El tema catalán

Eduardo Aya Onsalo|

Publicado el 12/09/2019 a las 08:06

En un programa de televisión, no recuerdo ni importa cuál, unos avispados catalanes venían a decir que el problema catalán seguía sin resolverse porque unos cretinos españoles se negaban a reconocer que España tuviese un problema catalán.

Como soy uno de esos cretinos, y estoy harto de avispados, me dispongo a explicarles el por qué de mi cretinez, aunque a quien considere que, si alguien se niega a pagar los impuestos que le corresponden, es España quien tiene el problema y no el infractor, estaría dispuesto a darle la razón, pero el problema de España sería cómo cobrarle, sancionarle o expulsarle.

Y, en efecto, el problema que tiene España con los catalanes es que no se atreve a cobrarles, sancionarles o expulsarles, y cuanto más débil sea el Gobierno y menos se atreva, más se agudizará el problema, y no se atreve porque no quiere perder sus votos y, como resultado, quien tiene el problema más grave es la democracia que, al quedar convertida en una “votitocracia”, aun a costa de cualquier precio, obliga a cuestionarse si no está resultando ser el peor de los sistemas de gobierno. Porque ni ellos mismos se creen eso del pueblo catalán, ya que nunca ha existido tal pueblo, sino que lo que existe es un territorio denominado Cataluña, con unos habitantes de los orígenes más variados que, al estimar que su nivel de vida es más alto que la media nacional, quieren disfrutar de rancho aparte. Con trazos de brocha gorda, el problema se asemeja mucho al del dueño de una finca que tiene unos aparceros que quieren quedarse con la parte de finca en la que se asientan y el dueño no se atreve a echarles, y los aparceros, que son plenamente conscientes de su ilegalidad, contemplan atónitos que es el dueño quien está achantado, al punto de que algunos pueden llegar a pensar que quizá les asista algo de razón.

Se trata pues de un puro problema de confrontación de fuerzas e intereses. España pasó ya por parecido trance durante la primera república con las rebeliones cantonales, que duraron hasta que el Gobierno central dijo que hasta aquí habíamos llegado. Es decir, que España sabe cómo hacerse respetar, pero la diferencia está en que a la actual Cataluña le tiene otorgada una representación institucional para que contribuya a la prosperidad del país, pero ésta ha visto la oportunidad de usarla como moneda de cambio para lograr la expoliación y el Gobierno recula, y lo peor es que por ese camino se podría acabar con tantas naciones o estados como autonomías.

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