Opinión
"No era un sketch de ‘Vaya semanita’. Era el relato convencido de un terrorista que, pasado el tiempo, exige a los demás que sean comprensivos"

Publicado el 19/09/2026 a las 05:00
A los encuentros restaurativos hay que acercarse con coraza protectora. No porque nos pueda alcanzar la metralla, sino por lo fácil que es salir lastimado por los propios prejuicios. Así que procuré ver la cita entre Garrido y Latasa en ese estado de ‘epojé’ o suspensión provisional del juicio que recomendaba el clásico.
José Miguel Latasa es un miembro de ETA arrepentido -sea eso lo que sea-, condenado en 1991 por varios crímenes, entre ellos el de Rafael Garrido, su esposa Daniela Velasco y su hijo Daniel, muertos al estallar una bomba colocada en su coche en pleno Boulevard donostiarra. La explosión causó también la muerte, días después, de María José Teixeira, que pasaba por allí.
Fernando Garrido es hijo y hermano de las víctimas. El encuentro entre ambos ocupaba el centro de un episodio de ‘Salvados’ que incluía entrevistas del periodista Gonzo a cada uno. En un momento de la conversación, Latasa confiesa que a raíz del atentado contra la familia Garrido empezó a plantearse su salida de la banda -él la llama “la organización”-, a la que aún seguiría perteneciendo por unos años. Entonces Gonzo pregunta por qué no lo hizo en aquel momento, a lo que él responde: “Mi hermana siempre me decía que yo no sabía decir que no”. Cuando el entrevistador le muestra su extrañeza (“¿Me estás diciendo que continuabas por inercia?”), él reacciona con gesto ofendido y, mirándole fijamente, le increpa: “¿O no lo entiendes? Está clarísimo”.
No era un sketch de ‘Vaya semanita’. Era el relato convencido de un terrorista que, pasado el tiempo, descarga la responsabilidad de sus acciones en la falta de carácter y exige a los demás que sean comprensivos. Como si una mano ajena hubiera guiado la suya hasta el detonador. Como si no tuviera que rendir cuentas de unos pasos macabros porque los dio contra su voluntad, empujado por las circunstancias (“la dinámica te lleva”, dice en otro momento).
Pensé entonces que, si alguien considerado arrepentido alega que el perro se comió sus apuntes, a los más recalcitrantes entre sus antiguos cofrades se les abre un horizonte de subterfugios, excusas y evasivas de autoindulgencia aún más descabelladas. Va a ser que esto de la reparación, el perdón y la memoria histórica lleva más trabajo del que suponíamos.