Historias familiares

Tiempo muerto

Dice mi amiga Tita que nadie nos ha puesto una pistola en la sien para tener hijos y para embarcarnos en esta aventura de la crianza

Sonsoles Echavarren.
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Sonsoles Echavarren

Actualizado el 25/10/2021 a las 08:13

Hubo un tiempo en el que no pagábamos hipotecas ni facturas de la luz. En el que no teníamos que comprobar que nos habían pasado los recibos de las múltiples extraescolares de los hijos ni la mensualidad del ortodoncista. En definitiva, hubo un tiempo libre en el que viajábamos sin valorarlo, devorábamos la cartelera del cine y no había restaurante nuevo que se nos resistiera. ¿Que si lo echo de menos? Sí. ¿Que si lo disfruté? Por supuesto. ¿Que si lo cambiaría por mi vida actual? Ummmm... Mejor no plantear esa cuestión. 

Dice mi amiga Tita que nadie nos ha puesto una pistola en la sien para tener hijos y para embarcarnos en esta aventura de la crianza que, por cierto, parece el cuento de nunca acabar. Cierto. Ha sido una decisión voluntaria y, bromas aparte, los hijos nos dan la vida pero también nos la quitan (un poco). El tiempo libre ha desaparecido. Y ha sido suplantado, solo muy de vez en cuando y como en un espejismo, por un tiempo muerto. Por uno o dos días a lo sumo en los que huimos de la rutina (gracias, amigos, por ese ‘pack’ de escapada para dos). En los que nos fugamos de la realidad y nos diluimos en una fantasía de viaje al pasado entre las burbujas del spa.

La ilusión ya empezó en el coche. Cuando no se oía ni una mosca. Y pudimos escuchar en bucle y en el Spotify nuestras canciones ‘viejunas’. Sin alternarlas con la banda sonora de las protestas de nuestros hijos, en liza constante por instalar su música infernal que, a veces, hasta me hace marearme aunque vaya mirando por la ventanilla. Vaya, que pudimos disfrutar de un viaje en silencio, deleitándonos con el paisaje, las canciones y nuestras conversaciones si nos apetecía hablar. Sin peleas, pataditas, patatas fritas aplastadas por el suelo ni bolsas de plástico para las vomitonas. ¿Lo imaginas? ¡Un auténtico placer!

La alegría continuó al llegar al restaurante del hotel y no arruinarnos con una comida para cinco, con los socorridos macarrones, las pechugas de pollo empanadas y el helado de sandwich. Una novedad no tener que pelearnos con el ‘refrescos, no’ y que si la hamburguesa de uno tiene más ketchup que la del otro.

Confieso que, aunque intentaba olvidarme, estaba pendiente del ‘wasap’. Que si el niño habrá llegado al entrenamiento a su hora. Que si el profesor de francés se ha puesto enfermo y ha sustituido la clase por ejercicios de gramática. Y en esas andaba, en sentido literal mientras atravesábamos un puente colgante sobre un río, cuando una llamada me devolvió a la realidad. “Mami, que no encuentro los libros de catequesis”, mi hijo pequeño me instaba a poner, una vez más, mi brújula de madre en funcionamiento. Que no. Que no estaban en el cajón donde los dejé la semana pasada. “Pues yo que sé. No los lleves”. Colgué y seguí caminando mientras la corriente se llevaba mis últimas preocupaciones.

Cuando mis hijos eran pequeños apenas los dejábamos para ir a tomar un café. Y alguna vez que nos marchamos se pusieron malos. Aún recuerdo a mi madre, llamándome al móvil, sin atreverse a darme la noticia. ¡Para una noche que nos fuimos a un hotel! “Hija, que el niño está con fiebre y no ha parado de vomitar en toda la noche... Tranquila, no tengáis prisa en volver”, se disculpaba. ¿Que no tuviéramos prisa, decía? Ni desayunamos y en un tiempo récord ya estábamos en casa. Por lo visto, ver a sus padres fue mano de santo y el retoño se restableció nada más llegar.

Pero el tiempo pasa, la vida vuela, el momento no vuelve. Y hay que parar y bajarse, por lo menos alguna vez, del mundo del corre corre y de las prisas. Ya lo decía Mafalda, que era muy sabia. Cuidarse para cuidar. Como me contaba el otro día la psicóloga Susanna Isern. Con una imagen muy clara. ¿Qué se debe hacer en un avión si hay una pérdida de oxígeno? “Ponerte la mascarilla y solo después, colocársela a tus hijos. Si no, no podrás respirar”. Pues eso, que es preciso coger aire. Que, como en el deporte de competición (¿y qué hay más exigente que la familia?), debemos pedir un tiempo muerto. Y solo así, respirando profundamente, cargarnos de energía para volver a la realidad. A ese tiempo por el que transitamos. De pagar la hipoteca, la factura de la luz, las actividades extraescolares y la mensualidad del ortodoncista.

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