Psicología

La venganza de acostarnos tarde: por qué robamos a propósito horas al sueño

En psicología se llama “procrastinación del sueño” a retrasar la hora de dormir sin que exista una causa externa que lo impida. ¿Qué nos lleva a hacerlo?

Una joven mirando el móvil en la cama antes de dormir
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Una joven mirando el móvil en la cama antes de dormirLysenko Andrii / Shutterstock
Una joven mirando el móvil en la cama antes de dormir

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The Conversation

Publicado el 29/07/2026 a las 09:40

Son las once y media de la noche. Sabemos que deberíamos irnos a dormir. Mañana sonará el despertador y nos tendremos que enfrentar a trabajo, clases, cuidados, correos, reuniones o tareas pendientes.

Pero nos asalta una frase íntima, casi justificadora: “me merezco un rato para mí”. Ponemos una serie. Miramos el móvil. Encadenamos vídeos. Revisamos redes sociales. Leemos noticias que no necesitábamos leer. Contestamos mensajes. O, simplemente, seguimos despiertos, como si alargar la noche permitiera recuperar algo que el día nos ha quitado.

No es exactamente insomnio, porque no siempre existe una imposibilidad real de dormir. A veces hay cansancio, incluso mucho cansancio, pero también una resistencia extraña a cerrar la jornada. Es lo que popularmente se conoce como “venganza de acostarse tarde”. En psicología, el concepto más asentado es el de procrastinación del sueño: retrasar la hora de irse a la cama sin que exista una causa externa que lo impida.

NO ES QUE NO QUERAMOS DORMIR: ES QUE NO QUEREMOS QUE ACABE EL DÍA

La explicación fácil sería pensar que nos falta disciplina. Sin embargo, esta conducta suele tener una lógica psicológica más compleja. Muchas personas no retrasan el sueño porque ignoren su importancia, sino porque sienten que el día no les ha pertenecido.

Durante la jornada, el tiempo está lleno de obligaciones: producir, cuidar, responder, desplazarse, organizar, cumplir. La noche aparece entonces como un pequeño territorio de soberanía personal: nadie pide nada, nadie interrumpe, nadie evalúa. Por fin, aunque sea tarde, podemos elegir.

Ahí aparece la palabra “venganza”. No es una venganza contra el sueño, sino contra un día que no ha dejado espacio para uno mismo. El problema es que esa recuperación de libertad tiene un coste: se paga con tiempo de descanso.

Desde esta perspectiva, acostarse tarde no es solo un mal hábito. Puede ser una forma torpe de defender una necesidad legítima: autonomía, placer, silencio, intimidad, desconexión. La literatura científica sobre motivación ha mostrado que la satisfacción o frustración de necesidades psicológicas básicas, como la autonomía o la competencia, se relaciona con indicadores de bienestar y salud. Así lo plantean distintos trabajos inspirados en la teoría de la autodeterminación.

PROCRASTINAR TAMBIÉN ES REGULAR EMOCIONES

La procrastinación suele interpretarse como pereza, pero muchas veces funciona como una estrategia de regulación emocional. No aplazamos solo porque no sepamos organizarnos, sino porque queremos evitar una emoción incómoda ahora mismo. Los investigadores Fuschia Sirois y Timothy Pychyl lo formularon con claridad al explicar la procrastinación como una forma de reparación del estado de ánimo a corto plazo.

En la procrastinación del sueño ocurre algo parecido. Irse a la cama implica aceptar que el día termina, pero también que el día siguiente está cerca. Para algunas personas, dormir no se vive como descanso, sino como rendición: cerrar los ojos significa abandonar el único momento propio y entregarse de nuevo a la rueda de obligaciones.

Por eso el móvil, la serie o el libro no son solo entretenimiento: funcionan como anestesia, recompensa, compensación. Durante un rato, la persona no está cumpliendo expectativas ajenas. Está escapando, descansando a su manera, aplazando mentalmente el mañana. El problema es que el alivio inmediato puede producir malestar diferido. Hoy gano una hora de libertad; mañana pierdo energía, atención, paciencia y capacidad de autocontrol.

EL MÓVIL NO LO EXPLICA TODO, PERO LO PONE MUCHO MÁS FÁCIL

Sería injusto decir que la culpa es solo de las pantallas, ya que antes del smartphone se retrasaba la hora de dormir con la televisión, la lectura, las llamadas o simplemente dando vueltas a la cabeza. Sin embargo, el móvil ha cambiado la escala del fenómeno.

El teléfono ofrece tres ingredientes muy potentes: recompensa inmediata, variedad infinita y ausencia de punto final. Una serie termina, aunque la plataforma nos sugiera otra, y un libro tiene capítulos. Pero el scroll no acaba nunca. Siempre hay otro vídeo, otra noticia, otro mensaje, otra comparación, otro estímulo.

Diversos trabajos han relacionado el uso del teléfono antes de dormir con peores indicadores de sueño. En adultos, se ha asociado con peor calidad del descanso, más síntomas de insomnio y más fatiga. Y en adolescentes, investigaciones recientes también han encontrado asociaciones entre uso problemático del teléfono, procrastinación del sueño y peor calidad del descanso.

Hay otro matiz importante: a veces ya no procrastinamos solo antes de acostarnos, sino dentro de la propia cama. Nos metemos bajo las sábanas, apagamos la luz física y encendemos otra jornada digital. La cama deja de ser un espacio asociado al sueño y se convierte en una extensión del salón, la oficina o la vida social.

EL CÍRCULO: CUANTO PEOR DORMIMOS, MÁS NECESITAMOS EVADIRNOS

La trampa de la venganza nocturna es que parece autocuidado, pero puede convertirse en autosabotaje. Si una persona termina agotada, se queda despierta para recuperar algo de vida personal y duerme poco, al día siguiente estará más cansada. Ese cansancio reducirá su capacidad para gestionar emociones, tomar decisiones, organizarse y tolerar frustraciones. Como consecuencia, llegará de nuevo a la noche con más necesidad de evasión.

Se forma así un círculo difícil de romper: día saturado, necesidad de compensación, retraso del sueño, peor descanso, más agotamiento, más necesidad de compensación. Además, la falta de sueño no afecta solo al cansancio físico. Revisiones sobre descanso nocturno y emoción muestran que dormir poco puede aumentar el estado de ánimo negativo y reducir el positivo.

Por eso no basta con decir “acuéstate antes”. Para muchas personas, esa recomendación suena casi insultante. Claro que saben que deberían dormir más: la cuestión es por qué sienten que no pueden permitirse terminar el día.

RECUPERAR LA NOCHE EMPIEZA DURANTE EL DÍA

Salir de este patrón no consiste únicamente en fuerza de voluntad, ni en convertir el sueño en otra obligación más que cumplir perfectamente. La clave está en preguntarse qué necesidad estamos intentando satisfacer de madrugada.

Si la respuesta es “necesito silencio”, habrá que buscar pequeñas islas de calma antes. Si la contestación es “necesito ocio”, quizá el día está organizado de manera que no deja espacio para el placer. Y si nos respondemos “necesito sentir que decido algo”, el problema no es solo nocturno: nos enfrentamos a una falta de autonomía acumulada. Algunas medidas ayudan: poner una hora de cierre digital, sacar el móvil de la cama, elegir actividades nocturnas con final claro, reducir tareas pendientes antes de dormir o crear un ritual de transición.

Las investigaciones sobre procrastinación del sueño la han relacionado con procesos de autorregulación y descanso nocturno insuficiente, pero esa autorregulación no ocurre en el vacío: falla más cuando estamos saturados, cansados o emocionalmente sobrecargados.

Quizá la intervención más importante sea anterior: dejar de colocar todo el descanso, todo el placer y toda la vida personal al final del día.

Oliver Serrano León, Director y profesor del Máster de Psicología General Sanitaria, Universidad Europea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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