San Fermín
El encierro, a tres metros y medio bajo tierra
Días antes de que la fiesta estalle en la plaza del Ayuntamiento, los seis agentes que componen la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional revisan las galerías subterráneas y ponen especial interés en la que dibuja los 875 metros del recorrido del encierro casi al completo, pero bajo tierra
Publicado el 02/07/2024 a las 20:00
A tres metros y medio bajo tierra, el encierro de San Fermín no suena con la misma intensidad, pero sobrecoge por igual. Así lo explican los encargados de velar por la seguridad del subsuelo pamplonés, los seis agentes que componen la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional. Entre cables, conductos de suministros y tuberías, estos policías controlan estos días las entrañas del casco antiguo y ponen especial interés en la galería que dibuja los 875 metros del recorrido del encierro casi al completo, pero bajo tierra. “Dedicamos una mañana los días previos al día 6 a hacer una incursión por la galería y revisamos los accesos de los técnicos de telefonía o cableado de televisión”, cuenta el subinspector Zapico. Todo es poco para el control exhaustivo que estos agentes realizan para evitar, además de visitas indeseadas, posibles sabotajes de cables de fibra en edificios institucionales o la ocultación de pruebas de delitos o artefactos explosivos.
BAJO TIERRA
Una puerta de metal situada junto a la escaleras que cruzan San Cernin y la cuesta de Santo Domingo es la entrada principal al plano subterráneo de Pamplona. Nada más llegar, un mapa señala a su visitante dónde se encuentra y un letrero reproduce con exactitud el número y la calle bajo la que circula. “Estamos ahora mismo en el cruce entre la calle Nueva y la plaza del Ayuntamiento”, explican. Tomamos la galería que sale hacia la izquierda y nos cruzamos con un visitante. Es un técnico de fibra óptica que revisa que todo esté en orden para el chupinazo. “¿De qué compañía eres?”, le preguntan. Continuamos hasta la curva de Mercaderes en un paseo que poco tiene que ver con el que dan corredores y reses las mañanas de San Fermín. Abajo, silencio, luz artificial y mucha humedad. Arriba, ruido, la luz de la primera hora del día y el calor de la carrera más famosa de la ciudad.

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Caminan, linterna en mano y con casco, por unas galerías que no superan los tres metros de alto y los dos de ancho. La esquina de Mercaderes es un punto peliagudo: hay que agacharse para no chocar con el techo y seguir por la calle Estafeta. Además, cuenta con una de las salidas a la superficie sellada con cadenas. “El control de estas galerías se hace con tres tipos de barreras: las humanas, que las hacemos con nuestras incursiones; las físicas, que consisten en el sellado de las entradas con cadenas en arquetas; y las electrónicas, con cámaras y sensores de movimiento”, detallan. El letrero avisa: ‘Estafeta, 36’. Nos encontramos a la altura del cruce con la calle Bajada de Javier. Si giramos hacia la derecha: el subsuelo de la plaza del Castillo. Sin embargo, la galería termina ahí. El parking debajo de la plaza es otro de los puntos a revisar por esta unidad en los días previos a San Fermín. “Preguntamos a los encargados si hay algún coche que lleve muchos días aparcado o alguna incidencia reseñable”, cuentan.
Y EN LA SUPERFICIE
Pero no todo su trabajo está bajo tierra. “Ya en superficie nuestra labor consiste en el sellado de los habitáculos que pueden conllevar alguna incidencia en el encierro, así como la supervisión de las entradas al subsuelo en lugares donde pueda haber mucha gente”, detallan. De esta forma, su labor preventiva es la de comprobar si alguno de estos accesos ha sido abierto. “Se revisa y si todo está bien, se sella con unas pegatinas muy sensibles que se rompen cuando se intenta abrir de nuevo”, dice. Cada mañana de San Fermín y antes de que el recorrido del encierro se llene de corredores, los agentes de la Unidad de Subsuelo vuelven a realizar esta labor de control de las entradas al entramado subterráneo que discurren por la carrera.
Su trabajo, aunque es preventivo, también conlleva riesgos. Por eso llevan siempre consigo un medidor de gases. “Analiza los niveles de dióxido y monóxido de carbono, ácido sulfhídrico, metano y el defecto o exceso de oxígeno, que puede provocar una explosión”, explican. Además, siguen un protocolo estricto en las incursiones. “Siempre bajamos tres agentes y cuando descendemos por un colector de agua residuales, lo hacemos dos, con un arnés, y el otro se queda arriba, en tapa, por si hubiera algún problema”, terminan.
