Semana de carnaval
Publicado el 23/02/2020 a las 14:51
“Joaldunak” de Ituren y Zubieta agitando monótonamente sus grandes cencerros para ahuyentar a los espíritus malignos que puedan merodear agazapados en prados y maizales. Los “momotxorros” de Alsasua, mezcla de hombre y de bestia cornuda. Los traviesos “txatxos” de Lanz incordiando sin descanso al pobre Ziripot hasta hacerle medir el suelo una y otra vez, para después matar de un disparo al malvado Mielotxin bailando el zortziko alrededor de sus cenizas…
Son carnavales aldeanos sin sedas ni plumajes, sólo cencerros, pieles de oveja, sombreros de segador, ropas viejas, abarcas, cuernos…, ajenos a la exquisita elegancia de las máscaras venecianas y más aún al ostentoso carnaval urbano de Tenerife montado para entretener el turismo de invierno, con “la reina” paseada en una carroza, embutida en 200 kilos de bisutería y lentejuelas. Los de la montaña de Navarra son carnavales pobres pero auténticos, de origen precristiano, ideados por un viejo pueblo europeo de pastores y labriegos. Más antiguamente las sociedades occidentales vivían rígidamente reguladas por unos poderes obligados a otorgar concesiones para hacerse tolerables. Una Iglesia omnipotente, opresiva y consoladora al mismo tiempo, dueña de almas y conciencias, consentía que por unas pocas jornadas todo se saliera de madre antes de entrar en los rigores de la interminable y dura Cuaresma, tolerando que se alterase el orden social con máscaras y disfraces sin saber quién era cada cual. El criado se disfrazaba de amo, el hombre de mujer, el villano de caballero, a un niño se le hacía “obispillo!” por un día, y el humilde cura de misa y olla pasaba por príncipe de la Iglesia.
Pero no todo el monte era orégano. Les cuento una pequeña historia del carnaval pamplonés acaecida hace más de 400 años: a un cura se le ocurrió disfrazarse con máscara, hábito y bonete colorado, colgándose al pecho una cruz. Dice un amarillento papel guardado en el Archivo Diocesano que “salió echando bendiciones de quando en quando, jinete en mula con gualdrapa colorada, como representando la persona de un cardenal. Se vistió saliendo como está dicho, echando las dichas bendiciones y escandalizando a bezinos y bezinas desta ciudad de Pamplona creando grande murmuración y escándalo, dando a las mugeres ciertas letras deshonestas y echando letrillas escritas en papeles”. El fiscal eclesiástico lo empapeló teniendo que sufrir las consecuencias de su atrevimiento. Esto sucedió el día seis de marzo de 1601, martes de carnaval, en el cruce de las calles Tejería y Estafeta, que entonces no se llamaba así, sino Tras el Castillo, ambas animadísimas de gente.
En fin, eran cosas del alegre - y pagano- carnaval, cuyos pecados debían ser desagraviados después por las buenas gentes.