Opinión
"A PISA le da igual si un chaval tiene calefacción en casa o si su colegio sufre goteras; mide con la misma vara"

Publicado el 14/09/2026 a las 19:00
Medio planeta experimenta gozo y el otro medio ansiedad por culpa de un examen. Cada tres años, los gobiernos del mundo rezan a Santa PISA, patrona de la calidad educativa en la OCDE y piden que su sistema triunfe sobre los otros. Ministros y consejeros autonómicos se encomiendan con fervor a la homogeneización cultural. Todo por un puesto en el olimpo de la excelencia. Es una devoción sorprendente. Cuando PISA publica sus resoluciones, los políticos preparan el arsenal. Si los números suben un decimal, los que mandan se atribuyen el éxito como si hubieran parido ellos mismos a la generación más brillante de la historia. Si bajan, la culpa siempre es del otro, de la herencia recibida, del virus de las pantallas o de los profesores. Nadie mira al aula, a los alumnos, a sus problemas; todos señalan el resultado, igual que esos directivos de club de fútbol millonario que culpan al césped o a los árbitros cuando sus estrellas no transforman en goles la inversión que se hizo en ellos.
Santa PISA parece prometer la salvación si se superan tres obstáculos: matemáticas, ciencias y comprensión lectora. A PISA le da igual si un chaval tiene calefacción en casa o si su colegio sufre goteras; mide con la misma vara a una familia que hace malabares para poner tres platos calientes al día a su estudiante que a otro de un internado de élite en Suiza. Es la trampa de la falsa equidad. Así, gobiernos enteros, presos del pánico al ridículo internacional, parece que adaptan sus currículos para que sus alumnos aprendan a rellenar las casillas de la prueba con el fin de alcanzar los mejores puestos.
PISA es un medidor pero no es incuestionable. Nos pasamos el día llenándonos la boca con la complejidad humana, la diversidad y la salud mental, pero de repente decidimos que la milagrosa tarea de educar a un ser vivo cabe en tres gráficas de barras estadísticas: cálculo, ciencia y comprensión lectora. ¿Dónde queda el arte? Una pérdida de tiempo. ¿Música? Para los ratos libres. ¿Filosofía, historia, empatía o el simple milagro cotidiano de aprender a convivir en el patio sin arrancarse los ojos? ¿Por qué se miden igual las aulas con alumnos bien alimentados que las que experimentan las fragilidades de los más vulnerables? Bobadas románticas para la trastienda. ¿Es eso lo que queremos que nos midan? ¿Son esos los valores por los que la educación tiene que apostar?