Verano atípico
Publicado el 02/09/2020 a las 07:43
Cuando intento hacer un inventario de este atípico verano a punto de concluir, la verdad es que me resulta muy difícil ser positiva. Recorriendo el almacén de mis recuerdos no encuentro ningún otro similar. Más de veinte años ya pasando los veranos en el mismo pueblo hacen de las costumbres, ley. Llegado el buen tiempo, la localidad en cuestión adquiría el color festivo del verano, sus habitantes se multiplicaban, cada año un poco más, por las excelencias del pueblo y del clima, los niños acaparaban el parque, la chavalería bocadillo en ristre cenaban allí un día sí y otro también, las bicicletas lo inundaban todo, el frontón siempre ocupado, los mayores tomaban “la fresca” en los portales al atardecer mientras otros paseábamos por los alrededores intentando mantener esa forma física en decadencia. Las tres terrazas de sus consiguientes bares hacían el agosto, nunca mejor dicho, y al anochecer era difícil encontrar una mesa libre en la que debatir y compartir las incidencias del día. A finales de agosto, el pueblo entero preparaba las fiestas y se notaba el movimiento por calles y plazas. El cohete, la procesión, los gigantes, la charanga, las vacas, los bailables... Hoy todo eso pasó a la historia, el tsunami que nació en primavera se ha llevado el verano por delante y, ¡lo que te rondaré morena! En el pueblo predomina una especie de tristeza y abatimiento generales, amén de la precaución y el miedo que cogidos de la mano recorren sus calles vacías. Y hasta el tañido de la campana de la iglesia suena más lóbrego y afligido. Es como si la angustia e incertidumbre ante lo que está cayendo aminorasen la energía de lo que siempre ha sido. Pero lo que más me ha sorprendido de todo es la naturaleza. Lo explico. En las mañanas de cada verano a lo largo de veinte años, quienes me despertaban cada día eran los conciertos de pájaros que con sus trinos saludaban al nuevo día. Sin embargo este verano, inexplicablemente al menos para mí, en los dos meses que llevo aquí, ni un solo día he escuchado cantar a los pájaros. ¿Por qué? No lo sé. ¿También les afecta la pandemia? Puede ser. Tampoco he escuchado a los grillos en las noches calurosas. Hasta me he planteado si estaré perdieno el oído, pero no es el caso. ¿Entonces? Entonces, desconozco la respuesta. Y hay otra novedad, este verano los mosquitos han sido sustituidos por las avispas, cuyo doloroso aguijón hemos probado. ¿Dónde se fueron los mosquitos, se los comieron las avispas? Y por añadidura; mi frondoso nogal apenas tiene nueces este año. ¿Qué está pasando? ¿Es el cambio climático o el maldito virus que se infiltra en las entrañas de la madre tierra?
Intentando montar el puzle del verano tan desastroso que estamos viviendo, pienso si la naturaleza no nos está enviando mensajes que no sabemos interpretar. Pienso si no será que la tierra también ha enfermado y, sordos como estamos a lo que no seamos nosotros mismos, no escuchamos sus angustiosos lamentos. Lo que está claro es que este verano atípico forma parte del “annus horribilis” que estamos atravesando, y que pasará a la historia entre otras cosas, porque demasiados ancianos murieron en un despiadado e imperdonable aislamiento y soledad; porque la crisis y el paro alcanzaron cotas inasumibles en el estado de bienestar y porque ante el panorama tan desolador, se nos encogía y arrugaba hasta el alma.
Alguien dijo recientemente aquello de que “esta estúpida pandemia no va a poder con mis ganas de vivir”. Y, ¡ojalá que así sea! Pero el tema se las trae. Tantos meses con la misma historia desgastan a cualquiera. Al principio seguíamos las indicaciones a rajatabla, hoy, cansados y aburridos nos relajamos. Pero la amenaza invisible sigue ahí, al acecho. Verano atípico. Tiempo para el silencio y la reflexión, porque aunque no queramos reconocerlo, nos sentimos pequeños, indefensos, contingentes y vulnerables. Y la incertidumbre ante un futuro incierto hiela a menudo nuestra sonrisa, convirtiéndola demasiadas veces en una mueca simiesca. Tiempo para reír, tiempo para llorar, dice el Eclesiastés. Tiempo para el miedo, diría la pandemia. Tiempo para el Amo del tiempo, dice la creación entera.
Carmen Olorón Goñi