En el Sadar

Daniel Bidaurreta Olza

Publicado el 15/05/2022 a las 08:48

Nunca había visitado el estadio aun siendo pamplonés y conocedor del viejo campo de San Juan con un Osasuna en Tercera División (Gómez, Unamuno, Urbieta …, puedo recitar el nombre de los once). Tengo 83 calendarios pero en esta vida a cada cual le da por lo que le da, y a mí me ha dado por otras cosas. Tenía curiosidad por conocer ese lugar donde dormían los toros navarros para ser conducidos al día siguiente a las fiestas de San Fermín. Ahora está lleno de casas, escenario de un fenómeno sociológico de nuestra época en el que se juegan las posibilidades de muchos ciudadanos para afrontar las incertidumbres de estos tiempos difíciles, y para nosotros un cauce del navarrismo por encima de opciones políticas. ¿Qué sería de nuestra Comunidad si desapareciera Osasuna? Y puesto que nada de lo humano nos debe ser ajeno, apelé a la ayuda de un hijo para visitar El Sadar, pero en su salsa, un proyecto que por mi cuenta me habría resultado imposible: ¿Porque cuándo abren las taquillas? , ¿dónde se puede aparcar?, ¿encontraré mi asiento entre los 22.000 que hay allí … ? Se trataba del partido jugado el pasado día 11 contra el Getafe. Después de aparcar donde pudimos nos incorporamos al gentío. Cuando me asomo al estadio el espectáculo, sin llegar al del Bernabeu, me impresiona. Las gradas se ven repletas con muchas camisetas rojas, el ambiente es de fiesta y el sol luce como para una corrida, el murmullo de la multitud aturde (aunque los Indargorri , según he oído, están cabreados con la Directiva y han optado por una huelga de silencio). Hay anuncios que cambian constantemente alrededor del campo, y una cámara sube y baja en al vacío sustentada por invisibles hilos. El césped a franjas es impecable… Fantástico. Salen los jugadores en fila india, aplausos, y a los ocho minutos sobreviene una explosión de júbilo: el ídolo Sanjurjo ha metido un golazo. Pero en El Sadar la alegría puede durar lo que en la casa del pobre: el visitante iguala el resultado, además por culpa de un gol en propia puerta. Paciencia. El partido toma un ritmo monótono. Cuando cae un jugador en tierra y no se levanta enseguida se desata la cólera del respetable: si es un rojillo, por la brutalidad del contrario, y si es visitante porque le está echando cuento. El tiempo pasa según lo advierte sin misericordia un gran panel electrónico, y cuando empieza la segunda parte muchos sacan el bocadillo como cuando aparece el cuarto toro en Sanfermines. Parece que así se alegran un poco las gradas pero el resultado sigue igual, así que el respetable empieza a impacientarse. Hay una falta a un rojillo que, consultado el VAR, juez inapelable y anónimo al que no se puede insultar, origina la expulsión del culpable. Alivio. Cada vez que los rojillos inician un ataque que amenaza gol, el entusiasmo se desborda…, pero nada. Al final sale todo el mundo con un regusto agridulce, con solo un punto pero ganado con dignidad. Y vuelta al coche, donde para escapar de la aglomeración será preciso tomárselo con filosofía.

Daniel Bidaurreta Olza

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