¿Por qué me enamoré al instante de Iris? (I)

Ángel Sáez García|

Publicado el 10/02/2021 a las 10:43

¿POR QUÉ ME ENAMORÉ AL INSTANTE DE IRIS? Hoy, martes 3 de noviembre de 2020 (fecha en la que redacto estas líneas, que puede que vean la luz en el mes de febrero del año que viene), a las 7 y veinte de la mañana, tras escuchar cómo sonaba la alarma de mi teléfono móvil y, como lógica y normal consecuencia, despertarme, me he incorporado y, una vez sentado en la cama, mientras intentaba calzarme la zapatillas, me ha brotado o surgido mentalmente la cuestión que me ha servido para rotular el texto que usted, atento y desocupado lector (ella o él), ha empezado a echarse a sus ojos. ¿Por qué me enamoré al instante de Iris? A la del título le ha seguido otra interrogación, que acarrea e incluye dos endecasílabos más. ¿Por qué nos escogimos mutuamente: / ella a mí de amanuense y yo de musa? Intentaré dar cumplida respuesta a esas dos preguntas en los renglones torcidos que contienen los parágrafos que siguen, recordando o teniendo presente la lección que otrora me impartió Karl Raimund Popper, eso sí, sin que servidor hubiera asistido nunca a ninguna de sus interesantes clases, de que la verdad, toda verdad, gasta carácter interino, o sea, es provisional, pues dura hasta que es abatida, derribada y/o refutada por otra, que viene a ocupar en ese mismo momento el trono donde acostumbra a tomar asiento la certeza. Recomienda encarecidamente un adagio oriental (si la memoria no me juega ahora una mala pasada) que no abra negocio o tienda quien no sonría. Cuando vi a Iris por primera vez, comprobé cuánta razón le asistía a William Makepeace Thackeray cuando trenzó esto, que “una sonrisa es un rayo de luz en la cara”. Y es que su sonrisa me deslumbró; y cada vez que rememoro ese episodio crucial de mi existencia, esa inolvidable epifanía, vuelvo a ser momentáneamente cegado por la potente luz que, a la sazón, salía por la puerta que había dejado inopinadamente abierta, de par en par, su alma. Aunque las circunstancias actuales, las espaciotemporales, que a mí me gusta llamar en singular “cronotopo”, me impiden asistir (carezco de la herramienta cibernética apropiada, acceso a Internet, para poder alcanzar dicho fin o propósito) a ese espectáculo innegable, me queda el recurso de echar mano de la memoria para revivir (varias veces al día, si hiciera falta) esa placentera función que fue contemplar una sinestesia, esto es, cómo una sonrisa llega a descomponerse o metamorfosearse en armónicas notas musicales de colores. Esa, poco más o menos, es la misma o parecida clave que le suministra William Forrester (papel que interpreta Sean Connery) a su inesperado alumno e insospechado amigo Jamal Wallace (Rob Browm) en el filme “Descubriendo a Forrester” (2000), dirigido por Gus Van Sant: “La llave del corazón de una mujer es un regalo inesperado en un instante inesperado”. (Continúa.)

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