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Gastrohistorias

El presidente y la mona de Pascua

Opinión de Ana Vega Pérez de Arlucea

El expresidente Emilio Castelar, en una composición de imagen, con una mona de Pascua.
El expresidente Emilio Castelar, en una composición de imagen, con una mona de Pascua.
A.V.
  • Ana Vega Pérez de Arlucea
Actualizada 06/04/2021 a las 06:00

Al expresidente le gustaba comer mucho y bien. Tanto y tan espléndidamente que la prensa no escatimaba críticas ni burlas a la hora de comentar sus banquetes o su bien abastecida despensa, llena de los mejores ingredientes que podía ofrecer España. Embutidos extremeños, quesos manchegos, jamones granadinos, escabeches gallegos, frutas valencianas o vinos jerezanos llegaban diariamente a la casa que en la madrileña calle Serrano tenía don Emilio Castelar. Presidente de la Primera República Española durante menos de cuatro meses, su larga trayectoria política, su bonhomía y su recordada posición como líder del republicanismo le habían granjeado simpatías que, una vez retirado de la vida pública, se seguían traduciendo en obsequios alimenticios.

Corría la última década del siglo XIX y Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899) seguía haciendo gala de un apetito tan estupendo como castizo. Nacido en Cádiz y criado en Elda (Alicante), el gran orador era amante del jerez -recuerden que fue quien inventó aquello de “sol de Andalucía embotellado”-, del arroz y de toda buena pitanza condimentada al estilo español. En una época en la que lo elegante aún era comer a la francesa, Castelar llevaba años encabezando la protesta de los fogones nacionales contra la tiranía extranjera.

Siendo ministro de Estado y presidente del Poder Ejecutivo don Emilio había insistido en que los banquetes oficiales fueran a base de platos típicos españoles y sus menús figuraran orgullosamente escritos en castellano en vez de en la lengua de Molière. En su mesa los invitados encontraban siempre lo más selecto y exquisito que cada provincia española daba en materia de jamar. Y encima, al prócer le salía casi todo gratis. Las monjitas del convento sevillano de San Leandro le mandaban yemas, los productores de Trevélez jamones, los vecinos de Aspe deliciosos pavos alicantinos cebados y emborrachados con vino… Castelar no sólo sabía elegir, disfrutar y agradecer, sino que como si un influencer de hoy en día fuera, estaba dispuesto a promocionar y defender a capa y espada aquellos productos que consideraba dignos de estima. Que cierto ingrediente o tal receta se incluyeran en una de sus cenas significaba un espaldarazo definitivo a su popularidad, un sello de calidad.

EL FIN DE LA CUARESMA

Eso es lo que ocurrió con la mona de Pascua, dulce que por entonces no se estilaba en Madrid y menos entre las familias de la alta sociedad. Aunque nos suenen mucho las monas catalanas y valencianas lo cierto es que este postre también tiene larga tradición en tierras aragonesas, murcianas, castellano-manchegas y baleares. Lejos de su moderna conversión en esculturas de chocolate, las monas clásicas consisten en una rosca o bollo de pan guarnecido con huevos enteros.

Ya fuera dulce o salada y aunque se la llamara hornazo, panquemao, toña, panou o fogaza, la esencia de la auténtica mona estaba en el huevo cocido. Elemento pascual por antonomasia, el huevo es símbolo tanto de la fertilidad primaveral como de la nueva vida y por eso se asoció primero con el equinoccio de marzo y después con la resurrección de Jesús.

Que durante mucho tiempo los preceptos católicos prohibieran (además de la carne) el consumo de huevos y lácteos en Cuaresma también ayudó a que el Domingo de Pascua se convirtiera en una celebración culinaria rebosante de grasas, natas y huevos de cualquier tipo. Emilio Castelar presumía de eldense de pro y como tal conocía bien la antigua costumbre que en su pueblo había de festejar la Pascua comiendo la mona en el campo. A falta de paisaje mediterráneo y cayendo San Emilio el 5 de abril, el político tomó por costumbre celebrar cada año su santo con un festín inspirado en la gastronomía levantina e incluir en él una mona de Pascua.

Aquel sencillo bollo con huevos incrustados y confites de colores sorprendía tanto que Emilia Pardo Bazán, amiga personal del expresidente, relató en 1911 una de aquellas comidas pascuales en el periódico argentino La Nación. “Recuerdo todavía con algo del regocijo sentido entonces la cara de unos periodistas y sabios franceses invitados por Castelar”, contaba la gallega. “Primero vino una sopa de almendras, helada; luego unos salmonetes con piñones al estilo de Alicante; después, un arroz con tropezones de pollo, cangrejos y alcachofas que, así al pronto, con su promiscuación, no dejaba de sorprender, y en pos algo inaudito: la famosa mona de Pascua”.

En aquella ocasión la mona venía de Murcia, “entreverada con huevos duros, piedras de azúcar, tiras de pimiento y acompañada de unas grandes habas verdes y crudas que habían de comerse al mismo tiempo que la mona”. A los lectores que conozcan la Semana Santa murciana y el amor que por allá profesan a las habas tiernas no les sorprenderá la combinación, pero los invitados de Castelar se quedaron a cuadros. Según la novelista, el comensal sentado a su lado le preguntó, muy bajito y con angustia, que qué demonios era aquello. Ni corta ni perezosa le explicó que aquel pan se solía comer al aire libre, en las huertas y haciendo ejercicio. “Sin esa condición las habas crudas se digieren con alguna dificultad”, le espetó en perfecto francés. Seguro que Castelar aprobó el comentario.


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