Los desconocidos de Pamplona

Juan Ignacio Izquierdo Hübner

Publicado el 01/09/2021 a las 08:36

Corría la brisa de la tarde y yo figuraba en una silla amarilla, leyendo bajo la mejor sombra del parque de la Universidad de Navarra. A mis espaldas oía los coches que pasaban por la calle arbolada; hacia delante, la vista descansaba con el césped que asciende entre algunos árboles y con los edificios que esperan en silencio la llegada de los alumnos.

De pronto, escuché a mi derecha un grito ahogado, giré y vi a una señora derrumbada en el césped que hay junto al camino, un perrito en sus brazos y un andador a su lado. Me levanté algo alarmado y acudí en su rescate. Mientras tanto, otro hombre corría también desde el otro lado, así que levantamos a la señora entre los dos y ella consiguió apoyarse en el andador. No era tan mayor: la mujer llevaba unos zapatos de cintas blancas, un vestido rosa sencillo, gafas y un sombrero beige de ala ondulada, se quitó la mascarilla y nos sonrió. Nos tranquilizó diciendo que se había lastimado un poco el tobillo, pero que podía seguir andando. El hombre era un tipo alto y fuerte, rapado, barbudo, llevaba camiseta negra y pantalón con multitud de bolsillos, y a la vez que sacaba un pote de la mochila para dar de beber al perrito de la señora y al suyo, inició una conversación sensible, grata y franca con la mujer, que duró unos 20 minutos.

Mientras tanto, yo escuchaba sin saber cómo intervenir, admirado de la empatía que mostraba él y del alivio que experimentaba ella mientras se desahogaba; coincidí con ella en que la caída era lo de menos: operaciones en la espalda, divorcio, dolores musculares, miedos varios, soledad. “Al menos no ha perdido usted la elegancia”, pensé. Y cuando nos despedimos, ella se emocionó y nos conmovió con sus palabras: “Muchas gracias, es la primera vez que hablo con desconocidos sobre mi vida… ustedes han sido casi como psicólogos para mí, gracias, ahora me voy mucho más contenta”.

Cuando volví a mi sombra ya no pude seguir leyendo. La señora de rosa se alejaba tranquila por el camino, el hombre de negro continuó su paseo en la otra dirección, y yo, en medio entre ambos, todavía confuso por los misterios de la tribulación humana, sentí, de pronto, un consuelo: al menos, en Pamplona, había ahora tres desconocidos menos.

Juan Ignacio Izquierdo Hübner. Chileno estudiante en la Unav

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