Un dedo

Julio Piranoa|

Actualizado el 23/06/2021 a las 08:30

La escritura sobre la arena (Jn 8: 6) es un gesto de perdón que se diluye, un discurso mínimo que desaparece con el cierzo. Aparentemente una contradicción, escritura evanescente como la oralidad de nuestra boca, aparentemente un enunciado que consigue que desaparezcan las manos, la piedras con las manos. El dedo ¡tan humano y tan divino y en silencio! ha disgregado a la turba que quiere hacer sangre con el cuerpo de la mujer adúltera (¡Jehová! ¡Jehová! Venta de barbas para mujeres). Pero todo en silencio, tan en silencio como el descubrimiento de un cadáver en los baños de unos grandes almacenes, tan en silencio como el retiro de lectura que acomete el último monje del último monasterio (pronto un Parador Nacional), el silencio del perdón, el silencio amoroso de la escritura que se desintegra en sí misma. La escritura del silencio, de aquel gesto. Sin hablar de ello, y no lo recoge el Evangelio, sin decir nada, sin que quede registrado, indexado, clasificado para la posteridad. Otro atentado del discurso contra la historia. Un discurso que salvó una vida y que, contrariamente a lo esperado, desaparece, se olvida; solamente permanece el gesto de ese dedo sobre la arena y, abiertamente, la posibilidad de interpretarlo, y tantos intérpretes detrás de ese dedo.

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