Pagando a escote
Publicado el 23/08/2023 a las 07:16
Me produce indignación ver la transparencia de las bambalinas políticas. Y no porque realmente exista esa transparencia, ni mucho menos, sino porque es tan sencillo adivinar su resultado que me resulta insufrible. Todo se conforma en una suerte de reparto del ¿qué hay de lo mío?, donde brilla por su ausencia todo aquello que representa el conjunto de líneas de trabajo a abordar para un mayor, y mejor, beneficio social. Que son muchas y prioritarias, y definen realmente el progreso.
Una sociedad que permanece impertérrita ante este espectáculo repetido es una sociedad que tiende a estrellarse tras la cuesta abajo de la incapacidad de frenar el vehículo al que nos subieron quienes se abstuvieron, y abstienen, de subirse a él (o que son los únicos que portan su sistema de eyección para salir indemnes en el momento decisivo del choque). Un vehículo de polarización desmedida e intransigente que nadie parece verlo como tal, y que nos sigue conduciendo hacia realidades que, yo al menos, creía que la Historia nos había enseñado a evitar. Pero no. Nos seguimos empeñando en asumir los “cantos de sirena” de una prole política cada día más insufrible, donde las responsabilidades brillan por su ausencia y los rangos de competencia (aptitud e implicación, rindiendo cuentas y asumiendo resultados) y ética (trabajo real y comprometido, “saltando del sillón” ante su ausencia) son bonitas palabras que enmarcan los discursos panfletarios de la desvergüenza. Y estoy hablando de todo el arco político, pues me demuestran que todos van a lo mismo del, y me repito, ¿qué hay de lo mío?
Solo somos capaces de comentarios y discusiones en los ámbitos comunes de nuestro “desarrollo crítico”, como comercios, calle o descansillos de escalera. Y lo hacemos con grandes aspavientos e, incluso, llegando a generar desgraciados distanciamientos entre nosotros. Incapaces de crear una crítica social conjunta de esas elucubraciones políticas, pues hemos asumido el rol del “conmigo o contra mí” que esta suerte de disparatados personajes, de todo pelaje ideológico, nos han inculcado como canción de cuna, no siendo bebés.
La Política (con mayúsculas) exige mejores mimbres de sus componentes. Más nos valdría pagar sueldos acordes con la valía real a exigir para los puestos, y las responsabilidades -exigibles- a asumir, para que las personas realmente competentes se sientan atraídas hacia ese trabajo público, eliminando gran parte del numeroso grupo de políticos (a nivel estatal y, dentro de ellas, a nivel de autonomías) que sobran a todas luces, junto con la multiplicidad de asesores y cargos del “estar en el sitio oportuno en el momento oportuno”, sin bagaje real de competencia debida. No solo podríamos pagarles de modo objetivo (pagar las cifras actuales a cuantiosas personas sin provecho alguno, que, probablemente, ni en sus mejores sueños las hubiesen imaginado si se hubiesen tenido que buscar la vida con sus propias mimbres, sí que es un despilfarro), sino que evitaríamos la carga de más estamento político, innecesario, para corresponder a las exigencias por pactos de todo tipo, con tal de mantener el poder. E, insisto, hablo de todo el espectro político, pues nuestra Historia ya nos ha demostrado, con luces y taquígrafos -posteriores siempre a nuestro voto- cómo se las gastan realmente, contando con nuestro dinero, pues, al fin y al cabo, pagamos a escote. Ellos nunca invitan de su bolsillo. Por poner el ejemplo último - y se ha dado en otro tipo de tendencias- estoy por ver que en Podemos, ante su debacle de ingresos por resultados electorales, propongan sus dirigentes electos una renuncia parcial de sus sueldos, para evitar, al menos, el despido de bastantes compañeros suyos.
Javier M. Elizondo Osés