En primera línea
Publicado el 08/10/2022 a las 08:16
Sucedió hace unos días, aquí, en Pamplona. Y no era la primera vez. Varios cientos de civiles, pamploneses, navarros, juraron bandera en el Parque Antoniutti de nuestra capital. Lo cierto es que apenas si vi de lejos y de pasada cómo se iba organizando el acto y llegaban varias decenas de personas perfectamente engalanadas y emocionalmente comprometidas hacia los banderines y estrados ceñidos por la bandera de España.
Más allá del rito, del gesto público, de la convicción y coherencia con unos valores, más allá de mi propia nostalgia y recuerdo cartagenero de hace tres décadas en Infantería de Marina, puse la vista en los hombres y mujeres de verde y caqui (tierra, bosque y arena): soldados, suboficiales, oficiales y jefes del Regimiento de Cazadores de Montaña América 66, nuestras tropas acuarteladas en Aizoáin, con más de 250 años de historia a sus espaldas. Aún no estaban en formación cerrada, pero se disponían a enmarcar y presidir un acto de enorme trascendencia. Pensaba en sus firmes tradiciones castrenses, su compromiso permanente y su experiencia en tantos y tantos lugares peligrosos como ha ocupado y ocupa el ejército español en cuatro continentes. En las últimas décadas este ha acudido a Bosnia-Herzegovina, Líbano, Mozambique, Afganistán, Somalia, los Países Bálticos… Basta echar un vistazo a las páginas del Ministerio de Defensa para seguir paso a paso sus misiones en los lugares más conflictivos del planeta. Y uno se pregunta si no son precisamente ellos, junto con no pocos y valientes voluntarios y oenegés, quienes conocen de primera mano y de verdad, sin maquillajes ni fakes, el panorama que nos rodea, y no nosotros, que vivimos alejados de los conflictos, tan distantes en nuestra comodidad mientras los militares de todas las armas (no pocos navarros entre ellos, por cierto) cumplen abnegadamente su vocación de servicio a una comunidad que, mientras, deja en sus manos afrontar la primera línea.
La invasión rusa de Ucrania parece habernos despertado momentáneamente y también acercado al peligro real (como lo fue el de la extinta Yugoslavia, pero entonces Europa miró hacia otro lado). Los comentarios de salón y sobremesa son fáciles a miles de kilómetros de la realidad, al igual que los análisis floridos de una pléyade de tertulianos omniscientes. Sé que los militares no pueden hacer valoraciones ni declaraciones políticas, que su papel debe ir más allá de gobiernos e ideologías. Pero qué bien nos vendría escuchar su voz después de estar frente a quienes tal vez no considerábamos amenazas y hoy lo son en mayor o menor grado. Desde sus puestos de mando, controles, actividades de inteligencia, gestión de infraestructuras, interminables guardias o intervenciones arriesgadas, creo son los que mejor nos pueden explicar qué podemos esperar en un futuro cercano. Ante la crisis económica, energética y humanitaria, estamos despertando, al menos en España, del apacible sueño civilizador, del adanismo paradisíaco. Empezamos a comprobar que la guerra sigue existiendo, que no está tan lejos, y consideramos la necesidad de unas Fuerzas Armadas profesionales, bien entrenadas y equipadas en un contexto europeo acorde, con la OTAN como paraguas de los valores occidentales. Quizás aún nos falte, creo, que la sociedad entienda y apoye con sinceridad y agradecimiento el papel de sus soldados, como se puede ver en Francia, en el Reino Unido, en Italia. Tal vez sea el momento de terminar con recelos del pasado y haya llegado la hora hacer justicia, de reconocer y normalizar el vínculo entre las Fuerzas Armadas y la sociedad a la que sirven. No nos engañemos: ellos son nosotros y nosotros somos ellos.
Juan Manuel Ojembarrena Calvo