Guerra, nunca

Ángel Moracho Jiménez

Publicado el 20/10/2022 a las 07:19

La pasada semana pudimos ver en redes un vídeo donde el presidente de Ucrania, en un acto protocolario al más tradicional de los estilos civiles y militares, rendía homenaje a los fallecidos en combate, casi todos jóvenes otorgándoles a sus familias el reconocimiento por el deber cumplido en batalla. Es impactante ver cómo un chico de 8 años le da la mano a un señor que no conoce e intentar asimilar que se ha quedado sin padre. Con qué entereza una madre escucha las palabras de consuelo de un presidente que sabe lo que es la guerra. Estamos ante la mayor de las barbaries, una guerra entre países modernos, asentados con calidad de vida que por decisiones políticas sociales o de otras índoles cambian las funcionalidades como sociedad moderna, pasando a ser vestigios de recuerdos duros, ya pasados. Las madres sin hijos, los hijos sin padres, en el convencimiento reconfortante de que lo hicieron por su país, por ellos, por su futuro, en la búsqueda de una libertad sin opresión. En el recuerdo esta frase famosa que dijo algún actor “solo deseo que mi país me quiera lo mismo que lo yo lo quiero”. Nunca deberíamos haber entrado en una guerra donde este dolor humano está siendo posible, donde los estamentos diplomáticos de alguna manera han fallado estrepitosamente, donde es mejor ceder un poco, que perder mucho y donde todavía ante el valor de muchos hombres, nos quedan cosas por ver. En un mundo enfatizado por intereses de múltiples índoles económicos, religiosos, sociales, debería haber unas reglas de obligado cumplimiento en el sentido de limitar las acciones de represión, entre alguno de sus miembros. No tiene sentido demostrar una gran capacidad de armamento para la guerra, ya que el poder destructivo de las tecnologías supera con creces un conflicto armado convencional. Los conflictos se deben arreglar en las mesas de conocimiento entre países y nunca, llegar a una guerra algo que deja al ser humano en un segundo plano y convierte en protagonistas a los muertos.

Ángel Moracho Jiménez

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