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Palabra de peregrino

774 kilómetros hasta Santiago

El Camino de Santiago arranca en los Pirineos entre niebla, agua y una cuesta del demonio que desafía a los peregrinos

Saint Jean de Pie de Port-Roncesvalles-Zubiri
Saint Jean de Pie de Port-Roncesvalles-Zubiri
  • Sergio García
Publicado el 20/07/2021 a las 06:00
El primer paso resulta siempre el más difícil de dar. Y quienes deciden iniciar el Camino de Santiago en Saint Jean Pie de Port, en la cara norte del Pirineo navarro, no tardan en comprobarlo. Son miles de peregrinos llegados de todo el mundo -desde Estados Unidos hasta Alemania, China o Suiza-, ansiosos de emprender esta road movie a la española que hunde sus raíces en la Edad Media, los que descubren caminatas extenuantes, ampollas que reclaman su atención o mojaduras que no acaban de secar del todo. Y las agujetas, que tienen la facultad de descubrirnos músculos que ni siquiera sabíamos que existían.
El lienzo sobre el que discurrirá esta aventura fue diseñado hace más de mil años y en todo ese tiempo el guion apenas ha cambiado: etapas que alternan bosques frondosos dan paso a auténticos secarrales donde el amarillo de los campos de cereal envuelve con su brillo cegador lo mismo catedrales que humildes ermitas, valles acunados por el silencio que bulliciosas ciudades. Uno descubre en los albergues y cantinas que, si bien somos los dueños de nuestros pasos, estos siguen una partitura donde no hay sitio para las prisas, guiados por constelaciones de estrellas y una fuerza telúrica orientada siempre al Occidente. Este año es Xacobeo y los rigores de la pandemia llevan meses conteniendo esa corriente que ahora se derrama, incontenible, con afluentes en toda Europa y más allá.
Todos llegan confiados en sus fuerzas hasta que las primeras rampas ponen a cada uno en su sitio. “¿Pero es todo así?”, se escucha murmurar entre jadeos en los primeros compases de la marcha. Quien esperaba una etapa de transición sale de su error en cuanto la niebla se echa encima y el sirimiri se mezcla con el sudor que cubre brazos y frentes. La comitiva se disloca hasta que lo que parecía una cadena sólida dibuja un pespunte de rezagados.
Un letrero nos informa de que la cuesta se llama Ruta de Napoleón y uno se pregunta entonces a quién le pueden quedar ganas de invadir un país después de enfilar esos repechos rodeados de praderías donde pastan rebaños de ovejas manex de cabeza negra, de vacas de raza pirenaica y blonda, y de caballos robustos y ajenos a la lluvia que arrecia por momentos. Y es ahí, cuando empieza a faltar el resuello, donde se forjan las primeras alianzas. Gente a quien la víspera viste deambular por Saint Jean, pero cuya biografía está a un paso de entrelazarse con la tuya.
Es el caso de Manuel y Mariano, dos alicantinos que llevan años trabajando en Zurich -el uno de carpintero, el otro hormigonando- y que hartos de la pandemia han decidido volver a probarse. “Me he pasado la vida aplazándolo, se acabó. Ahora tengo tiempo, pasta y ganas. Voy hasta el final”, resume Manuel, mientras maldice los 13 kilos con que ha cargado su mochila. O Blake, un seminarista de casi 2 metros oriundo de Oklahoma, a quien atormenta no distinguir aún entre pinchos y tapas, o que los españoles no cenen hasta las nueve de la noche. O Luc, de Burdeos, que ha adelantado a Thierry, su padre, y al que va dejando onzas de chocolate en cada mojón del camino para darle ánimos.
EMBOSCADA EN EL COLLADO
Tras 15 kilómetros de ascensión ininterrumpida aparece entre la niebla el hito de piedra que señala Roncesvalles, apartándonos de la carretera para proseguir monte a través hasta el collado de Bentarte y de allí al de Lepoeder, donde cuenta la tradición que los vascones derrotaron a la retaguardia de Carlomagno después de que este atacase Pamplona. Uno cierra los ojos y cree por un momento escuchar los alaridos de los emboscados, pasando a cuchillo a lo más granado del ejército del emperador. Desde allí, el camino se precipita casi en vertical entre bosques de hayas hacia Roncesvalles y su colegiata, primer oasis de una ruta a la que restan aún 750 kilómetros.
Allí, el prior Bibiano Esparza y otros cuatro religiosos hacen encaje de bolillos para atender las necesidades espirituales de una treintena de pueblos, oficiar la misa donde se bendice a los peregrinos y cuidar del santuario que guarda los restos de Sancho VII, el artífice de la victoria de Las Navas de Tolosa, cuyas cadenas luce el escudo navarro. Bibiano lleva tres años, entre Maitines, Laudes o Vísperas, asistiendo atónito a ese reguero de peregrinos, embarcados en “un viaje interior que saca lo mejor de las personas”.
No son estas montañas un lugar fácil por mucho que Hemingway pasara temporadas en el vecino Burguete, soñando con las truchas del río Irati o a la sombra de Sorginaritzaga, el robledal de las brujas. Los peregrinos vuelven a echarse a la carretera y dejan atrás pueblos pintorescos como Espinal o Viscarret, para adentrarse en un mar de hayas, boj y helechos, donde el rocío de la mañana, la ‘rosada’, parece tallar joyas en las telarañas que estallan con sólo tocarlas.
Hay un carrusel de subidas y bajadas, de casas blasonadas y granjas ganaderas, que nos conduce hasta el alto de Erro, donde una furgoneta alimentada con paneles de energía solar vende desde plátanos hasta Red Bull y barritas energéticas. Después de la paliza de la víspera, la jornada de hoy es un caramelo. Cuando llega a nuestros oídos el rumor del río Arga, deslizándose bajo el puente de piedra, estamos ya en Zubiri y Pamplona parece al alcance de la mano. Enciendo el móvil para saber la última y todos nos quedamos de piedra: acaban de detener a un peregrino en Palencia buscado por la Interpol por un triple asesinato en Brasil. “Joder, aquí somos todos buena gente, ¿o no?”.
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