Ante las altas temperaturas, alimentación saludable


Actualizado el 22/07/2026 a las 11:49
¿Por qué es importante concienciar sobre una alimentación saludable? Concienciar sobre la importancia de una alimentación saludable y equilibrada no es una cuestión estética ni una moda, sobre todo en episodios de altas temperaturas como el que estamos viviendo. Es una cuestión de salud pública. Comemos todos los días, varias veces al día, y esas decisiones repetidas durante años influyen de forma muy directa en nuestro riesgo de enfermar, en cómo envejecemos, en nuestra autonomía y en nuestra calidad de vida.
Una alimentación saludable ayuda a prevenir enfermedades crónicas no transmisibles como la diabetes tipo 2, la enfermedad cardiovascular, el ictus, algunos tipos de cáncer, la hipertensión arterial, la enfermedad hepática metabólica, la enfermedad renal crónica y parte de los problemas osteoarticulares asociados al exceso de peso.
También es clave en la prevención y tratamiento de la obesidad. Pero conviene decirlo bien: la obesidad no se combate culpando a las personas ni reduciéndola a “falta de voluntad”. Es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, condicionada por factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, culturales y ambientales. La alimentación es una pieza fundamental, pero no la única. También influyen el sueño, el estrés, la actividad física, los fármacos, la genética, el entorno alimentario, la salud mental, la precariedad y el acceso real a alimentos saludables.
Por eso, concienciar no debería significar lanzar mensajes simplistas como “come menos y muévete más”. Debería significar crear entornos que faciliten elecciones saludables: educación nutricional desde edades tempranas, comedores escolares de calidad, políticas frente al exceso de productos ultraprocesados, etiquetado comprensible, acceso económico a alimentos frescos y atención sanitaria adecuada. La responsabilidad individual existe, pero no puede separarse del contexto en el que vivimos.
Una alimentación saludable también debería ser sostenible. No solo importa qué comemos para cuidar nuestra salud individual, sino también cómo se produce, transporta, distribuye y desperdicia esa comida. La salud humana depende de la salud del planeta: del suelo, del agua, de la biodiversidad, del clima y de sistemas alimentarios capaces de alimentar bien a la población sin destruir los recursos que necesitamos para vivir.
HIDRATACIÓN: ATENCIÓN ESPECIAL A LOS GRUPOS MÁS VULNERABLES
El agua es un nutriente esencial que obtenemos tanto de las bebidas como de los alimentos que forman parte de nuestra dieta diaria. Durante las olas de calor, el cuerpo pierde más agua a través del sudor, para regular su temperatura, por lo que mantener una buena hidratación se convierte en una prioridad para nuestra salud.
Según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), las necesidades diarias de agua son, con carácter general, de unos 2 litros en mujeres y 2,5 litros en hombres. Estas cifras son orientativas y varían según el nivel de actividad física, las condiciones ambientales o el estado fisiológico de cada persona (embarazo, lactancia, edad avanzada, etc.).
Las personas mayores, los niños y los lactantes tienen un mayor riesgo de deshidratación, por lo que conviene recordarles activamente que beban agua cada hora, ya que no siempre perciben la sed con claridad. Además de agua, estas opciones pueden ayudar a que la ingesta de líquidos resulte más atractiva: polos de hielo caseros, elaborados con agua y fruta, batidos de frutas frescas licuadas con hielo, agua, leche o bebida vegetal sin azúcar añadido, gelatinas caseras hechas con agua o infusiones frutales, infusiones templadas o frías, como manzanilla, tila o menta poleo, o agua con un chorrito de limón.
¿Y QUÉ OCURRE CON LA SALUD EMOCIONAL Y MENTAL?
Otro aspecto a tener muy en cuenta es la relación entre alimentación y salud mental es cada vez más evidente. El cerebro también se nutre. Necesita energía, ácidos grasos esenciales, vitaminas, minerales, aminoácidos y un entorno metabólico estable para funcionar adecuadamente. Además, hoy sabemos que existe una comunicación constante entre intestino, microbiota, sistema inmune y cerebro.
Esto no significa que una dieta saludable “cure” por sí sola una depresión, una ansiedad o un trastorno de la conducta alimentaria. Los problemas de salud mental son complejos y requieren abordajes profesionales: psicoterapia, tratamiento farmacológico cuando está indicado, apoyo social y seguimiento clínico. Pero la alimentación sí puede ser una herramienta complementaria muy valiosa.
Una dieta basada en alimentos frescos o mínimamente procesados (verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva, pescado, huevos, lácteos o alternativas adecuadas, y proteínas de calidad) se asocia con mejor salud metabólica y puede contribuir a una mejor regulación del estado de ánimo, del sueño, de la energía y de la concentración. Y cómo no, a hacer frente a las altas temperaturas durante el periodo estival.
Por tanto, la idea importante para la población general sería esta: una alimentación saludable no sustituye al tratamiento psicológico o psiquiátrico, pero puede ayudar a que el cuerpo y el cerebro estén en mejores condiciones para responder a ese tratamiento. Del mismo modo que recomendamos dormir mejor, reducir alcohol, moverse o mantener vínculos sociales, también debemos incluir la alimentación dentro de una estrategia integral de salud mental.
¿CUÁL ES EL PAPEL DE DIETISTAS-NUTRICIONISTAS Y TÉCNICOS DE DIETÉTICA EN LOS SISTEMAS DE SALUD?
El papel de los dietistas-nutricionistas y técnicos de dietética debería ser mucho más central del que suele tener en muchos sistemas sanitarios. En definitiva, a alimentación está presente en casi todas las etapas de la vida y en muchísimas enfermedades, pero paradójicamente la atención nutricional sigue estando infrarrepresentada.
Por eso en atención primaria, estos profesionales realizan prevención, educación alimentaria, detección precoz de desnutrición, obesidad, sarcopenia o riesgo cardiometabólico. También pueden trabajar con familias, escuelas y comunidades para mejorar hábitos desde la infancia.
En el ámbito hospitalario, su papel es esencial. La desnutrición relacionada con la enfermedad sigue siendo un problema frecuente y muchas veces infradiagnosticado. Una valoración nutricional adecuada puede mejorar la evolución de pacientes quirúrgicos, mayores, frágiles, críticos o con enfermedades oncológicas, digestivas, renales, neurológicas o metabólicas. La nutrición clínica no es “dar una dieta”; es valorar, diagnosticar, intervenir y monitorizar.
En salud pública, estos profesionales son necesarios para diseñar políticas alimentarias, guías, programas comunitarios, campañas de prevención, menús escolares, estrategias contra la obesidad y acciones dirigidas a reducir desigualdades.
En equipos bien organizados, cada perfil profesional suma: médicos, enfermería, psicología, dietistas-nutricionistas, técnicos, farmacéuticos, logopedas, fisioterapeutas, trabajadores sociales y educadores del ejercicio.
En resumen, necesitamos pasar de ver la nutrición como un consejo accesorio a reconocerla como una intervención sanitaria de primer nivel. No para medicalizar la comida ni convertir cada plato en una receta clínica, sino para integrar la alimentación en una visión más completa, preventiva y humana de la salud.