El triunfo del amor
Publicado el 23/08/2022 a las 07:55
Hace veinticinco años hubo una boda en la familia, por lo tanto estos días celebraremos las bodas de plata. Y me he tomado la licencia de escribir sobre el tema, cansada y aburrida de malas noticias -pandemias, guerras, incendios, inflaciones, amenazas nucleares y augurios apocalípticos- porque quiero romper una lanza en favor de lo positivo y luminoso que también, gracias a Dios, abunda en el mundo. Sirva este escrito como un cántico al amor; aquel amor que unió a una pareja y que ha ido aumentando con el paso de los años. Hoy, las mitades de los asistentes a aquella boda partieron para la patria celestial, pero los protagonistas siguen aquí con nosotros, dándonos cada día con sus hechos, una clase magistral sobre el triunfo del amor. Hoy, que de cada dos parejas una se rompe porque se acabó el amor. Hoy, que las salpicaduras de sangre generadas por la violencia de género nos alcanzan con demasiada frecuencia. Hoy, que parece que el desamor acampó entre nosotros, hoy, proclamo a los cuatro vientos que el amor existe. ¿Hay algo más hermoso? Lo dudo. Los grandes poetas cantaron al amor con todo su saber y entender, lo mío es más rústico y elemental. Yo veo el amor cuando alguno de la pareja pasa la noche en blanco con el bebé que no calla para que el otro descanse. O cuando se cocina poniendo alma, corazón y vida en cada plato.También lo encuentro cuando se hacen las tareas menos gratas, para liberar al otro, u otra, de ellas. Existe callado, sufriente y servicial para echar el resto, a los pies de la cama del cónyuge enfermo. Vive, cuando tiramos unidos y en pareja del carro donde viajan los hijos, a veces los padres, siempre las dificultades y los problemas y alguna vez ¿cómo no? las alegrías y satisfacciones. En resumen, que el amor nace, crece y se reproduce cuando la palabra egoísmo ha sido desterrada del diccionario de nuestras vidas, sustituyendo el “yo” por el “tú” que después deviene en el “nosotros”. Yo lo veo, muy a menudo, en esas miradas cómplices que se cruzan entre quienes se aman, porque los sentimientos no necesitan de palabras para expresarse.
Y no digamos si alguno de los miembros de la pareja viene “de fábrica” con la bondad incorporada; bondad que acabará contagiando al otro por aquello que suele decirse de que “ dos que duermen en un mismo colchón..”. Alguien dijo que amar es mirar en la misma dirección. Por mi parte añadiría que veinticinco años después es seguir mirando y admirando a esa persona que es el sentido -o para qué- de nuestras vidas. Amor significa que cada mañana suena la primavera de Vivaldi al despertarse junto a la persona amada, a pesar de los años, la rutina, el desgaste y la monotonía. Esto es el triunfo del amor. Y si no que se lo pregunten a esas parejas mayores que iniciaron la aventura de envejecer juntos y hoy a punto de concluirla, cada uno es el bastón del otro. Veinticinco años de amor con sus días y sus noches -como diría Sabina- Tiempo de ir creciendo juntos a todos los niveles como seres humanos, sociales, profesionales, culturales y espirituales ¿hay quien de más ? Sí, los cuatro maravillosos vástagos de la pareja que han aprendido la asignatura del amor con el ejemplo de sus padres. Felicidades y enhorabuena, no por esos veinticinco años -que también- sino por haber logrado ascender al podium de los vencedores reservado sólo a algunos privilegiados, y haber conseguido el mayor trofeo que se puede alcanzar en esta vida; el triunfo del amor.