Opinión
"Saben cómo venderte un bar de mierda con cuatro flores, tres mesas de Ikea y un cromatismo que parece sacado de una película de Sorrentino"

Publicado el 18/10/2026 a las 05:00
En el lugar donde el mapa de Italia debería llevar una espuela, los camareros viejos parece que acaban de salir de una prueba de actores para “Los Soprano”. El que nos desatiende regenta el mejor restaurante del lugar, una suerte de rompeolas situado junto a un torreón del siglo XV. Es un hombre grueso y no disimula su hastío. No le gustan los turistas de los que vive, menos aún, sospecho, los españoles. Así que me dirijo a él moviendo el dedo con desdén, como haría Vito Corleone.
Se acerca a regañadientes para la comanda. Advierto que se deshace en elogios hacia una familia del lugar: pulseras tintineantes, mujeres hermosas, hombres cincelados en el gimnasio. Más tarde sabremos que parte de la localidad la domina el clan Capriati. Junto a un castillo maravilloso, una placa recuerda a “una víctima inocente de la mafia”. La inscripción me suena: como si hubiera víctimas culpables.
Viaje en coche. Para conducir en Italia hay que ser intuitivo. Intuición o muerte. Nunca tocan el claxon; no se mentan la madre; se esquivan y se acabó. Adaptarse o morir. La ciudad es una colección de asombros. Una estatua fascista, con todos los atributos, saluda al cielo. Nadie la fotografía; yo sí. Memoria histórica la llaman. El salto es de vértigo: una cripta del siglo XI donde nadie entra porque hay que pagar lo que consideres oportuno. Por cinco euros estás a solas con lo sagrado. Para evitar a las multitudes hay que tomar la primera senda silenciosa.
Castillo de Carlos V. Nos tomamos un selfie. Por increíble que parezca, los descendientes del emperador no tenemos derecho a votar aquí. Otro asombro: una comisaria encastrada en un bellísimo edificio del siglo XV. Dan ganas de que te detengan. La sublimación estética de los italianos no es imitable. Pides un bocadillo y esperas cuatro rodajas de chorizo entre pan y pan. Pero no: saben hacer de un bocata un manjar. Saben cómo venderte un bar de mierda con cuatro flores, tres mesas de Ikea y un cromatismo que parece sacado de una película de Sorrentino. La actualidad de España es un barrizal lejano en el que uno trata de no caer. Caigo, claro, pero prefiero el placer.