Cinco cosas que aprendimos de 'Matilda'

Actualizado el 13/09/2021 a las 12:14
En octubre de 2018 se cumplieron treinta años de la publicación de ‘Matilda’, el clásico atemporal de Roald Dahl, ese maestro de los cuentos infantiles que no siempre terminaban bien y que marcó y sigue marcando a tantos y tantos niños. Yo, que leí la novela tres veces y vi la adaptación que hizo Danny DeVito en 1996 otras tantas (sin duda, uno de sus mejores papeles, por cierto), me he preguntado: ¿qué mejor forma de homenajear a esta obra que repasando todo aquello que aprendí(mos) con ella?
Matilda nos enseñó, para empezar, que en la vida existe la dualidad, que no todo puede salirnos a pedir de boca de forma permanente y que no queda más remedio que aceptarlo cuanto antes: los amigos conviven con los enemigos en el patio del colegio, tus padres pueden pasar de ti en un primer momento pero, al final, también hacer autocrítica y darte el pasaporte a una nueva vida o que las intransigencias de ese profesor gruñón resultan menos importantes si tu tutora se esfuerza por que aprendas del mejor modo posible.
Con Matilda aprendimos, mejor que nunca, que más vale maña que fuerza: ¿de qué le servía a la señorita Trunchbull, la perversa directora de la escuela, tener semejante fuerza y ser una exatleta campeona olímpica en lanzamiento de jabalina, bala y martillo en las Olimpiadas de Múnich 1972 si, al final, era una persona negligente en su trabajo y amargada en su vida personal? Matilda, en cambio, no era más que una niña, pero no cualquiera: tenía una capacidad innata para aprender y su mayor arma fue siempre su cerebro, hasta el punto de desarrollar poderes telequinéticos (símil de esa maña) que le libraron de muchos contratiempos.
Con la pequeña de los Wormwood también aprendimos que solo un necio puede burlarse de otra persona solo por su tendencia a querer saber más y más (el equivalente, en nuestra vida real, a estudiar y sacar buenas notas). Al estudioso se le miraba con suspicacia y se le llamaba “empollón”, el popular siempre era el gamberro que sacaba malas notas pero tenía en su casa el último videojuego de moda. Matilda supo decirnos: “No estáis equivocados, solo con una mente despierta y nutrida podréis salir airosos”. Al hilo de esto, con ella supimos por primera vez del valor de las humanidades como forjadoras de un criterio propio. El señor Wormwood representa la avaricia y lo tangible (es un estafador y solo piensa en el dinero y en ver programas basura), mientras que su hija pequeña es una oda de Dahl al conocimiento como arma liberadora de todo prejuicio.
Con Matilda, algunos, entre los que me incluyo, aprendimos a no sentirnos solos y a forjar así la amistad más duradera, incondicional y enriquecedora de nuestra vida: la literatura. Porque, al margen de las malas palabras y los gestos crueles a los que debió enfrentarse esa niña de ojos encendidos, siempre había un libro esperándole, un montón de páginas que solo ella podía entender. Gracias, Roald.