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Historias Familiares

Morirse de miedo

Recién entrada en la adolescencia y más sana que una lechuga, creía, a cada momento, que me iba a dar un infarto

Sonsoles Echavarren DN
  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 10/10/2021 a las 06:00
Cuando yo tenía 12 años se murió un tío de mi madre. El tío Jaime que, aunque a mí me parecía un anciano, no llegaría a los 60. Al pobre hombre le dio un infarto fulminante. Zas. Visto y no visto. Recuerdo la llamada telefónica de mi abuela para darnos la fatal noticia, a mi madre llorando y yo pululando por la casa con cara de póquer porque era mi primer contacto cercano y directo con la muerte. Cuento esta historia porque aquel fallecimiento supuso para mí un punto de inflexión. Un perdigón que se me clavó si no en el corazón sí en el cerebro. En mi mente engañosa. Y me volví hipocondriaca. Recién entrada en la adolescencia y más sana que una lechuga, creía, a cada momento, que me iba a dar un infarto y le apremiaba a mi madre para que me llevara al médico porque experimentaba todos los síntomas. Yo quería dar manotazos a ese pensamiento, quitármelo de la cabeza porque me daba cuenta de que era mentira. Incapaz. Treinta y tres años he necesitado para rebobinar y darme cuenta de que ahí empezó mi miedo. Ese temor irracional que ha ido extendiendo sus tentáculos, como un pulpo acaparador, a otras áreas de mi vida. Por la mala suerte. De esta realidad me he dado cuenta al leer el último libro del psicólogo Rafael Santandreu, ‘Sin miedo’, y de entrevistarle. Y si a mí me ha servido, también resultará útil a otros. Así que, ¡demos voz a estas fantasías que generan tanto sufrimiento! ¡Y no las mantengamos ocultas por vergüenza al qué dirán! Por eso, voy a contar mi historia. Y tú, ¿te animas a compartir la tuya?
El tío Jaime murió en verano y a los pocos meses, con el comienzo de curso, tuve un examen de Química. Era un día a primera hora de la tarde, con la luz del otoño entrando por esas ventanas traslúcidas. Sentada en la segunda fila de la clase, con el folio de las preguntas, varias hojas blancas y bolígrafo Bic azul, empecé a responder a aquella ensaladilla de valencias de la tabla periódica del flúor, cromo, bromo, yodo, que tan bien había memorizado. Pero, ¡ay! Fue comenzar a responder y sentir la taquicardia (que eran real) y el terror en todo mi cuerpo. Las manos me sudaban tanto, que el boli se me escurría y hasta mojé los folios. “Me encuentro mal. ¿Me puedo ir?”, me atreví a implorar, al ver que no mejoraba, a aquella monja que imponía tanto respeto. Corrí despavorida por la calle, a lágrima viva, hasta mi casa. Y al llegar ya no me pasaba nada. Salvo que la rabia, fruto de esa embriaguez mental, trepaba hasta mi garganta en forma de sollozos.
Experimenté algunas situaciones más. Sobre todo, en las audiciones de piano, cuando las notas hormigueaban en la partitura y las teclas amalgamaban un lienzo borroso pintado en blanco y negro. Con los años, algunas de estas vivencias fueron desapareciendo. Terminé la carrera, trabajo con normalidad, soy una persona inquieta a la que le gusta seguir aprendiendo y atravieso ahora, con más o menos éxito, la época de la crianza de mis tres hijos. Con esto quiero decir que se puede convivir con las fobias externas (al avión, al ascensor, a los perros...) o internas (a las sensaciones o pensamientos obsesivos) y llevar una vida más o menos normal. Aunque sufriendo.
Me contaba una amiga que ella ha desarrollado de repente un miedo terrible a conducir (amaxofobia). Y que en cuanto se sienta al volante cree desmayarse y que va tener un accidente (sobre todo cuando viaja por autopista, no por carreteras secundarias, porque los miedos son así de caprichosos). Así, no le queda otra que ‘endosar’ a sus hijos en los coches de otras madres de la clase para llevarlos y traerlos de los cumpleaños y los partidos de fútbol. Unas madres a las que, claro, no les cuenta lo que le sucede porque ¡qué vergüenza! Aunque, seguramente más de una de esas mujeres se limpia las manos compulsivamente con gel hidroalcohólico al abrir y cerrar la puerta del coche y pulsa el botón del ascensor con la punta de la llave. En fin.
Nuestro cerebro es un caballo desbocado al que debemos domar para vivir felices. Aunque salgamos despedidos a la arena del camino. Porque, a pesar de que, a veces, esa taquicardia o ese mareo te hagan sentir que vas a morir (y corras a urgencias), nadie se ha muerto de miedo. Ni el tío Jaime, al que le se lo llevó un infarto, que nunca tuvo nada que ver conmigo.
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