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El debate sobre la esclavitud hiere de muerte al Partido Whig (1852)

El debate sobre la esclavitud hiere de muerte al Partido Whig (1852)

La esclavitud se consolidó como tema principal del debate político y provocó la división del Partido Whig, lo que en las elecciones se tradujo en un contundente triunfo Demócrata

19/09/2020 a las 06:00

FICHA
Elección presidencial: Decimoséptima
Fecha: 2 de noviembre de 1852
Votantes: 3.161.830
Estados: 31
Colegio electoral: 296 votos (149 necesarios)
Franklin Pierce: votos populares, 1.607.510. Votos electorales, 254
Winfield Scott: votos populares, 1.386.942. Votos electorales, 42                                                                                                                                                     

El vencedor en las elecciones de 1848, el general Zachary Taylor, falleció el 9 de julio de 1850; por tanto, antes de cumplir la totalidad de su mandato. Este hecho no era una novedad -William H. Harris había sentado el precedente- y el mecanismo de sucesión volvió a funcionar sin problemas: el vicepresidente Millard Fillmore ascendió de puesto y completó la legislatura. Lo remarcable del asunto es que en un lapso de cuatro años no sólo desapareció Taylor, sino toda una generación (o, mejor dicho, representantes de varias) que habían acaparado el protagonismo de la política estadounidense en las últimas décadas.

El primero en morir fue el mayor de todos, John Quincy Adams, el 23 de febrero de 1848. Había sido el sexto presidente de Estados Unidos y después se había convertido en fundador y figura destacada del Partido Whig. Otro expresidente, James K. Polk, falleció el 15 de junio de 1849; y Taylor lo hizo en 1850. Además, otras eminencias grises, políticos que habían tenido casi tanto poder como algunos presidentes, se unieron a esta luctuosa lista. John C. Calhoun, dos veces vicepresidente, secretario de Estado y secretario de Guerra, y también figura fundamental para el estado de Carolina del Sur durante la polémica sobre la Nulidad de los Aranceles de 1828 y 1832, perdió la batalla contra la tuberculosis en la primavera de 1850. Y en 1852, entre junio y octubre, les llegó la hora a Henry Clay y Daniel Webster. Ambos fueron dos alquimistas de la persuasión, uno mediante la influencia entre bastidores y otro con su brillante oratoria, y hasta el último momento dieron un servicio a su patria. Su obra final fue el Compromiso de 1850.

La rivalidad entre los estados libres y esclavistas había alcanzado cotas tan elevadas que sus tentáculos emponzoñaban toda la política del país. Incluso el desmesurado botín que Estados Unidos había arrebatado a México en el Tratado de Guadalupe Hidalgo se valoraba en base a la dicotomía esclavitud-libertad: había nuevos territorios que en un futuro -en el caso de California, muy cercano (ver “La lupa")- podrían ser admitidos en la Unión y tanto el Compromiso de 1820 como la Línea Mason-Dixon no eran ya herramientas válidas para determinar si en esas nuevas tierras estaría permitida la esclavitud.

Con esta idea en mente y apremiados por la solicitud de California de incorporarse a la Unión como estado libre, representantes de una y otra rama en el Congreso se reunieron para llegar a un nuevo acuerdo que sustituyera al ya obsoleto de 1820. La muerte de Zachary Taylor allanó el camino hacia el entendimiento, ya que el presidente se había postulado en contra de las amenazas de los estados esclavistas e incluso había avisado de que no le temblaría el pulso si tuviera que enfrentarse con la fuerza a una posible sedición.

Con Fillmore como presidente interino, se llegó a un trato: el Compromiso de 1850. California sería admitida sin que nadie cumpliera su amenaza de recurrir a la secesión para evitarlo, el secular equilibrio entre estados esclavistas y libres se rompería, pero a cambio se permitiría la esclavitud en Utah y Nuevo México y se aprobaría un antiguo anhelo de los dueños de esclavos: la 'Fugitive Slave Act' (ver Glosario). Como ya se ha mencionado antes, resultó decisiva la participación tanto de Clay -redactor del texto definitivo junto al senador demócrata Stephen Douglas- como de Webster -nombrado secretario de Estado para la ocasión y autor de un célebre discurso en defensa del acuerdo-.

Este Compromiso, no obstante, dejó descontentos en ambos bandos. Pero la situación se complicó todavía más cuando el abolicionismo, es decir, la idea de que la esclavitud debía desaparecer de todo el país, estados sureños incluidos, experimentó un espaldarazo gracias al éxito de una novela: La Cabaña del Tío Tom, escrita por Harriet Beecher Stowe y publicada en 1852. Los esclavistas, mientras, entendían que su modo de vida comenzaba a verse directamente amenazado por los emergentes abolicionistas y adivinaban complots en su contra en cada decisión del gobierno federal o del Congreso. Los ánimos en el país se estaban caldeando a marchas forzadas.

Con este panorama, Whigs y Demócratas organizaron sus convenciones nacionales. El presidente Fillmore no fue elegido por los primeros, lo cual fue la constatación de que el Compromiso de 1850 no había gustado a muchos. El elegido, después de 58 votaciones, fue el general Winfield Scott, que había liderado el desembarco en Veracruz y la invasión de la capital enemiga en la guerra Estados Unidos-México. No le faltaba prestigio, pero sí aptitudes políticas. Fue incapaz de enviar un mensaje que reconciliara a todas las alas de su partido, desde los abolicionistas hasta los más moderados e incluso los abiertamente esclavistas. En las elecciones, no tuvo opción.

Los Demócratas, por su parte, se habían dado a sí mismos un sistema de elección de candidatos que exigía un consenso casi imposible de lograr. Así, las votaciones se sucedían, hasta que los favoritos daban un paso a un costado. Esto volvió a suceder una vez más y en la votación número 49 ganó Franklin Pierce, un exsenador y general de brigada en la guerra contra México que llevaba diez años alejado del Congreso.

Pierce contaba con una baza importante, decisiva, a su favor: se le veía con buenos ojos tanto desde el norte como desde el sur. Todo lo contrario que su rival, que no consiguió ni aunar las fuerzas de los miembros de su partido. El resultado fue una contundente victoria Demócrata, la última en voto popular y electoral de esa formación hasta 1932. Para el Partido Whig aquello fue el fin, así que en las próximas elecciones veremos la aparición de los Republicanos, el que durante los siguientes 150 años ha protagonizado con los Demócratas el bipartidismo dominante en Estados Unidos.

La lupa: La Fiebre del oro de California

California fue la joya de la corona de ese tratado, el de Guadalupe Hidalgo (1848), por el que México cedió a Estados Unidos una gigantesca extensión de tierra entre el golfo de México y el oceáno Pacífico a cambio de la paz. El territorio era fértil y de clima benigno; mucho más apto para la vida que los desiertos de Nuevo México y las no menos ásperas tierras de Arizona, Nevada o Utah. Sin embargo, se encontraba lejos de otros centros de población importantes y las rutas terrestres para llegar hasta allí resultaban tan intrincadas que merecía la pena plantearse rodear todo el continente por mar, incluso arriesgándose a cruzar el siempre temible cabo de Hornos. Quizá por eso México pensó, cuando firmó el tratado el 2 de febrero de 1848, que su pérdida era dura pero asumible. No sabía -ni nadie más salvo el general John Sutter, su capataz James Marshall y un puñado de personas más- que ocho días antes en un río del interior de California se había encontrado el bien más codiciado en la época: oro.

La noticia tardó en difundirse. El dueño de las tierras en las que se habían encontrado las pepitas de oro, el mencionado John Sutter, intentó ocultar el hecho. Pero de algún modo llegó a los oídos del periodista Samuel Brannan, del periódico The Californian, y el 15 de marzo se publicó la primera información sobre el descubrimiento. La noticia atravesó el país con lentitud, pero en verano se hizo eco la prensa de los estados desarrollados del este y en diciembre incluso el presidente James Polk, que estaba a punto de terminar su mandato, incluyó el asunto en uno de sus discursos.

En 1849 se produjo una auténtica avalancha de buscadores de oro, que recibieron el nombre de 'forty-niners', es decir, “los del 49”, por el año en que llegaron a California. Ciudades como San Francisco o Sacramento, relativamente cercanas al lugar donde habían sido halladas las primeras pepitas de oro, sufrieron un crecimiento mayúsculo. Y aunque quizá el oro no fue el negocio redondo con el que muchos buscadores soñaban, sí fue una bendición para la economía de la zona, que despegó hasta convertir a la muy poco poblada -salvo por indios- California en un territorio pujante.

Esto provocó que, solo dos años después del Tratado de Guadalupe Hidaldo, Estados Unidos se apresurara en admitir a California como su estado número 31, rompiendo además el equilibrio entre estados esclavistas -que quedaron en minoría- y estados libres.

GLOSARIO:

“BLOODHOUND BILL”: La 'Fugitive Slave Act' aprobada por el Congreso el 18 de septiembre de 1850 fue una de las concesiones y consecuencias más polémicas del acuerdo entre las dos facciones de congresistas esclavistas y antiesclavistas que se conoce como Compromiso de 1850.

La ley obligaba a los cargos públicos y ciudadanos de los estados libres del norte a cooperar en la entrega de los esclavos huídos a su territorio. Los abolicionistas le dieron el nombre de los perros que se usaban para rastrear a los fugitivos y la apodaron 'Bloodhound Bill'.

Su puesta en práctica provocó descontento en los estados norteños porque la sentía como una invasión a las competencias y libertades por parte de los estados del Sur, pero también sirvió para que afloraron testimonios de esclavos, que relataron la penosa condición que habían dejado atrás en su huida, y provocaron una ola de indignación en buena parte del país.

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