Opinión

"Estoy en Pamplona y no sabría explicaros lo que me pasa"

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Pedro Charro

Publicado el 20/09/2026 a las 19:00

"Estoy en Pamplona y no sabría explicaros lo que me pasa”, escribe Víctor Hugo en agosto de 1843. Lo he vuelto a leer en el tren, de vuelta, después de comprar el librito en Madrid. Cree reconocer cada calle, cada casa, cada puerta, aunque las ve por primera vez.  Todo le recuerda  a la infancia, y eso desarma a cualquiera. Ya se sabe que ella es la auténtica patria. “Toda la España que vi de niño se me aparece aquí”, se emociona Hugo, que de pequeño acompañó a su padre, militar napoleónico, y vivió en Madrid. 

Entonces vio las imágenes goyescas, terribles, de aquella guerra que no ha olvidado. Ahora, como los viajeros románticos, ve una España exótica, noble y brutal. Un país de gitanos, curas y bandoleros.  Una España que no es Europa. El mayor escritor francés del XIX,  el más popular, se rinde ante la pequeña ciudad amurallada.  Algo que le sucederá también a Hemingway, en los años 20, cuando llegue a Pamplona a ver los toros y transite unas calles que apenas han cambiado. 

Encuentra algo puro, distinto a la falsedad de París. Una Pamplona que nadie ve, un viaje interior. Antes de llegar,  Hugo pasa  por Hernani y Tolosa, por las montañas llenas de talleres y fraguas de hierro: si algo puede transformar España, un país de hidalgos es el trabajo, dice proféticamente. 

Su texto  está lleno de detalles, de pequeños tesoros, de apuntes profundos. “El hombre que no ama está por debajo del hombre que no piensa”, escribe. La sorpresa le llega al entrar en la catedral, cuya fachada le espanta, y descubrir el claustro. “Uno de los más hermosos que he visto”.   Cada losa que pisa lleva una cifra y cubre un muerto.  “Yo consiento convertirme en polvo, en ceniza, en sombra, pero me repugna convertirme en número”, apunta.  

En la  sacristía se marea con sus espejos curvos y su barroco recargado. “Dante está en el claustro, y Mme Pompadour en la sacristía”. A la noche camina por las murallas contemplando la sombra de las montañas desvanecidas por el crepúsculo. “El Arga, cruzado por mil reflejos -escribe- se deslizaba entre los árboles como una culebra de plata”.

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