Nuevo modelo de negocio
Publicado el 28/02/2019 a las 09:29
Estos últimos años, hemos asistido paulatinamente a una creciente tendencia a todo lo relacionado con el marketing emocional. No sé si fue Goleman el instigador pero tampoco es lo importante. Lo importante es que se ha convertido en la estrategia de elección de la mayoría de las enseñas. Son indudables las ventajas de dicho modelo de negocio pero no son pocas las dudas que plantea. Antes, si querías un coche, ahondabas en sus características buscando funcionalidad, si querías un libro accedías a la sección de tu interés particular, etc. Ahora, sin embargo, parecemos clones. Y de seguir así, acabaremos todos vestidos de Zara, con la raya en medio, conduciendo un Polo (o un Passat), escuchando a Arjona y fumando tabaco light. Pero ni siquiera eso importa. Lo realmente peligroso de la saturación de las emociones es que no sabemos vivir de otra manera. Y cada vez necesitamos de mayor intensidad. Antes, si necesitaba información acerca de un diagnóstico, acudía al especialista. Si buscaba información acerca del comportamiento de un hijo acudía a Piaget, por ejemplo, ahora resulta que todos somos médicos, Piaget o Freud, si me apuras. Hemos sustituido investigación por emoción. Ciencia por emoción. Así, si tengo un hijo al que dicen tener TDAH, no recurro a la filosofía científica, más bien, sé que en la próxima charla del barrio, habrá un profesional, que, seguro, bendita casualidad, tiene TDAH. O si quiero un Ford que sea negro... seguro que el comercial tiene uno. Hasta si digo que tengo almorranas aparecerá, ipso facto, alguien que dice tenerlas. Y suma y sigue. Y digo que es una tendencia peligrosa porque induce a error en muchas ocasiones. Las opiniones, las experiencias personales, los testimonios en primera persona son tremendamente empáticos y poderosos pero también demasiado manipulables. Y se acaba dependiendo de la calidad humana de quien los instiga. Y los intereses no siempre son claros. Cuando alguien te diga que con tu experiencia va a cambiar el mundo, la psiquiatría, la educación o la sanidad, piensa que todo eso ya funcionaba antes de que naciera. Obviamente, todo es susceptible de mejorar, pero cuánto daño están causando los "buenismos" disfrazados de demagogia. Al final solo tú eres el mayor experto en tu historia y nada ni nadie puede ni debe convencerte de lo contrario. Y antes de prostituir tu experiencia particular en un libro, una opinión de Amazon o hasta el mejor bestseller, pregúntate si es necesario hacerlo y si tus objetivos se corresponden con los de la persona que te motiva a hacerlo. Quizás, esa no sea tu guerra sino la de otros. Y no se puede vivir la vida de otros, ni comulgar con la vida de otros, ni siquiera responsabilizarse de la manipulación de otros. Los radicalismos existen hasta en las personas aparentemente más entrañables pero en marketing como en la vida, los radicalismos nunca serán buen negocio.