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Turismo rural Navarra

Betelu y valle de Araitz, bajo el refugio de las Malloas

Cuando abandonamos la autovía del norte camino del valle de Araitz, la carretera, en un descabellado descenso desde el alto de Azpirotz, nos advierte de lo recóndito del destino. Las laderas que dibujan el trazado, de extrema verticalidad y pobladas de bosques, parecen querer engullir al visitante. Poco antes de llegar a Betelu, el valle se abre, agradecido, recompensando al viajero por su atrevimiento. Bajo el incomparable escenario de las Malloas, seis pueblos parecen esperar la llegada de los extraños para susurrarles historias en las que realidad y leyenda se funden en una.

Vídeo Betelu y valle de Araitz
Vídeo Betelu y valle de Araitz
Un paseo por Betelu y el valle de Araitz.
Conocer Navarra
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Vídeo Betelu y valle de Araitz
  • Conocer Navarra
Actualizada 30/01/2021 a las 08:08

(Reportaje publicado en la revista Conocer Navarra nº 21 con fecha diciembre de 2010. Textos de SARA SÁNCHEZ y fotografías de ÁNGEL AGUINAGA)

 

Son tantas las historias que guarda este valle que no alcanza a sujetarlas todas. Nos asalta la primera antes siquiera de distinguirlo, cuando tenemos depositados los cinco sentidos en el mareante trazado que desciende, sin piedad alguna, desde la moderna autovía del norte hacia la antigua carretera que, no hace tanto tiempo, unía Pamplona con San Sebastián. Allí, cuando estamos concentrados en hilvanar una imponente curva, que parece querer volver sobre sí misma para trazar un ocho, nos sobrevuela la historia de un caracol. Ese es el sobrenombre de la curva y de una desaparecida venta –cuyo nombre real era “de Eriola”– en la que, en los tiempos de las caballerías, los carruajes eran reforzados con un mulo, si no querían sucumbir frente al empinado trazado. Del desesperante paso que en este tramo del camino debían llevar aquellos viejos medios de transporte, se entiende, sin mucho misterio, el citado sobrenombre.

Superado este primer escollo, nos reta el bosque. La estrecha carretera se adentra en él con valentía. Por momentos, desaparece el cielo, y el viajero se siente encerrado entre troncos, ramas y hojas verdes. La amenaza es breve. Justo antes de que el valle comience a abrirse, un descanso en la carretera nos acerca al nacedero del río Araxes. El lugar en sí mismo no tiene mayor interés, pero sí lo tiene el río. Estamos a punto de alcanzar Betelu, una población cuya vida no podría entenderse sin el río, y sin los manantiales que guarda en sus entrañas.

Betelu no es, solamente, la primera de nuestras paradas. Es, sin lugar a dudas, el pueblo con mayor número de atractivos de la zona.

 

EL PUEBLO QUE NO QUISO SER VALLE

Betelu adquirió la categoría de villa en el año 1694. Para ello, pagó 500 coronas al erario de Castilla. Se segregó así del valle de Araitz, formado por los pequeños municipios de Azkarate, Gaintza, Intza, Uztegi y Arribe–Atallu, aunque tanto los vecinos de uno y otro lado entienden que el conjunto es solo uno, quedando esta separación como una curiosidad del pasado.

Pero lo cierto es que, a simple vista, sí se detectan algunas diferencias entre unos y otros. Betelu tiene una configuración más cerrada, quizá debido a su ubicación en un estrecho desfiladero. El caserío se arremolina al paso de la carretera y, especialmente, junto a la iglesia de San Pedro –que conserva una bella portada gótica– y la plaza del frontón. Es el espacio de reunión de los vecinos, y el lugar donde se encuentra el único bar, convertido hoy también en punto de información turística.

Frente a él, una inmensa mole de piedra –Indianoetxea– sirve hoy de Ayuntamiento, guardería, consultorio médico, club de jubilados y otros variados usos municipales. El edificio, una gran casa barroca del siglo XVIII, parece encajado “con calzador”. Traspasamos la puerta de entrada y, tras un zaguán, alcanzamos un patio estrecho, de tres cuerpos, el superior cubierto por una descuidada galería de madera. Nos dicen que hace no mucho fue convento, y lo cierto es que su construcción encaja con ese modelo. Al salir de esta imponente vivienda labrada en sillar y volver la vista al caserío que se sitúa tras él, nos asalta la siguiente historia. En este caso, la de un desamor. Y la del viaje emprendido por el joven despechado a causa de su pobreza, que como tantos otros fue a “las Indias” en busca de fortuna. Cuentan que, a su regreso, colmado de riquezas, hizo levantar el edificio frente a la casa de la joven que no quiso desposarse con él. Una aparatosa forma de resolver la afrenta.

La leyenda, como tantas otras, guarda parte de verdad. Alonso de Ezcurdia, el dueño de la casa, viajó hacia Nueva España en 1725, cuando apenas contaba con 20 años, instalándose en Ciudad de México. Una carta de su puño y letra explica que la aventura se debía a la necesidad de mejorar su posición económica y social, ya que había adquirido un compromiso matrimonial con María Catalina de Orella, de la vecina localidad de Arribe. La casa es testimonio de la riqueza que alcanzó en su viaje, aunque también se sabe que, finalmente, el citado matrimonio no se llevó a cabo.

Indianoetxea no es, sin embargo, el edificio que más llama la atención al visitante. Pocos metros más allá, siguiendo el camino que lleva a la localidad de Intza, aparece ante nuestros ojos la bellísima Apeztegizarra. Se trata de una casa–torre, de aspecto medieval, que atestigua su antiguo carácter defensivo en las estrechísimas troneras que conserva en su planta inferior. El edificio –rehabilitado recientemente– conserva dos de sus fachadas en sillar, y otras dos en las que, la segunda y tercera planta muestran un bello entramado de madera. De su etimología (apeztegi=cura y zaharra=viejo), se intuye que, como Indianoetxea, pudo tener en su momento también relación con el clero.

 

BETELU Y EL AGUA

Para proseguir con las historias que nos aguardan en Betelu hay que retroceder, no solo en el tiempo, sino también sobre nuestros pasos para, cruzando el puente que encontramos a la entrada del pueblo, dar un paseo por la Senda de Goikola. En poco más de 700 metros –los que nos llevan a las ruinas de una antigua ferrería– la relevancia que el agua ha tenido para este pueblo queda registrada a través de varios paneles. Giramos nuestros pasos a la derecha, para alcanzar las paredes de la actual embotelladora de aguas minerales, y que es hoy la encargada de llevar el nombre del pueblo más allá de sus fronteras. Si estamos atentos, los ecos del antiguo Balneario –sus ilustres visitantes, la música del piano, los bailes de postín– regresan hasta nuestros oídos. Aquí también podemos ver una de las famosas fuentes de “aguas medicinales” de las que se nutría el centro termal: Iturri Santu. De vuelta al panel de inicio, proseguimos el paseo en dirección a una pequeña caseta de madera. En ella, custodiada bajo un tejadillo, está la fuente Dama Iturri. Todavía hoy, son muchos los que se acercan hasta este lugar para recoger –botella o garrafa en mano– estas aguas, cuyas virtudes son, para los más antiguos del lugar, de carácter mágico. Para los descreídos, los citados paneles dan buena cuenta de las peculiaridades de las aguas y los diferentes males que pueden resolver, desde un punto de vista bastante más científico.

Seguimos el estrecho camino excavado junto al Araxes y encajonado entre los montes Elosta e Irulegi, para alcanzar una zona más abierta, que en verano se represa para ser utilizada para el baño. Aquí se distinguen los restos de un antiguo batán (un molino en el que se trabajaba con paños, que se golpeaban, desengrasaban y enfurtían). Adosado a este, se encontraba el Martinete de Kalderola, famoso por ser el lugar en el que se acuñaron las últimas tresenas del reino de Navarra. Esta antigua moneda de cobre fue utilizada desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, mientras Navarra tuvo facultad de acuñar su propia moneda, privilegio que perdió en 1841. Las tresenas, poco a poco, fueron desapareciendo, dejando sitio a los reales, escudos y pesetas.

El camino, finalmente, nos lleva hasta la Ferrería de Goikola, que podemos ver desde “las alturas” gracias a unas pasarelas. Ambos complejos –ferrería y martinete– estaban, evidentemente, relacionados, y fueron construidos en la misma fecha: 1828. De nuevo, los paneles nos permiten conocer los entresijos del funcionamiento de Kalderola y Goikola, además de dejarnos algunas otras historias, como la del notario de Betelu, Pedro Antonio Ochotorena, a la postre director del Martinete, y al que pudo la codicia. Acusado de fabricar maravedíes falsos, tuvo que fugarse a Francia para no caer apresado.

Además de los usos mencionados, el Araxes también puso en marcha un molino harinero y dos centrales hidroeléctricas. Una de dio luz al famoso balneario, convirtiéndolo así en el primero en conseguir tal mérito en toda España.

 

BALNEARIO DE BETELU, LA BELLE EPOQUE

A los vecinos de Betelu no les hizo falta que, en 1798, un médico ilustrado de nombre Vicente de Lardizábal, les enumerara las propiedades químicas de sus aguas. Ellos conocían de sobra los “mágicos” efectos que producían sobre personas y animales. Lo mismo curaba heridas abiertas, enfermedades cutáneas o de garganta (remedio ineludible para las afonías tras una noche de juerga), como quitaba las verrugas a las ubres de las vacas. Así, cuando comenzó a extenderse el interés por las aguas medicinales, resultó casi inevitable que Betelu se convirtiera en un importante centro termal. El primer paso fue la creación de una Casa de Baños en 1818, de sencillas instalaciones, que obligaba a los clientes a alojarse en las casas del pueblo. Tras varios intentos, en julio de 1883 fue inaugurado el Gran Hotel Balneario de Betelu, provisto de 370 habitaciones, grandes comedores, salas de juegos, tiendas propias e, incluso, una capilla. La fama del Balneario se multiplicó al año de su apertura, cuando el rey Alfonso XII eligió este centro termal para su descanso. Durante las dos semanas que el rey permaneció en la villa, los medios de comunicación de la época se hicieron amplio eco de la noticia. Así, Betelu se convirtió en el balneario de moda, al que acudía la aristocracia que solía veranear en San Sebastián y Biarritz. Betelu también acogió a la madre del rey, la reina Isabel II, y años más tarde a su sucesor, Alfonso XIII. Para ellos, quedaba reservada la llamada Ala Real, a la que no tenían acceso el resto de clientes del centro termal.

Al propio Balneario tampoco tenían permiso de acceso los vecinos de Betelu, que sin embargo sí podían recoger el agua de las fuentes –Dama Iturri e Iturri Santu– para su uso particular, como lo habían hecho toda la vida, no solo como bebida, sino también para conseguir sal de cocina, que se obtenía por evaporación. Pero aunque no podían ver en directo el ambiente que se creaba en el interior del Gran Hotel, sí disfrutaron –y mucho– con sus entretenimientos, ya que los espectáculos que se realizaban en él se podían ver después en el Hotel Soravilla, nacido al calor del crecimiento espectacular de visitantes durante aquella época dorada. Este hotel se convirtió en el lugar de encuentro para los jóvenes de las localidades vecinas, que no perdían la oportunidad de participar en sus famosos bailes de los domingos.

Además de reyes, Betelu acogió a personalidades como el tenor Altube, el actor Alfredo Mayo o el escultor Mariano Benlliure. El Balneario fue declinando, poco a poco, con la Guerra Civil y la posguerra. Durante la Segunda Guerra Mundial acogió a un buen número de huidos del nazismo, y posteriormente se convirtió en un lugar de descanso para curas, monjas y militares. El Balneario cerro en 1966, dando paso a la actual embotelladora de agua, que sigue “explotando” la riqueza natural de las fuentes que han convertido a Betelu en un lugar privilegiado.

 

INTZA, LA PRIMERA DEL VALLE DE ARAITZ

Una vez exprimidos los encantos de Betelu nos sumergimos de lleno en el valle de Araitz. Para ello, tomamos la carretera local que, junto a Apeztegizarra nos lleva hasta la localidad de Intza. El camino nos acerca a las Malloas, en continuo ascenso, para dejarnos en el pueblo más alto del valle. Por el camino, se entrevé la GR 20, que anima a los montañeros más dispuestos, a lo largo de casi 100 kilómetros, a dar una monumental vuelta al macizo de Aralar.

Al alcanzar los primeros caseríos del pueblo de Intza, las dudas asaltan al visitante, por la dispersión de las viviendas, que no parecen seguir ninguna lógica. Un voraz agente inmobiliario se echaría las manos a la cabeza observando cómo, la zona central del pueblo, la más apetecible para vivir, permanece vacía. La causa de esta peculiaridad la tuvo un terremoto. O, si somos más exactos, un corrimiento de tierra que causó enormes daños al pueblo allá por el año 1714. Los movimientos comenzaron a causa de la caída de enormes rocas de Lizeta sobre una regata –Maiku Sasi– que al ver cerrado su paso comenzó a crear un pantano. Los meses de agosto y septiembre se presentaron muy lluviosos, lo que provocó que, finalmente, una enorme cantidad de tierra y piedras –tras un recorrido de más de 1.400 metros– derrumbara el casco urbano, la iglesia y la plaza principal del pueblo.

Así, en el mes de abril amenazaban ruina, o estaban totalmente destruidos 38 caseríos, numerosas bordas, el molino, el lavadero y, como ya hemos señalado, la antigua iglesia del pueblo. Esta es la razón por la que la actual resulta diferente, en su aspecto arquitéctónico, a las del resto de valle, ya que su construcción es bastante más tardía. Al menos, en su interior, puede contemplarse el valioso retablo del antiguo templo. A día de hoy, todavía se siguen produciendo pequeños corrimientos (como los detectados en los años 1966 y 1999), motivo por el que no se edifica en la zona anteriormente afectada. La causa de estos “terremotos” está en la vecina Aralar, a cuyos pies está construido el pueblo. Al tratarse de una gran mole caliza que, como una esponja acoge en su interior numerosos cursos de agua, su estructura resulta inestable, siendo comunes estos corrimientos.

Intza también es conocido por ser “pueblo de brujas”. Sus vecinos fueron los principales perjudicados en el denominado “Proceso de Val de Araiz”, que se produjo en el año 1595. El protagonista de la persecución, en este caso, no fue la temida Inquisición, sino el alcalde perpetuo del valle, don Fermín de Lodosa y Andueza, que residía en el Palacio o Torre de Andueza –hoy desaparecido– en la vecina localidad de Atallu. Las desavenencias con los vecinos, a decir de estos por los excesos que con ellos cometía, derivaron en una cacería que tuvo su punto álgido entre los meses de febrero y abril de aquel año. Los detenidos pasaron primeramente por la cárcel que el mismo Andueza tenía en su palacio de Atallu, y posteriormente ingresaron en la cárcel de Pamplona. En total, fueron 27 los detenidos de Intza, y ese mismo año –sin llegar a celebrarse el juicio– murieron en la prisión dos hombres y diez mujeres (dos de ellas de 9 y 12 años). Dicen que, para localizar a los brujos, don Fermín utilizaba los poderes de una adolescente llamada Johana de Baraibar, que podía reconocer en los ojos de los embrujados la marca del demonio: una zarpa de sapo.

La represión no la sufrieron solo los vecinos de Intza. Los abades de las localidades de Errazkin y Arribe, que intentaron ayudar a los acusados, también fueron presionados durante el proceso. En Intza, un cartel frente a una campa en la que supuestamente se reunían las brujas de la localidad, rememora este hecho. También queda como recuerdo de este luctuoso suceso la película Akelarre dirigida por Pedro Olea en 1983, que tuvo como escenario el pueblo de Uztegi y que, en su momento, revolucionó a todo el valle.

 

HACIA UZTEGI Y GAINTZA

Retomando la NA-130, camino de Arribe, una carretera local (NA-7512) nos adentra en otras dos localidades de este valle de Araitz. Alcanzamos en primer lugar Uztegi, un precioso pueblecito apiñado en torno a la iglesia de la Asunción. El rincón formado por el propio templo, el atrio de entrada y la casa adosada este, con su entramado de maderas, es uno de los más pintorescos del valle. Desde el atrio, en el que reposa una pila bautismal, se observan unas bonitas vistas de las verdes praderas de Araitz y los caseríos dispersos. La iglesia, a pesar de tener un crucero y cabecera barrocos, conserva algunos elementos constructivos de origen medieval. En el interior se puede contemplar la talla policromada de una Virgen con el Niño, datada en el siglo XIV.

Si proseguimos el viaje hacia las faldas de las Malloas, llegamos hasta la localidad de Gaintza, desde la cual se pueden acometer algunas de la ascensiones clásicas a las cimas de este macizo. La estampa de este pueblo, situado justamente bajo el pico de Irumugarrieta –1.427 metros de altura, el más alto del circo de las Malloas– es espectacular. Arrimada ya a las lomas del macizo, las casas se disponen en pendiente, dividiéndose en dos barrios. El de abajo se arremolina alrededor de la iglesia de San Martín de Tours, en la que destaca una imagen de la Virgen con el Niño en un nicho, de estilo gótico rural y datada en el siglo XIII.

En este pueblo nos aguarda una de las historias más curiosas del valle, la de los segadores de las Malloas. Si nos remitimos a la etimología, la propia palabra “malloa” delata la importancia de esta labor, ya que significa “herbazal”. A ojos de un profano, parecería labor imposible la de recortar los prados que se elevan sobre nuestra vista en espectacular verticalidad. Pero hasta hace no demasiado tiempo, esto es lo que hacían algunos de los habitantes de Araitz. La pendiente de estos prados era tan pronunciada en determinados lugares que los segalaris, a modo de modernos escaladores, debían atarse con cuerdas para realizar el trabajo. El espectáculo no terminaba con semejante proeza. Los fardos de hierba debían ser, posteriormente, descendidos hasta los caseríos, y para ello se utilizaba una original estrategia. Desde el monte se extendían, en algunos casos hasta los mismos desvanes de los caseríos, unos férreos cables, por los que se deslizaban los montones de hierba. Por la noche, la fricción de estos sobre el cable podía producir chispas, lo que dejaba una espectacular estampa, pero que en ocasiones llegó a producir pequeños incendios. Hoy en día, perduran como recuerdo del pasado los cables de Errazkin (en el vecino valle de Azpirotz) y Gaintza.

 

HACIA LA CAPITAL DEL VALLE

Descendemos de nuevo hasta la carretera principal, para caer de lleno en la capital del valle: ArribeAtallu. A pesar de ser dos municipios independientes, Arribe y Atallu forman concejo en común. Ambos se sitúan al pie de la carretera nacional. El límite entre ambos viene marcado por el pertinente cartel, ya que los dos núcleos están, en la práctica, unidos. En Arribe destaca el rincón formado por el puente de piedra sobre el río Araxes –que une la carretera con el camino antiguo a Gorriti– y la rotunda torre de la iglesia. Un arco apuntado se abre en su base, para permitir así el tránsito rodado. La Parroquia de San Miguel, que así se llama el templo, es por lo demás de fábrica sencilla y una sola nave.

Hay sin embargo, otro edificio en Arribe que llama aún más la atención que el potente torreón–campanario mencionado. El conductor desprevenido, seguramente, dará un inevitable frenazo frente a la casa de Juan Gorriti, un artista cuya comunión con la naturaleza no podía haber encontrado mejor escenario para su trabajo que el incomparable paisaje de las Malloas. Su casa es –además de un peculiarísimo hogar– su estudio, su taller y una extraordinaria galería de arte propio y ajeno. Por ella han pasado, y dejado su huella, artistas como Jorge Oteiza, Remigio Mendiburu, el cantautor Mikel Laboa o el fotógrafo Sigfrido Koch.

El impacto que provoca Batzarre Etxea en la retina de todo aquel que se acerca hasta Arribe, es mayor al conocer que todo lo que se levanta ante nuestros ojos ha sido construido por el propio Gorriti. El edificio, que data de 1511 y fue en su tiempo lugar de reunión para los vecinos del valle, estaba en ruinas en el momento en el que Juan Gorriti la adquirió, allá por los años 70. Solo se mantenía el sólido arco de piedra que hoy sigue dando entrada a la casa. Sobre él, este artista ha dado forma a un edificio que refleja su alma. En él, se unen en poético equilibrio su mundo onírico, teñido de azul, y el apego a la tierra, a esa naturaleza que le rodea y que ha vivido desde niño. “Yo nací en medio del monte, mi padre era guarda de Aralar, y así me crié, como las cabras”, explica con su perenne sonrisa. Entrar en su casa, además de un privilegio, nos sumerge en otra realidad, en la que pronto adivinamos que el humor forma parte indivisible de todo lo que toca este artista. Dentro del “complejo” que forma su vivienda, además de una curiosa bodeguita, se encuentran dos galerías de arte, la mayor de ellas llamada Mallope (bajo las Malloas). Imposible que hubiera podido tener otro nombre.

No debemos equivocarnos mucho al no escatimar adjetivos para describir este hermoso valle. Algún tipo de magia debe tener este último rincón de la geografía navarra que atrae las miradas sensibles, ya que, a poca distancia de donde nos encontramos, en el vecino Atallu, tiene su morada –y estudio– otro artista, el renombrado pintor José Luis Zumeta.

 

AZKARATE, PUNTO FINAL

El valle no podría tener mejor epílogo que el bello pueblo de Azkarate. La imponente mole del Balerdi atrae sin remedio nuestra mirada, y nos obliga a alcanzar las calles del último pueblo de Araitz, a pasear por su disperso caserío hasta alcanzar el cementerio, donde la inmensa proa de este gigante pétreo lo ocupa todo. Además del espectacular paisaje, en Azkarate también podemos detenernos en la pequeña ermita de San Fermín, del siglo XVI. Las fiestas de la localidad, que están recobrando el auge de tiempos pasados, se celebran en honor a este popular santo, y sirven no solo para el encuentro de los vecinos de todo el valle, sino también para los que se hallan, pasada la muga con Guipúzcoa, al otro lado de las Malloas. Existe un portillo en el collado situado bajo el Balerdi que se abre únicamente con motivo de estas fiestas, para que los vecinos de Bedaio –principalmente– se acerquen hasta Azkarate a compartir el jolgorio colectivo. Ascender hasta este punto es adentrarse de lleno en la denominada “frontera de malhechores”. Un espacio de litigio, en tiempos pretéritos, entre los reinos de Navarra y Castilla, más tarde terreno abonado para el bandidaje y, ya en la posguerra, el paso más prodigado para el inevitable negocio del extraperlo. O lo que es lo mismo, la oportunidad para que el valle nos revele otras tantas suculentas historias. Por quedarnos con una, que de por finalizado nuestro viaje, nos decantamos por la que protagoniza no un bandido ni contrabandista, sino por el mismísimo demonio.

Cuentan, que hubo un cura en Azkarate que era especialista en un conjuro que hacía detenerse al pedrisco. El ama que estaba a su cuidado se encargaba de avisar al conjurador en cuanto veía que se asomaban nubes negras. En una de las ocasiones en que el cura estaba en plena faena, con el libro de exorcismos en la mano, se le apareció un demonio, que le retó haciendo alarde de sus fuerzas para arrasar con las cosechas. El cura, sin embargo, le respondió que él también disponía de armas para frenarle, y ante el asombro del demonio le lanzó el zapato sin soltar el libro de las manos, lo que hizo que el pedrisco se desviara hacia el monte. Y dicen, que mucho más allá de aquel lugar, escondido en las hierbas de las Malloas, encontraron después el zapato.

 

APUNTES SOBRE EL VALLE

 

 

A LA CAZA DE UN UNICORNIO

Las leyendas inundan la memoria colectiva de Betelu y los pueblos del valle de Araitz. Como en tantas otras localidades navarras, personajes como los gentiles –que morarían en cuevas excavadas en las empinadas faldas de las Malloas–, las lamias –cuyo escondite sería las cantarinas aguas del río Araxes– y, por supuesto, las brujas, conviven con los vecinos del valle con la naturalidad de una tradición largamente cultivada. Pero una de las leyendas más curiosas de este lugar, tan bella como triste, tiene un protagonista singular: un unicornio. La historia, de origen medieval, cuenta cómo el rey don Sancho enfermó de tristeza, y buscando remedio a su mal, los médicos del reino encontraron a un ermitaño que les comunicó que la única forma de curarle era darle de beber una pócima en el cuerno de un unicornio. El ermitaño aseguró que existía uno en el encinar de Betelu, y les advirtió de su peligrosidad. Según les explicó, el bello animal solo se rendía ante personas de alma pura y doncellas que nunca hubieran tenido penas de amor.

Goimar, una de las hijas del rey, salió al encuentro del unicornio. Pero aún sufría por la muerte de su amado, por lo que el unicornio, al verla, la atravesó con su cuerno. Los ballesteros del rey pudieron dar muerte al animal y retirar su cuerno. El rey, de este modo, pudo tomar la pócima y curar su mal, pero poco más tarde, el dolor por la muerte de Goimar le partió el corazón.

DÁMASO DE INTZA

Miguel Olasagarre Zubillaga, del caserío Kalparregi de Intza, es uno de los personajes más conocidos del valle. Nació en 1886 y, como tantos hijos de familia pobre, fue ingresado en el Seminario de Pamplona en 1900. Diez años después se ordenaría como sacerdote. Pero durante estos años alejado del hogar perdió por completo su idioma materno, el euskera, hasta el punto de no poder llegar a comunicarse con su madre. A raíz de este suceso, comenzaron sus estudios sobre este idioma, siendo autor de numerosas publicaciones al respecto. Participó, además, en la redacción de los estatutos de Euskaltzaindia, donde ingresó como académico en 1921. Su labor como escritor e investigador fue muy prolífica, publicando numerosos artículos en la revista Príncipe de Viana, y fue editor de obras tanto de carácter religioso como etnográficas, como una recopilación del refranero popular de todas las zonas euskaldunes de Navarra. Murió a un mes de llegar al centenario, momento en el que se le iba a realizar un merecido homenaje.

PUEBLO GANADERO

Betelu cuenta con cierto tejido industrial, pero una de las actividades principales tanto de los habitantes de esta localidad como de los de los pueblos del valle de Araitz es la ganadera. Nos lo delata el paisaje, en el que se pueden ver bonitas estampas protagonizadas por metas de helecho, con las que se hace la cama al ganado, así como la gastronomía del valle. En Betelu se fabrican yogures y cuajadas, y en las localidades de Uztegi y Gaintza es posible comprar queso de oveja de origen artesano. Además de los productos de oveja y sus derivados, son propios de la zona los platos de cordero, tanto en chilindrón como asado, así como unas buenas chuletas de ternera.

SANTO ARALAR...

La imagen del santo de Aralar, San Miguel in Excelsis, está muy presente en todo el valle. Por supuesto, la imagen de plata dorada del Arcángel también visita estas localidades, dentro de la peregrinación que, cada año, realiza por casi todo el territorio foral. Más concretamente, el encuentro se realiza el lunes y martes de Pascua, dos días en los que los vecinos del valle de Araitz reciben a su santo con grandes muestras de fervor.

Además, tanto Betelu como los pueblos pertenecientes al valle de Araitz pertenecen a la Unión de Aralar, titular y gestora de los bienes comunes de este monte. Un tipo de entidad que, por basar sus derechos en “privilegios” tiene similitud administrativa y jurídica con la Comunidad de las Bardenas Reales.

… Y SANTO IGNACIO

Cuando en 1521 el que luego sería San Ignacio de Loyola cayó herido ante los muros de Pamplona, inició un largo trayecto de regreso a su hogar, que más tarde sería conocido como Camino Ignaciano. La leyenda alrededor de este viaje, en el que atravesó localidades del valle como Betelu o Azkarate, ha dejado varios testimonios, sobre todo en Betelu, que ha venido a convertirse en un lugar emblemático para los jesuitas de todo el mundo. Así, en esta localidad encontramos un puente y una fuente denominadas de San Ignacio, en honor al paso del santo. Y en la casa Indianoetxea una cruz señala el punto en el que el desfallecido Ignacio se apoyó para descansar.

 

PARA SABER MÁS

 

  • El Camino Real de Tolosa a Pamplona, de José Antonio Recondo. Resultado de dos años de investigación sobre esta vía de comunicación, desgrana las historias –grandes y pequeñas– de las localidades que se encuentran a la vera de este, entre ellas Betelu y el valle de Araitz.
  • Araitz-Beteluko Ahotsak, de Kontxi Arraztio y Amaia Apalanza. Estudio de carácter filológico que recoge el testimonio de muchos de los mayores de este valle sobre las costumbres más arraigadas, celebraciones, festejos, canciones, oficios, etc.

 

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