Llega el nuevo curso escolar
Publicado el 01/09/2021 a las 08:35
Llega el 1 de septiembre, y con él las aceras y calles de los pueblos y ciudades de Navarra se llenarán, al punto de la mañana de niños, adolescentes y universitarios, animados de un intenso dinamismo y júbilo, envidiables para los adultos. Toda la sociedad despierta a la actividad cotidiana después de un merecido letargo veraniego pasado a la sombra de los parasoles en la playa, de los sauces en las piscinas y de los bosques de ribera en los ríos. La actitud bullanguera de los jóvenes produce regocijo social y provoca la sensación de que algo nuevo ilusionante ha comenzado, como se refleja en la nueva clase, las nuevas asignaturas, nuevos libros y cuadernos, nuevos profesores, nuevos amigos, nuevas experiencias y aventuras que contar. Ha comenzado un nuevo curso escolar plagado de proyectos. Seguro que, entre otros efectos, y ya solo por eso, el día sería motivo de contento, pues ayudará de inmediato a olvidar los inhumanos efectos del COVID: la cifra diaria de fallecidos, las noticias de los telediarios plagadas de nuevos infectados y del inquietante, incomprensible y perverso número de afectados por cada mil habitantes en 14 días. También, espero, que sean relegados a la desmemoria los insolidarios botellones, falsamente calificados de festivos y revestidos por la equivocada idea de que son oportunos para el legítimo uso de la libertad de los jóvenes, cuando han sido vehículo de las más siniestras consecuencias sociales y económicas.
El curso escolar ha comenzado, lo que produce una enorme alegría: el complejo y necesario proceso de formación de los jóvenes continúa. Unos se incorporan al sistema, otros lo abandonan para empezar a dar sus frutos. Pero también es motivo de enorme tristeza. De nuevo surgirá el insostenible, injustificado e insoportable enfrentamiento social por la modalidad de enseñanza, auspiciado, en muchos casos, por la administración pública educativa pertinente: educación pública o educación privada (ahora llamada concertada). Hace cuarenta y dos años y diez meses que el pueblo español ratificó en referéndum la Constitución española de 1978. Su artículo 27 establece el derecho fundamental a la educación, reconoce la libertad de enseñanza y el derecho de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral conforme con sus convicciones. Reflejó el art. 26 de los derechos humanos de 1948. Sí, tanto tiempo ha pasado y todavía no hemos sido capaces de dar contenido y sentido a estos principios constitucionales y diseñar un modelo estable que, desde la mayor eficiencia, alcance la calidad que ella debe alcanzar en un país desarrollado. Seguimos enfrentados en posiciones irreductibles.
Sería deseable que en toda localidad existiese la doble modalidad de enseñanza, pero eso no es posible; es una utopía inalcanzable. Por ello, la administración tiene reconocida la competencia de programación general de la enseñanza, lo que no le autoriza a arruinar los derechos fundamentales citados y dejarlos sin contenido. Así, no debe caprichosamente dejar de autorizar puestos escolares privados, ni determinar el contenido de las asignaturas más allá de lo necesario para que se respeten los principios democráticos de convivencia y el contenido de los derechos y libertades fundamentales.
La programación debe ser efectuada con el máximo celo constitucional, tanto para determinar y autorizar los puestos escolares, como para señalar los contenidos programáticos de las asignaturas. La programación debe obedecer al principio de subsidiariedad, estrechamente vinculado al derecho de los padres sobre la formación de sus hijos. Nadie con sentido común puede concebir que el estado sustituya a la familia para determinar la formación de sus hijos, salvo que acepte la chapucera y autoritaria idea de que la educación es una magnífica herramienta al servicio del Estado para hacer ingeniería social y modelar las mentes del ciudadano a los intereses del poder. La enseñanza pública y privada no son excluyentes y ambas están llamadas a colaborar en el proceso formativo de los jóvenes. Ojalá, entre los objetivos de este nuevo curso, se encuentre el de alcanzar esta colaboración.
Javier Marcotegui Ros