Editorial

Control inteligente

La expansión de la IA exige regulaciones éticas y legales que se impongan a los gigantes tecnológicos para garantizar el progreso humano sin amenazas

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Editorial DN

Publicado el 15/09/2026 a las 05:00

La Inteligencia Artificial constituye uno de los mayores desafíos de la humanidad en el siglo XXI. Frente a su acelerada expansión, sólo cabe un control inteligente para garantizar el progreso sin una amenaza añadida. No conviene caer en el catastrofismo para afrontar su desarrollo, concebido como un apoyo a las capacidades humanas. Pero tampoco en la falta de reacción ante la proliferación de señales de alarma, serias y fundadas, que describen un escenario vulnerable. 

La integración de la IA puede resultar una ayuda en nuestras rutinas. Pero también un riesgo para infraestructuras críticas, redes informáticas y la seguridad global si persiste una infiltración desbocada. Por prudencia y porque con esta tecnología no vale la temeraria ‘prueba-error’, cualquier avance del algoritmo obliga a extremar la vigilancia y ser exigente. Con nosotros mismos, a la hora de decidir con responsabilidad ser usuarios de la IA, en qué condiciones y siendo conscientes de su elevada factura energética. Y con los gigantes tecnológicos, interesados en apretar el acelerador del negocio con el menor número posible de límites o, en todo caso, con los que tengan en su propia mano, sin injerencias. 

Por eso es urgente el control. Imponer a estos emporios el poder de las regulaciones, a través de marcos legales y éticos, aseguraría los derechos y libertades de una población que reclama protección. El empeño de Estados Unidos y China por expandir la IA a su conveniencia, en mitad del pulso por liderar el orden mundial, debería hacer reaccionar a los estados y a los organismos internacionales para aplicar límites con firmeza. Especialmente a Europa, obligada a asumir el papel de árbitro y regulador. 

En el último siglo, cada avance tecnológico ha causado un conflicto en la civilización. Precisamente, el informe PISA revela el alcance del fracaso si se debilita el esfuerzo intelectual y la implicación creativa de las nuevas generaciones. Y ese peligro puede ser global si no somos capaces de tener la última palabra para que la IA acabe bien.

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