Edición impresa

Actualidad Navarra, Pamplona, Tudela, Estella, Osasuna, Deportes, Gobierno de Navarra, Ayuntamiento de Pamplona, Política, Economía, Trabajo, Sociedad.

Repensar los Sanfermines

La esencia, por definición

En contenido y continente, la fiesta perdurará por encima de avatares y circunstancias. Los pilares de la tradición, que son “el santo y los toros”, se sostienen aferrados al legado transmitido entre generaciones pero no son ajenos al viento de nuevas corrientes ideológicas y sensibilidades que sopla en el mundo entero y lógicamente en la celebración popular. Al menos, la historia confirma la adaptación de los “tiempos a los Sanfermines y no al revés”.

Ilustración de una corrida de toros.
Ilustración de una corrida de torosALBERTO ERRO
Actualizado el 04/07/2021 a las 16:50
“¿Cuál es la esencia de los Sanfermines?”, se pregunta quien fuera director del Archivo Real y General de Navarra, Juan José Martinena. Como Doctor en Historia que es repara en la piedra angular que resiste al olvido del tiempo: “El culto a San Fermín, honrarle en su fiesta mayor”. “El santo” -por la expresión utilizada por José Miguel Iriberri, quien compiló en Sanfermines de papel sus reflexiones sobre la fiesta publicadas en Diario de Navarra- como los toros aportan las mimbres históricas. Sin embargo, la duda asoma en una ciudad que cultiva sus tradiciones, pero que no es ajena a los cambios que experimenta la sociedad con ajuste a modelos, corrientes y sensibilidades de nuevo cuño. Si “desde el punto de vista histórico” -al que refiere Martinena desde sus conocimientos- el culto a San Fermín “en su fiesta mayor” ha sido origen, fundamento y razón de ser de la celebración, “está claro que ya no es así”. “Hace tres años -recuerda- Javier Leoz, párroco de San Lorenzo y responsable de la capilla del santo, decía en Diario de Navarra que las fiestas de Pamplona han dejado de ser patronales. No obstante, añadía que son muchos los pamploneses que se esfuerzan por mantener esa esencia, cuyo principal exponente en el programa festivo es la procesión, para mí sin duda alguna el acto más bonito, entrañable y participativo de todas las fiestas. El resto de los actos está claro que se pueden repensar, como de hecho se ha ido haciendo en distintas épocas”.
“En su larga historia de más de cinco siglos -agrega-, las fiestas se han ido actualizando en un continuo proceso evolutivo, condicionado por las costumbres y modas de las distintas épocas. Basta echar una ojeada a los tres tomos de la Historia de los Sanfermines, del Dr. Arazuri, para constatar documental y gráficamente -nuestros archivos guardan fotografías desde finales del siglo XIX- que han sido muchos los festejos y números que han ido apareciendo y desapareciendo del programa en distintos momentos. Otros, aunque más o menos modificados, se han mantenido inalterables: el encierro, la procesión, los gigantes, los toros, las barracas, los fuegos…”.
DEFINICIÓN DE ESENCIA
Los Sanfermines tienen suficiente arraigo que resulta difícil cuestionar su continente y contenido. Asegura Miguel Izu -que este año cerró su trilogía sobre las fiestas de Pamplona con 'Los Sanfermines ya no son lo que eran'-, que la esencia -entendida, bajo su perspectiva, como “ocasión y lugar de compartir, de relacionarse, de recibir gente de fuera”- no se expone a alteración. Claro está, su reflexión introduce un matiz sobre el significado del término, que no es contraria pero sí diferente a la sostenida por generaciones expertas en la vida bajo la impronta del santo y también de la seña de los toros. “¿La estructura? -entiende el escritor- creo que no necesita grandes cambios. Ha venido funcionando bien hasta ahora. Salvo pequeños cambios que se han ido produciendo no creo que sean necesarios realizarlos. Siempre se pueden mejorar cosas, no cabe duda, pero la estructura funciona”.
Los Sanfermines “tienen en común con otras fiestas” -sostiene, por su parte, el psicólogo Luis Aguilar Bailo- el sello de marcar “la separación del deber y el placer”, en un equilibrio siempre presente entre “disfrutar y dirigir la vida en el sentido de desarrollarnos”. “Siempre hemos tenido una cultura religiosa”, advierte en un repaso a los fundamentos que desde sus orígenes sostienen el andamiaje de la celebración popular, asociada, por otro lado, a los ciclos del campo. La fiesta -dice- simbolizaba “el agradecimiento de la cosecha”. De su boca brota otra visión de la esencia: “La fiesta es un proceso de liberación, de integración y maduración. Esa esencia va a seguir presente”. “La esencia de la fiesta -añade, evocando a Julio Caro Baroja- da identidad y pertenencia de grupo”. “La covid está impidiendo desarrollar ese componente a los jóvenes”, lamenta. En la definición y en su concreción en Pamplona, el carácter cosmopolita de la ciudad, por su propia historia como hito del Camino de Santiago, refuerza la actitud de acogida, hospitalidad y apertura que define a sus gentes, también claro está en la manifestación de sus deseos de celebración.
Mikel Aranburu Zudaire, profesor de Filosofía en el IES Plaza de la Cruz, habla del “carácter de la fiesta sanferminera” como “cierto apego a una tradición, eso sí, en evolución, y a un sentimiento que, como los más arraigados, se asocia a la infancia. Un sobrino me decía hace poco que Sanfermines es como estar enamorado, con ese cosquilleo íntimo e irracional, por el que te atrae alguien con pasión sin ver sus defectos. Es una tradición, como todas, transmitida de generación en generación para vivir una ‘autenticidad excepcional’ durante 204 horas que dura la fiesta, desde la biribilketa de Gaintza al Pobre de mí; es como la metáfora de una utopía de igualdad -todo el mundo vestido de blanco y rojo, aunque haya clases también bajo los mismos colores-, de fraternidad-sonoridad, de un contacto cercano y físico con amistades, familiares y entre diferentes, sean lo que sean y vengan de donde vengan, por supuesto envueltos o ayudados por cierta embriaguez, eso sí, de buen beber, según aquel proverbio latino in vino veritas, y contaminados de buen rollo, que es lo más contrario a la distancia que ha impuesto la covid-19”.
Cuando habla de tradición alude también a la “referencia religiosa a un santo, obispo y mártir de los primeros siglos del cristianismo, sin historia ni biografía claras, más bien legendario”. “Con procesión desde el siglo XIV, su fecha principal -apunta- se trasladó de octubre a julio a fines del XVI, y hoy es un acto tan popular como solemne y en él se dan algunos de los más célebres momenticos de la fiesta, las jotas, el txistu y la Comparsa de gigantes y cabezudos de fondo. Esto sí que es imprescindible o esencial, toda la música con sus bandas en la calle, a la cabeza como reina y señora La Pamplonesa -los conciertos en recintos cerrados parecen de otra época pero tal vez es momento de repensarlos contando con los nuevos espacios escénicos creados en los últimos años-, y los Gigantes, kilikis y zaldikos”. “¿Y qué decir de lo gastronómico en una tierra que valora tanto el manjar de calidad, el auténtico, sin aditivos ni salsas especiales?”. Formulada como interpelación, su mensaje adquiere valor de constatación.
LAS NUEVAS CORRIENTES
La fiesta “pervive al paso del tiempo”, coinciden José Miguel Iriberri y el psicólogo Luis Aguilar Bailo. “Lo que han hecho los tiempos es adaptarse a las tradiciones, que no han cambiado”, sostiene el primero. “Decía un ex concejal que el programa de las fiestas se lleva puesto. Se sale de casa con él. ¿Qué se puede hacer con la estructura? La material es intocable. La servidumbre, también aquí, a las tradiciones es absoluta. Tenemos, por ejemplo, unos corrales en la Rochapea para unos días de julio”.
Si la esencia está expuesta a cambios es por el influjo de ideologías, tendencias y sensibilidades que marcan el rumbo del mundo. Así, por de pronto, el contexto de una convicción religiosa no es tan férreo como antes. “¿Podríamos eliminar la procesión pero no el santo?, se pregunta José Miguel Iriberri. “Podría ocurrir”, se responde a sí mismo. ¿Acabará prohibiéndose el rito procesional por las calles? Podría ocurrir. La práctica religiosa va a menos pero, sin embargo, la presencia de gente en la procesión se ha multiplicado en los últimos cincuenta años”, aporta como dato nada desdeñable. “La presencia de estos últimos años en la capilla y en las calles no tiene comparación. La presencia de la procesión está ligada a la práctica religiosa, sí, pero no exclusivamente”, añade dejando entrever el apego a las costumbres. Los toros -como segundo elemento vertebrador de la fiesta- “están en una crisis total. No hay más que ver fuera”
“Está por ver su futuro en este tiempo animalista que la sociedad irá marcando”, tercia, a su vez, Mikel Aranburu Zudaire. “En Pamplona -añade- siempre se ha dicho que no hay propiamente afición a la tauromaquia o es minoritaria. Para los más puristas lo que acontece en el coso pamplonés no deja de ser una heterodoxia inaceptable aunque en todo caso no deja de ser un buen negocio. Lo que sí hay es una relación especial, quizá ancestral y simbólica, popular, con el toro bravo y lo que representa en su carrera de lucha, cuerpo a cuerpo, con el ser humano. Por eso son los toreros que muestran arrojo y valentía con el animal, quizá menos arte en la faena, los que triunfan en la plaza. Me cuesta imaginar unas fiestas sin encierros aunque no tanto sin corridas de toros. ¿Sería posible unos sin otras?”
El filósofo reivindica el papel animador de las peñas, que defienden la equidad de género -como afirma- y reconoce su vertiente crítica con decisiones que marcan la vida de la ciudad en el año transcurrido.
En su visión de futuro, asegura que no acierta “a imaginar qué va a pasar, tampoco con nuestro mundo, y si la nueva normalidad volverá con unos Sanfermines normales, si es que alguna vez han existido. Creo que los primeros de la pospandemia sí van a ser una fiesta grande como los Txikitos cuando se suspendieron los del nefasto 1978. Los jóvenes en la fiesta van siempre por delante, empezando todo de nuevo como si fuera la primera vez, y a los mayores nos parecerá que las fiestas ya no son lo que eran sin querer darnos cuenta que somos nosotros los que ya no somos lo que éramos: jóvenes. La juventud es esa etapa de la vida en que nunca sirve la experiencia ajena sino tu vivencia directa cuando precisamente te crees tan mayor y todo lo sabes. Por supuesto, en cualquier edad hay un modo de seguir disfrutando de la fiesta pero sobre todo podemos transmitir, eso es tradición, tal como hicieron nuestros mayores con nosotros, y mejor con hechos que con palabras, el hilo conductor, ese aire permanente de la fiesta y sus valores actualizados, cada vez más inclusivos. Ésos que no pasan cuando todo está pasando tan deprisa: la sana hermandad en la calle, conjugando cercanía, respeto y alegría festiva desde la mirada del niño que llevamos dentro y sueña por unos días que otro mundo es posible. Eso es San Fermín”.
Dice Juan José Martinena que, aunque realizar previsiones es tarea difícil, nada invita a dudar de que los cambios “se irán produciendo por sí solos en la medida en que los demande la ciudadanía, como ha sucedido desde siempre. Lo que ocurre es que el cambio que han experimentado la vida y la sociedad -no sólo la de Pamplona- en los últimos tiempos, ha sido tan radical que en muchos aspectos supone una ruptura con la tradición -especialmente en lo religioso- impensable hace cincuenta años. Un cambio de mentalidad como nunca antes se había conocido en Navarra. Por eso la actualización de las fiestas, si llega a producirse, la tendrán que decidir las generaciones sucesivas con sus propios criterios”. No hay reloj que marque la hora de los nuevos tiempos en Sanfermines. Son eternos.
volver arriba

Activar Notificaciones