Opinión

El sueño japonés y el despertador español

Cinco siglos después, somos nosotros quienes más tenemos que aprender de ellos, y no hablo precisamente de religión

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Manuel Sarobe

Publicado el 16/09/2026 a las 05:00

Se atribuye a Pío Baroja esa frase, tan certera, de que “el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando”. Y es que es mucho lo que podemos aprender cruzando la muga e impregnándonos de la vida cotidiana de los foráneos, más que visitando sus afamados monumentos.

Esta reflexión viene al hilo de un reciente viaje a Japón, cuya experiencia no me resisto a compartir con ustedes. Japón, podríamos resumirlo así, es un país eficiente. Los innumerables medios de transporte que utilizamos salieron a su hora. Todos. La puntualidad del tren bala supera el 99%, y el retraso medio, incluso mediando fenómenos naturales o incidencias operativas, es inferior a un minuto. Solo nuestras disputadísimas timbas de mus perturbaban la paz del convoy.

La limpieza es igualmente llamativa. Aunque no hay papeleras, no verán una pizca de basura. Ni siquiera colillas, pues en las grandes ciudades está prohibido fumar en la calle, salvo en los espacios habilitados al efecto. Los propios estudiantes limpian sus aulas como parte de un proceso formativo basado en el esfuerzo que les lleva a liderar el controvertido informe PISA. Los alumnos nipones de 15 años van tres cursos por delante de los nuestros, y muestran su respeto y gratitud a los docentes, que gozan de una gran consideración social, haciendo una reverencia al empezar y acabar cada clase.

Es también un país muy seguro. Perdí mi cartera en un templo atestado de gente, y la recuperé al tiempo intacta. Apenas se oyen sirenas policiales, y los pocos agentes que vi iban desarmados. Pequeñas comisarías están atendidas por uno o dos uniformados, con bicicletas por todo vehículo.

La educación raya el servilismo. La salida y entrada de los vagones del metro, por más abarrotados que estén, se hace observando un orden exquisito.

No hay mendicidad. El estricto control fronterizo y la insularidad minimizan la emigración ilegal. Únicamente reciben ayudas sociales quienes por edad, incapacidad o enfermedad no están en condiciones de laborar.

El paro es del 2,5%. La cultura del trabajo se caracteriza por la disciplina, la lealtad hacia la empresa y un fuerte sentido del deber colectivo, aunque también hay excesos. Se conoce como ‘karoshi’ un fenómeno social que significa, literalmente, “muerte por exceso de trabajo”. Sanae Takaichi, la primera ministra nipona, que confiesa dormir entre 0 y 3 horas diarias, aprovechó la festividad del Día del Mar, además de para despachar asuntos oficiales, para limpiar su residencia oficial, lavar platos, planchar su ropa interior, coger dobladillos a sus faldas y coser botones.

Las obras de ingeniería civil son grandiosas. Rascacielos, puentes, vías férreas, autopistas con interminables túneles… El paraíso de todo Servinavar, si no fuera por el bajo nivel de corrupción. Y es que el peso social de la vergüenza pública y la pérdida del honor actúan como un fuerte listón ético para políticos y funcionarios. Si aquí fuéramos así, habría cola para hacerse el harakiri.

Los precios, merced a la devaluación del yen, sorprenden. El transporte, los hoteles, restaurantes, salvo que optemos por degustar la excelsa carne de Wagyu, y las entradas a lugares de interés turístico resultan muy asequibles. Como dice un amigo mío, lo bueno de vivir el Pamplona es que, vayas donde vayas, todo te parece barato…

La llegada a España me despertó abruptamente del sueño japonés. Las instrucciones del personal de tierra del aeropuerto para el control de pasaportes fueron caóticas. El taxi que cogimos exhibía un cartel que rezaba: “En este vehículo no hay nada de valor. Soy del barrio”, con el que su conductor buscaba disuadir a los cacos. La autopista A-7 está jalonada de pantallas que alertan del riesgo de robos. Los AVE que al día siguiente de mi llegada salían de Girona a Barcelona sufrieron retrasos por una bajada de tensión, y los que circulaban entre Barcelona y Madrid, por un robo de cobre. Los cinco trenes que he tomado tras la vuelta han llegado tarde.

En materia de civismo, aunque algunos ayuntamientos han empezado a prohibir el tabaco en las playas, habrán comprobado este verano que muchos fumadores siguen tomando estos arenales por ceniceros.

En el ámbito laboral, al acusado incremento del paro patrio, atribuido a razones estacionales, se suma el imparable aumento del absentismo. Unos 2.000 empleados del Gobierno de Navarra faltan cada día a su trabajo.

La prensa local informa del enésimo escándalo de los túneles de Belate destapado por unos funcionarios que, siguiendo el ejemplo de Lorenzo Serena, han decidido cumplir con su deber y controlar a los políticos en lugar de someterse a ellos. A ver cuándo llega este buen hacer a la institución Príncipe de Viana.

En una carta fechada en 1.549, San Francisco Javier ya se refería a los japoneses como “la mejor gente que hasta agora está descubierta”. No se equivocaba. Cinco siglos después, somos nosotros quienes más tenemos que aprender de ellos, y no hablo precisamente de religión.

Estoy orgullosísimo de ser pamplonés, navarro y español, y no me cambiaría por ningún japonés, pues también ellos tendrán sus muchos y graves problemas. Reconozco, eso sí, que el contraste experimentado esta vez es tan brutal que me pregunto si podemos aspirar a emular las virtudes niponas o hemos de resignarnos a vivir en un país que, a pesar de tener una mayor presión fiscal, cada día funciona peor. ¿Tan difícil es hacer las cosas bien? Empezando por nosotros mismos, claro.

Manuel Sarobe. Notario.

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