

El Partido Demócrata irrumpe en las primeras elecciones modernas (1828)
Las elecciones de 1828 son el Rubicón de la democracia estadounidense: de la mano del Partido Demócrata dejó atrás su versión "aristocrática" y se encaminó hacia el sistema popular moderno
Actualizado el 13/09/2020 a las 06:00
Elección presidencial: undécima
Fecha: 31 de octubre al 2 de diciembre de 1828
Habitantes inscritos: 1.993.087
Votantes: 1.148.018
Estados: 24
Colegio electoral: 261 votos (131 necesarios)
Andrew Jackson: votos, 642.553. Votos electorales: 178
John Quincy Adams: votos, 500.897. Votos electorales: 83
El Partido Federalista se hundió tras la guerra de 1812. Eligió oponerse a la contienda y el honroso papel desempañado por Estados Unidos contra Gran Bretaña le dejó en mal lugar. Su rival, el Partido Demócrata-Republicano, murió de éxito. Había alcanzado su cénit en las elecciones de 1820, cuando su candidato en esa cita, James Monroe, ganó sin oposición. Sin embargo, cuatro figuras del partido compitieron por la presidencia en los siguientes comicios, obviando el resultado del caucus Demócrata-Republicano en el Congreso. De repente, el partido se reveló incapaz de cumplir con una de sus funciones primordiales, que era canalizar las candidaturas, lo que cual significaba de hecho su desarticulación.
Las elecciones de 1824 habían dejado heridas abiertas. El candidato con más votos, Andrew Jackson, había sido desbancado por la "elección contingente" en la Cámara de Representantes. Y Henry Clay, la eminencia gris en los pasillos del Congreso, había maniobrado para aupar a John Quincy Adams a la Casa Blanca. Cuando Adams nombró a Clay secretario de Estado se dio el pistoletazo de salida para la siguiente campaña por la presidencia y Estados Unidos vivió, por primera vez, cuatro años de efervescencia política, con debates duros y ácidas campañas de desprestigio. Para cuando llegó 1828, la expectación generada era inmensa y la participación se disparó. Si en 1820 había votado un 10% de los ciudadanos con derecho a hacerlo y en 1824, un 27%, en 1828 se superó el millón de votantes, lo que suponía un 57% de participación.
Entre medias, Adams y Jackson intentaron respaldarse con nuevos partidos a su medida para afrontar con garantías la contienda electoral. Adams agrupó a los antiguos Federalistas, que se habían integrado más o menos a regañadientes en el Partido Demócrata-Republicano, y creó con ellos el Partido Nacional Republicano. Jackson formó el Partido Demócrata, el mismo que todavía sigue siendo a día hoy uno de los dos grandes de Estados Unidos. En su origen fue una organización populista, alejada de los tintes aristocráticos que había imbuido hasta entonces a la política del país, y uno de sus rasgos clave fue el culto al líder.
En esta ocasión, desde luego, no hubo dudas sobre quiénes serían los candidatos, John Quincy Adams y Andrew Jackson, y durante la campaña no se dio ni se pidió cuartel. La aprobación de un arancel se convirtió en la excusa perfecta para recrudecer las diferencias y exacerbar los ánimos de los votantes, pero también se traspasó la línea de la política y se tocaron temas personales: la mujer de Jackson, Rachel Donelson, había estado casada en su juventud con Lewis Robards. Después se había separado y se casó con Jackson en 1791, creyendo que su divorcio ya se había formalizado. Pero después se descubrió que no era así. Jackson y Rachel tuvieron que formalizar su relación de nuevo en 1794, cuando los papeles de ella estuvieron en regla. El asunto fue exprimido como arma arrojadiza en los meses previos a las elecciones y Rachel, muy afectada, falleció. Su funeral, celebrado en diciembre de 1828, congregó a miles de personas.
La cita con las urnas fue todo un acontecimiento de masas por primera vez en la historia del país. La expectación creada y la polarización reinante la convirtieron en un hito, en el punto de inflexión que enterró definitivamente la versión aristocrática de la democracia estadounidense para encaminarla hacia el sistema popular actual. Por eso se considera que las de 1828 fueron las primeras elecciones modernas.
Andrew Jackson ganó. No lo hizo de forma apabullante en cuanto al voto popular (650.000 a 500.000), pero sí logró una amplia diferencia en el Colegio Electoral (178 a 83). Solo 131 eran necesarios para acceder a la Casa Blanca, de manera que esta vez nadie pudo arrebatarle la victoria en el Cámara de Representantes y John Quincy Adams, siguiendo la estela de su padre, se convirtió en el segundo presidente en fallar en su intento de reelección.
Adams había cumplido 90 años y Jefferson, 83. Habían sido rivales por el sillón presidencial y miembros destacados de partidos contrarios. Sin embargo, como representantes de la vieja política, en la que las pasiones no debían desbordar la cortesía, habían conseguido que sus diferencias no les impidieran profesarse mutuo respeto. Jefferson murió primero, pero Adams no lo sabía. Por eso, cuando este se sintió morir, dijo: "Jefferson sobrevive". Estaba equivocado. Solo uno de los firmantes de la Declaración de Independencia seguía vivo: Charles Carroll, de 89 años.
Tristemente, la agria pugna entre Jackson y John Quincy Adams no dejó tranquilo a Jefferson incluso después de muerto. En 1827, el gobernador de Virginia, William Branch Giles, aireó una carta en la que el expresidente criticaba al gobierno y ese documento fue instrumentalizado con intereses electorales. En cierta manera sirvió para reavivar el debate entre el federalismo (centralismo) y los derechos de los estados (autonomismo). La vieja discrepancia nunca había desaparecido del todo y en las décadas siguientes se enquistó hasta provocar el peor de los desenlaces: la guerra civil.