de alcanzar la Casa Blanca

Javier Iborra

Actualizado el 05/10/2020 a las 06:00

FICHA:

Elección presidencial: trigésimo primera

Fecha: 3 de noviembre de 1908

Votantes: 14.889.261

Estados: 45

Colegio electoral: 483 votos (242 necesarios)

William Howard Taft: votos populares, 7.678.395; votos electorales, 321

William Jennings Bryan: votos populares, 6.405.984; votos electorales, 162                                                                     

La ley no escrita de que ningún presidente debía aspirar a tres mandatos consecutivos volvió a ejercer una influencia decisiva en las elecciones de 1908. Theodore Roosevelt se encontraba entonces en la cúspide de su popularidad después de un segundo mandato brillante en materia exterior y moderadamente exitoso en los asuntos domésticos. El Congreso le había impedido desarrollar en toda su extensión sus ambiciosas políticas; sin embargo, el país seguía en la senda de la prosperidad económica y él conservaba ese carisma y magnetismo que había cautivado a los estadounidenses. Sabía que tenía un nuevo triunfo al alcance de sus manos, pero se había comprometido verbalmente a cumplir la tradición y, llegada la hora, honró su promesa: dio un paso al costado y renunció a la carrera electoral.

Eso sí, el paso al costado de Roosevelt fue realmente muy, muy pequeño. Aprovechó su influencia para condicionar la nominación de su partido, el Republicano, y logró que resultara elegido su amigo y secretario de Guerra dentro de su Gabinete, William Howard Taft. Tal era la influencia de Roosevelt sobre Taft que la oposición les acusaba de ser un tiritero y su marioneta, respectivamente.

A principios de 1908, los principales aspirantes Republicanos eran Taft, apadrinado por Roosevelt, y el gobernador de Ohio Joseph B. Foraker. Curiosamente, ambos procedían de Ohio, y justo en esa época el Partido Republicano había introducido el sistema de primarias estatales. Taft barrió a Foraker en su estado y aquel descalabro fue suficiente: Foraker tiró la toalla sin más lucha. La Convención Nacional Republicana fue un paseo para Taft, que logró 702 votos, mientras que ninguno de sus rivales se asomó siquiera al centenar.

No obstante, la renuncia de Roosevelt abría en cierta manera la posibilidad de que se produjera una sorpresa en las urnas. El Partido Demócrata sabía que se trataba de una empresa difícil: no había ganado ninguno de los comicios presidenciales desde 1892 y nada, ni dentro de Estados Unidos ni el exterior, había desgastado al gobierno lo suficiente como para que los votantes anhelaran un cambio de tercio. Sin embargo, contaban con una baza poderosa. En sus filas seguía William Jennings Bryan, candidato en 1896 y 1900. A pesar del tiempo transcurrido, él conservaba intacta su influencia sobre los sectores populistas y liberales del partido. Y sus recursos retóricos, aquellos que catorce años antes le hicieron salir de la Convención Nacional a hombros como si fuera un torero, no se habían oxidado. Si alguien podía ganar a Taft, era él.

No obstante, Bryan podía encontrarse con un formidable rival dentro de su partido. Se trataba del gobernador de Minnesota, John Albert Johnson. El hecho de que hubiera sido capaz de ganar para los Demócratas un feudo tradicionalmente Republicano como Minnesota era un aval poderoso, pero además se trataba de un hombre de orígenes humildes y trayectoria intachable. Bryan se anticipó al posible choque entre ambos y se aseguró un altísimo número de apoyos antes de la Convención Nacional. Aquello no le aseguraba nada, pero sí que era un indicio de que su candidatura concitaba un notable consenso entre los Demócratas. Para algunos políticos la unidad del partido puede ser algo que merece la pena cuidar, incluso a costa de sus ambiciones personales, y Johnson, que pertenecía a esa rara estirpe, prefirió retirarse. Bryan resultó nominado en la primera votación.

Por diferentes razones, Taft y Bryan eran dos pesos pesados. Sin embargo, esto no impidió que otros tomaran partido en la pugna electoral. De hecho, a lo largo de los últimos años habían proliferado una serie de pequeños partidos, casi irrelevantes, pero que merece la pena mencionar dentro de las elecciones de 1908 por la curiosidad de su alto número: cinco en total. Estos eran el Populista, el Socialista, el Socialista Obrero, el Prohibicionista y el Independiente. En esta última formación intentó salir nominado el magnate de la prensa William Randolph Hearst, tras su fracasada tentativa dentro del Partido Demócrata cuatro años antes, pero corrió la misma suerte y se convenció de abandonar para siempre su sueño de alcanzar la presidencia.

La campaña no benefició a Bryan tanto como él preveía. Exprimió sus recursos al máximo, enfocando su discurso en contra de las clases privilegiadas y deslizándose hacia el populismo una vez más, pero los tiempos habían cambiado, el Partido Republicano no era el mismo de los tiempos de McKinley y las políticas de Roosevelt habían estrechado las diferencias entre los Republicanos y los Demócratas. Además, el Partido Republicano dio en el clavo con un eslogan que ridiculizaba la insistencia de su rival en presentarse a las elecciones: "Vota por Taft ahora, podrás votar por Bryan en cualquier otro momento", decía.

Mientras tanto, Eugene Debs, candidato del Partido Socialista, acaparó buena parte del protagonismo. Al menos lo intentó con todas sus fuerzas, llevando a cabo una campaña itinerante montado en su propio tren, el Red Special, y haciendo paradas a lo largo de todo el país. 

Los Demócratas desaprovecharon la ausencia de Roosevelt. Quizá una campaña centrada en Taft, sin ideas de fondo, no hubiera estado a la altura de Jennings Bryan, siempre propenso a lanzar admoniciones grandilocuentes. Lo cierto es que sus palabras no calaron en los votantes esta vez y obtuvo sus peores resultados personales. Aun así, vistos con perspectiva, no fueron tan malos: sumó un millón y medio más de votos que el anterior candidato Demócrata, Alton B. Parker. Howard Taft, por su parte, prácticamente igualó los números obtenidos por Roosevelt -de hecho, obtuvo 40.000 sufragios más-, lo cual se puede considerar un tremendo éxito. En cuanto a votos electorales, no hubo color: Taft acumuló 326 por 162 de un Bryan que decidió que con esta derrota ya había tenido suficiente y no volvió a ser candidato nunca más.

El resto de partidos en liza se dio de bruces con su propia irrelevancia. Los ímprobos esfuerzos de Eugene Debs se vieron recompensados solo con el 2% del respaldo popular. Y aún pudo darse por satisfecho, ya que esto le valió para quedar por delante de las otras cuatro formaciones minoritarias, que en los años siguientes se rendirían a la evidencia y, paulatinamente, desaparecerían del panorama electoral en Estados Unidos.

La lupa: Roosevelt, Premio Nobel de la Paz
La determinación que caracterizó a Theodore Roosevelt durante toda su etapa política se plasmó también en el plano internacional. En el reportaje anterior, el correspondiente a las elecciones de 1904, vimos cómo maniobró para que Estados Unidos lograra los salvoconductos y las tierras para construir el Canal de Panamá y poseerlo en propiedad. En su segunda legislatura, Roosevelt se embarcó en otra tarea que iba a exigir de él que desplegara todas sus dotes diplomáticas, que no eran pocas.

Rusia y Japón se habían embarcado en 1904 en una guerra imperialista. Ambas naciones deseaban extender su influencia por Corea y Manchuria y ninguna estaba dispuesta a ceder. Rusia, en concreto, deseaba disponer de un puerto libre de hielos todo el año en el oceánico Pacífico. Contaba con la base de Vladivostock, pero solo era operativa en verano, así que había puesto sus ojos en Port Arthur. Este lugar era un excelente puerto natural situado en la punta sur de la península de Liaodong, en la Manchuria china. Los japoneses lo habían conquistado a finales del siglo XIX, pero una coalición de potencias europeas les había obligado a devolverlo. Desde entonces, Japón había mantenido la intención de recuperarlo.

La guerra se libró en las costas del Pacífico, lo que obligó a la flota rusa a atravesar medio mundo antes de luchar. Cuando llegó al encuentro de los barcos japoneses, fue derrotada con suma facilidad, poniendo el broche a una de las expediciones más bochornosas y peor dirigidas de la historia naval.

Rusia estaba herida en su orgullo y Japón, exultante. Nada de esto convenía al resto de grandes potencias del mundo. Los primeros podían intentar recuperar su gloria perdida en cualquier otro campo de batalla, mientras que los segundos estaban en condiciones de apretar el acelerador en su política expansionista. Roosevelt calculó que lo mejor era detener aquella guerra antes de que sus consecuencias fueran aún peores.

El presidente de Estados Unidos se reunió con representantes rusos y japoneses en calidad de mediador. Les invitó a Portsmouth, New Hampshire, y allí maniobró para conseguir un acuerdo que limitara las ganancias territoriales de Japón y restañara el orgullo de Rusia. Lo consiguió. El Imperio del Sol Naciente renunció a su pretensión de adquirir toda la isla de Sajalín y se contentó con recibir la mitad sur, mientras que Rusia ocuparía la mitad norte. Tampoco habría un pago de indemnizaciones de guerra.

Todo esto se firmó en el Tratado de Portsmouth, que fue visto como un gran triunfo diplomático dentro de la teoría del “equilibrio de poder”. Rusia seguiría siendo una amenaza para Japón en Oriente y, desde luego, el imperio isleño lo era para el gran oso ruso. Pero más allá de estos cálculos geoestratégicos, la cuestión es que la guerra se terminó y Roosevelt había jugado un papel clave en ello, así que en 1906 fue recompensado con el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose en el primer presidente de Estados Unidos en conseguirlo.

Glosario:
"SQUARE DEAL": con esta expresión fue bautizado el programa político relativo a los asuntos internos de Estados Unidos del presidente Theodore Roosevelt. Tenía tres objetivos principales: la protección de las clases medias y de los consumidores, la limitación del poder de las grandes fortunas, empresas y monopolios -frenando, al mismo tiempo, las peticiones más extremas de los sindicatos obreros-, y la conservación de los recursos naturales.

Roosevelt ya había anunciado su idea de un “square deal” antes de presentarse como candidato a la vicepresidencia en las elecciones de 1900. Según sus propias palabras, se trataba de una política para todos, independientemente de su credo o su riqueza.

Durante su primera legislatura (1901-04), esta política se tradujo en una activa lucha contra los "trust", pero en la segunda (1904-08) se topó con la oposición de los sectores más conservadores de su propio partido, el Republicano, que votaron en el Congreso en contra de varias de sus propuestas más progresistas.

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