Nos hemos despedido ósculos dándonos (I)

Ángel Sáez García|

Publicado el 15/04/2021 a las 10:02

NOS HEMOS DESPEDIDO ÓSCULOS DÁNDONOS Ayer soñé que, de camino a la biblioteca pública de Tudela, adonde, desde que estoy jubilado, acudo de ordinario, de lunes a viernes, salvo que esté enfermo o una jornada festiva haya caído dentro de dicho tramo, claro, a escribir, sensu stricto, a pasar a ordenador lo previamente escrito a bolígrafo (me canso de aducir que no dispongo de computadora en casa ni de acceso a Internet, lo que es la pura y dura verdad, pero en más de un caso mi confidencia ha resultado poco convincente o persuasiva; allá vaya cada quien con sus incredulidades) me encontraba en la calle, en concreto, en la acera de los pares de la Avenida de Santa Ana, a la altura de la tienda de fotografía que regentan Alfredo, el dueño, y sus hijas, con Rosa, una de las profesoras/alumnas (y es que juzgo que un docente decente y bien preparado nunca podrá llegar a óptimo si no aprende cada día algo nuevo de sus discentes, hasta de los menos capaces, sí) que tuve en un taller de creación literaria que impartí otrora, hace muchos años, más de dos décadas, en el Centro Cívico La Rúa de la capital de la Ribera Navarra. Me ha comentado que había empezado a escribir sus memorias, pero que se había atascado en el primer folio; que ponía todo de su parte, ganas, empeño, perseverancia, pero que no trenzaba una sola línea (y, cuando la urdía, se veía empujada a borrarla o tacharla); que había leído y releído varias veces las seis libretas de notas que había acopiado, incluidas las que tomó con la grata ocasión de aquel provechoso (al menos, para ella y para mí) taller de marras, pero que no avanzaba; que se había encallado en el primer folio y allí seguía, sin saber cómo salir del aprieto, atolladero o brete. Y que se le había abierto el cielo al verme, ya que, al instante, ha pensado esto, “por fin, un ángel, mensajero de dicha”, pero no lo ha llegado a proferir. Le he aconsejado encarecidamente que no se hiciera ilusiones, pero, a bote pronto, me ha dado por preguntarle lo obvio, si ya había resuelto la cuestión, precipua y previa, de si había decidido contarlo absolutamente todo o solo la mayor parte, el grueso de lo que le convenía a ella que se supiera, porque tenía esposo e hijos. Este apunte le ha hecho el efecto apetecido, porque se ha quedado ensimismada, cavilando. (Continúa.)

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