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La Mejana, la huerta de Tudela

Hace varios siglos, Tudela recibió del río Ebro un regalo muy especial: una pequeña isla fluvial, muy próxima a su casco urbano, a la que dio el nombre de Mejana. Gracias a sus inmejorables condiciones para el cultivo y el buen hacer y sabiduría de sus hortelanos, esta tierra entre dos aguas se ha convertido en una prolífica huerta cuyas exquisitas verduras gozan de fama y reconocimiento más allá de sus fronteras

La huerta de Tudela
  • conocer navarra
Actualizado el 02/07/2021 a las 14:35
(Reportaje publicado en Conocer Navarra nº 35 con fecha junio de 2014. Textos de Virginia J. Nevot y fotografías de Eduardo Blanco)
Ni ser una de las ciudades de origen islámico más importantes de España y Europa; ni haber sido un ejemplo de convivencia al dar cobijo, durante más de 400 años, a musulmanes, judíos y mozárabes; ni el legado patrimonial y artístico que atesoran sus calles ha dado tanta fama a Tudela como sus verduras. Gracias a la calidad insuperable de sus tiernos cogollos, sus exquisitas alcachofas, sus sabrosos espárragos, su delicada borraja y su inconfundible y “feo” tomate, su nombre no sólo ha traspasado fronteras sino que le ha llevado a granjearse el título de “capital de las verduras”. Una distinción de la que Tudela y sus vecinos se sienten orgullosos y que no sería posible sin la generosidad y riqueza de sus huertas y, en especial, de la Mejana. Y es que hablar de Tudela y de sus verduras es hablar de la Mejana. Un paraje muy próximo a la ciudad, situado junto a la parte superior del puente del río Ebro, que con apenas 60 hectáreas de tierra se ha convertido, por mérito propio, en el exponente máximo de la riqueza hortícola de la ciudad.
La Mejana de Santa Cruz, cuyo nombre proviene del vocablo latino “mediana”, que significa que está en medio, es una isleta creada por los sedimentos que ha ido dejando el río Ebro a lo largo de los siglos. Flanqueada por un lado por el propio río y por el otro por la acequia de El Molino y los cerros de Santa Cruz y Santa Bárbara, su origen se remonta a principios del siglo XVI.
Fue en esta época cuando la ciudad realizó los primeros esfuerzos para evitar el depósito de gravas y tierra que el Ebro dejaba en su margen derecha, ya que se ponía en peligro el suministro de aguas al molino de la ciudad y aumentaba la presión de las aguas sobre las tierras cultivadas en la otra margen. Según recuerda el historiador José María Yanguas y Miranda en su “Diccionario histórico-político de Tudela”, en 1627 Tudela pidió autorización al Consejo de Navarra para que se gastara 500 ducados en arrasar la mejana que se formaba sobre el río Ebro, regalando los árboles a aquellos que los arrancasen de raíz.
Sin embargo, todos los esfuerzos fueron en vano y la naturaleza siguió su curso dotando a la Mejana de vida propia. Así, antes de huerta fue soto y, cubierta de hierbas y vegetación, fue arrendada para pastos y carnicería pública. Hubo que esperar hasta 1666 para que se produjera el primer intento de su puesta en cultivo, que no fue efectivo hasta un siglo después, en 1760. A partir de este año, la Mejana fue roturada y arrendada por el municipio, teniéndola dividida para el año 1812 en 102 suertes, que totalizaban 573 robadas –medida agraria de superficie usada en Navarra que equivale a 898 metros cuadrados– y 2 almudes de tierra. Unos años más tarde, Tudela se vio inmersa en la Guerra de la Independencia y, ante la imposibilidad de hacer frente a las cuantiosas deudas contraídas con sus arcas municipales, el Consistorio no tuvo otra salida que enajenar las tierras de la Mejana mediante subasta pública. Por los 602 robos y 15 almudes puestos en venta, se obtuvieron 1.442.512 reales. Unos años más tarde, el río Ebro formó por aluvión un nuevo soto en la parte norte del campo, que es conocido como la “Mejanica” y que también fue vendida en lotes por el municipio en diciembre de 1854. A partir de ese momento, la historia de la Mejana la han ido escribiendo los hortelanos que, entregados en cuerpo y alma a sus labores, han sabido aprovechar lo mejor de esta tierra de cultivo y darle la proyección y fama de la que hoy disfruta.
UN VIEJO OFICIO
Tras varios siglos dedicados en exclusiva a la producción de hortalizas, la fisonomía y el cometido de la Mejana han ido cambiando con el paso de los años. Tras la llegada de las primeras industrias a Tudela, en la década de los años 50, fueron muchos los que abandonaron la inseguridad e incertidumbre del campo para ir a trabajar a una factoría, donde el sueldo, a final de mes, estaba asegurado. El desarrollo industrial que sufrió la ciudad no supuso el fin de la Mejana, sino el comienzo de una nueva era. Una etapa en la que los tudelanos siguieron manteniendo sus huertos, en los que no faltaba la rica verdura tudelana para consumir en sus hogares. Sin embargo, conforme la sociedad tudelana fue adquiriendo mayor poder adquisitivo y calidad de vida, el huerto se fue asociando más al descanso y al tiempo de ocio que al trabajo. Y así, poco a poco, comenzaron a surgir las casetas y las piscinas, convirtiendo los antiguos campos de cultivo en huertos de recreo. Unos espacios de ocio y esparcimiento en los que, más grande o más pequeño, siempre hay un pequeño trozo de tierra dedicado al cultivo de las hortalizas y verduras propias de nuestra tierra.
Pero el avance y el devenir de los tiempos no han acabado con una profesión tan arraigada en Tudela como es la de los hortelanos. Y, aunque cada vez son menos, es posible encontrárselos preparando la tierra, sembrando o recogiendo hortalizas cuando uno decide adentrarse en el entorno de la Mejana, un paraje natural que cuenta con una tierra muy fértil y apreciada. “La Mejana es especial. Son las mejores tierras de cultivo que hay en Tudela”, afirma Emilio Gil Gil. Este tudelano, conocido como “Mortero”, es de los pocos hortelanos que quedan en la zona. Aunque a sus 58 años él todavía se considera “un aprendiz”, basta con escucharle hablar para darse cuenta de la pasión y orgullo que siente por unas tierras y un oficio que, en su familia, se ha ido trasmitiendo de generación en generación. “Mi abuelo fue hortelano y mi padre aprendió de él. Y yo, todo lo que sé, lo aprendí viendo trabajar a mi padre en el campo”, asegura. De ellos también heredó parte de su huerto, que ha ido ampliando con el paso de los años hasta alcanzar las siete robadas de tierra con que cuenta en la actualidad. “La calidad de esta tierra es inmejorable. Es una mezcla de la arena virgen que deja el Ebro después de las crecidas y del buro o barro rojo que baja de los montes del Cristo cuando llueve”, explica Gil, quien también destaca la estratégica ubicación de esta zona de cultivo, “al lado del monte, que hace de abrigo frente al cierzo”. “La disponibilidad de agua también es muy importante a la hora de mantener un huerto y aquí la tenemos las 24 horas del día los 365 días del año”, asegura “Mortero”, quien explica cómo desde hace cinco años una mini central es la encargada de suministrar el agua a la Mejana. Antiguamente esta misión correspondía a unas grandes norias ubicadas en una presa cercana, la Presa de las Norias, que elevaban el agua desde el Ebro. Es también en este dique donde nace la Acequia del Molinar, que es la encargada de calmar la sed de la huerta.
Como buen hortelano nacido en el campo, la azada es la mejor compañera de fatigas de “Mortero”. A pesar de que asegura que los motocultores alivian mucho la faena, su método de trabajo sigue siendo el que aprendió de sus antecesores. “No usamos herbicidas y todo lo hacemos a base de bellota, de la azada. Es un trabajo duro, continuo y sacrificado, porque el campo no entiende de fines de semana ni de festivos”, asegura Emilio Gil, quien compagina su labor en el campo con otro trabajo.
En su huerto, como él mismo dice, “se cultiva un poco de todo”. Así, no faltan alcachofas, habas, patata temprana, guisantes de varias modalidades, calabacines, la pocha de Tudela, tomates, pimientos del cristal, guindilla verde, cogollos, bróculi, espárragos y berenjenas, así como variedades propias de la zona como el grumillo, una lechuga parecida al cogollo “pero mucho más fina y tierna”.
Santiago Tarazona Milagro es otro de los últimos hortelanos de la Mejana de Tudela, de los de verdad, de los que siguen midiendo sus superficies de cultivo en robos (palabra de la comarca de la ribera que equivale a robada) y mantienen viva la esencia de la agricultura más antigua. Toda su vida la ha dedicado al campo y ahora, a sus 75 años, no concibe la idea de abandonarlo. Por ello, sigue manteniendo los tres robos y medio que heredó de sus abuelos y de sus padres. “He plantado un poco de todo para que no nos falte de nada en casa”, afirma.
Tarazona coincide con “Mortero” en que ahora es muy difícil vivir de la agricultura. “Antes, en cuanto empezabas a andar, ya estabas en el campo porque había que ayudar. Si no valías para plantar, te mandaban regar y, si no, otra cosa. No veías un trozo lleco, sin cultivar… pero ahora no es rentable y la gente se dedica a otras cosas”, asegura con pena.
Mejaneros de corazón, a ninguno de los dos les gusta ver campos de cultivo abandonados en la que es la huerta más renombrada de Navarra. Por eso, no dudan ni un segundo en animar a los tudelanos a acercarse hasta la Mejana y descubrir la magia que rodea a sus verduras. “La gente se maravilla cuando le enseñas lo que es realmente el campo y ve las plantas de las que luego sale la verdura”, asegura Emilio Gil, al tiempo que comenta que la reconversión de los campos de cultivo extensivo en huertos de recreo le parece una buena alternativa. “Lo único que pido es que no se abandone el campo, porque cuando hay abandono, el fin llega pronto”, asegura.
CONOCER LA MEJANA
Pero, ¿qué tiene la Mejana que la hace tan especial? La mejor forma de encontrar la respuesta es adentrarse en este singular paraje que atrapa al visitante desde el primer momento gracias a sus calculadas formas; su colorido, que según avanza el año va tornando en toda la gama de los verdes; y su vegetación, que nos recuerda la fiel y silenciosa compañía del río Ebro. Para ello, proponemos una sencilla y pequeña ruta, de apenas cuatro kilómetros y en terreno totalmente llano, para conocer y comprender por qué la Mejana es la huerta más conocida de Navarra y sus productos suponen un patrimonio en sí mismos.
Comenzamos nuestro paseo junto al puente del Ebro. Sin llegar a atravesarlo, nos encontramos una plaza cuyo nombre, de El hortelano, pone de manifiesto la importancia que los trabajadores del campo han tenido en la historia de la ciudad. De ello da testimonio una escultura, realizada en 1973 por Antonio Loperena, que sirve de homenaje a todas esas personas que, décadas atrás, se ganaban el pan de cada día cultivando sus tierras. Y es que no podemos olvidar que, durante muchísimos años y hasta hace apenas cinco décadas, el sustento de numerosas familias tudelanas dependía exclusivamente de la fertilidad de estos terrenos y el trabajo de los hortelanos.
Junto a la plaza, flanqueada por un pequeño puente, se encuentra la Puerta a la Mejana. Una construcción de ladrillo en forma de arco, realizada en 1875, que alberga en su parte superior una hornacina con la imagen de Santa Ana, patrona de ,Tudela. Santa de acérrima devoción en la ciudad, la “Abuela” de Tudela, desde esta posición dominante, no ha dejado de velar en todos estos años por la prosperidad de sus campos y sus trabajadores.
Traspasar esta puerta significa adentrarse de lleno en la Mejana y en el sentir de su gente. El recorrido, en su primer tramo, discurre a lo largo de un camino asfaltado que transcurre de forma paralela al río Ebro. Durante su paseo, el caminante se sentirá arropado por los álamos y fresnos que crecen en la orilla del río, junto al dique que soporta el camino. En la otra parte, entre los restos del antiguo muro que cerraba la huerta años atrás, se puede disfrutar de los colores, olores y texturas con que nos obsequia la Mejana.
Una pequeña curva a la izquierda nos obligará, casi dos kilómetros después, a darle la espalda al Ebro. Es aquí, junto al Soto de la Mejana, un pequeño reducto de bosque de ribera, donde comienza la segunda parte de este recorrido perimetral que es conocido popularmente como “la vuelta a la Mejana”. Y también es en este lugar donde se encuentra una de las edificaciones con más historia de la isla de la Mejana. Aunque no está propiamente en su territorio, tan sólo hace falta recorrer unos metros para contemplar el complejo de la Obra, una edificación que formó parte del gran proyecto inicial de levantar el Canal Imperial de Aragón desde Tudela. Construida y abandonada en el siglo XVIII, actualmente es la sede de las escuelas taller que se realizan en Tudela. A través de este programa público de empleo y formación que tiene como finalidad la inserción de jóvenes en situación de desempleo, se han llevado a cabo varias rehabilitaciones y mejoras en el inmueble y su entorno.
Si retomamos nuestro cometido, dejaremos atrás el camino asfaltado para continuar por uno de gravilla que fluye entre la Acequia del Molinar y las propias huertas. Las hortalizas, los frutales y la vida que se respira en cada una de estas parcelas, muchas de ellas reconvertidas en huertos de recreo, nos acompañarán durante nuestro paseo. La Puerta de la Mejana será la encargada de anunciarnos que hemos llegado al final de nuestro camino.
Si decide pasar de ser lector a caminante, debe tener en cuenta que este popular recorrido no sólo permite bordear la isleta de la Mejana, sino que también le invita a adentrarse en sus pequeños huertos y entablar conversación con los hortelanos que en ellos cultivan sus hortalizas. Porque si de algo puede presumir la Mejana es del carácter afable de sus vecinos.
Por su cercanía a la ciudad, la tranquilidad que transmite y por estar en plena naturaleza, esta ruta es la preferida por muchos tudelanos para pasear o realizar deporte –es habitual ver a gente practicando running o ciclismo-. Tan popular es esta “Vuelta a la Mejana” que, desde hace 34 años, acoge y da nombre a una carrera en la que toman parte cientos de personas.
Y si lo que se quiere es admirar todo el esplendor de la Mejana, tantas veces cantada y ensalzada en jota y en verso, y vislumbrar su forma de isleta, nada mejor que encaramarse hasta lo más alto del cerro de Santa Bárbara. Coronado por el monumento al Corazón de Jesús, constituye un mirador excepcional desde el que, junto a estos fértiles campos de cultivo con los que la naturaleza ha obsequiado a Tudela, también se puede divisar la ciudad y el insigne río Ebro.
LAS OTRAS HUERTAS TUDELANAS
A pesar de que la Mejana ha sido elegida por los tudelanos para dar nombre a su huerta, la capital ribera cuenta con otros parajes de gran calidad y tradición hortelana. Siempre cerca del río Ebro y sin apenas dejarse oír, sus fértiles tierras han ayudado a engrandecer la fama de las verduras tudelanas.
Una de ellas es Traslapuente, conocido por los lugareños de mayor edad como “Tras el puente”. Las primeras noticias escritas de este campo tudelano, situado a la orilla izquierda del Ebro, se remontan al año 1203, cuando el rey Sancho el Fuerte dispuso con los vecinos abrir una gran acequia para regar los campos. Sin embargo, aunque no hay testimonio de ello, parece que el regadío y uso de las tierras de Traslapuente cuentan con mayor antigüedad y el rey tan sólo trataba de habilitar el sistema de riego ya existente. De lo que sí hay constancia es de que, a principios del siglo XIX, sus cerca de 6.900 robos de tierra estaban dedicados al cultivo de viñedos, olivares y cereales. Años después, los olivares dieron paso a plantaciones hortícolas, haciendo más acuciante la necesidad de agua para regar sus tierras que, desde 1901 y gracias a una concesión, se deriva del río Ebro a través de la conocida como central de las Norias.
Bajo el amparo de la Comunidad de Regantes del Campo de Traslapuente, estas tierras de cultivo cuentan en la actualidad con 673 hectáreas de regadío, repartidas a lo largo de 1.256 parcelas. Su dominio comienza una vez pasado el puente del Ebro y comprende tanto la margen derecha como izquierda de la carretera de Pamplona, teniendo sus límites, al este, en el barranco de San Gregorio y, al norte, en el barranco de Murillo de las Limas. Es el propio trazado del cauce del río Ebro el que delimita su extensión al sur y al oeste.
A pesar de que Traslapuente es el nombre genérico bajo el que se conocen estas tierras, dada su gran superficie se encuentran subdivididas en numerosos términos. Por este motivo, es habitual que en las conversaciones entre los agricultores de la zona resuenen términos como Soladrón, Valdomino, Camponuevo, Río Nuevo, Picadera, Girón, Cobanillos, Galocher, Carramurillo, Arquilla, Gazapo, Paredón de Malpuenzo, Nava y Río los Huertos. En cuanto a cultivos, estas tierras –para algunos de igual o incluso de calidad superior a las de la Mejana- producen maíz, hortalizas, forrajes y, en algún término concreto, arroz.
Otro de los campos más populares de Tudela es el de Mosquera. Con esta antiquísima denominación se conoce a un término municipal, próximo a Tudela y a la localidad de Fontellas, en el que se cree que existió la antigua Muscaria (hoy Tudela), que pudo cambiar de emplazamiento para situarse al abrigo del Castillo.
Igual de valorados y productivos son los campos de cultivo de la Huerta Mayor. El Canal de Lodosa alimenta estas tierras que, antiguamente, estuvieron pobladas de olivos y que ahora acogen todo tipo de hortalizas.
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