Opinión
Un suspenso que compromete nuestro futuro
"PISA ha sido un auténtico descalabro, sin paliativos, en España y sobre todo en Navarra"

Publicado el 13/09/2026 a las 05:00
En mi familia hay, y ha habido, muchos docentes de diferentes ámbitos educativos. Todos han ejercido su profesión con muchísimo orgullo y con una gran responsabilidad. Porque la educación, bien entendida, es uno de los principales motores de progreso individual y colectivo, y, sobre todo, el gran ascensor social de nuestra sociedad. La educación concebida no solo como la adquisición de conocimientos, sino como herramienta para aprender a pensar con criterio, tomar decisiones informadas, distinguir la verdad de la manipulación y desenvolverse con mayor libertad. Garantizar una educación exigente y de calidad es la mejor política de igualdad de oportunidades y una de las inversiones más importantes que puede realizar cualquier sociedad en su propio futuro. Quizá por ese concepto y alto valor de la educación y de los docentes, sumado al hecho de tener a dos criaturas en edad escolar, los malos resultados de PISA conocidos hace unos días me han preocupado especialmente. Frente a quienes intentan desacreditar esta prueba de la OCDE, puesta en marcha en 2000, soy de las que creen que hay que hacer mucho caso a PISA, ya que compara en las mismas condiciones los conocimientos y preparación de jóvenes de la misma edad (15 años) y de distintos países y, lo más importante, después de tantos años, presenta tendencias. No podremos mejorar si no tenemos datos fiables sobre cómo estamos.
PISA ha sido un auténtico descalabro, sin paliativos, en España y sobre todo en Navarra. Nuestra región, que en el estudio de 2015 lideraba el ranking nacional en los tres ámbitos que estudia: primeros en matemáticas, segundos en ciencias y terceros en lectura, además de encontrarnos por encima de la media de la UE y de la OCDE, ha pasado en diez años a estar en la parte media-baja de la tabla. Hemos obtenido los peores resultados de nuestra historia. Con especial caída en una competencia clave, que condiciona todo lo demás: la lectura. Como decía, los resultados también han empeorado en casi todas las Comunidades Autónomas y en la mayoría de los 90 países estudiados. Consolarnos pensando que el resto también ha obtenido malos resultados es del todo irresponsable. El mal de muchos, consuelo de todos, es la mejor forma de conformarse con el fracaso colectivo y perpetuarlo. Los contribuyentes navarros debemos exigir resultados. El futuro de nuestros hijos, su capacidad para tomar sus propias decisiones y su libertad están en juego. Más allá de los titulares y las puntuaciones, merece la pena analizar qué está fallando. El deterioro parece estar relacionado con la pérdida de la capacidad para mantener la atención. Los alumnos retroceden mucho más cuando se enfrentan a textos largos que ante textos breves. Además, han aumentado las respuestas rápidas e incorrectas. No parece tratarse solo de falta de conocimientos, que también, sino también de paciencia, concentración y disposición para esforzarse.
Debemos preguntarnos si en estos años se ha rebajado la exigencia, si se han arrinconado los conocimientos básicos, si se dedica suficiente tiempo a leer, escribir, calcular y razonar o si el profesorado está sepultado bajo tareas burocráticas y sin capacidad para gestionar aulas muy diversas con alumnos con todo tipo de necesidades. También habrá que valorar si algunas metodologías conceden más importancia a cómo se enseña que a comprobar qué se aprende. El que en España hayamos tenido ocho leyes de educación en lo que llevamos de democracia no parece que haya ayudado. Desde diferentes ámbitos se viene tiempo reclamando un gran pacto por la educación, consensuado entre los grandes bloques políticos para perdure más allá de la legislatura de turno. Es, desde mi punto de vista, la reforma más urgente y prioritaria para España. Fue Séneca el que dijo que “no hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”.
¿Tan difícil sería encontrar un puerto común y no virar el rumbo? Hay quienes achacan el problema en educación al aspecto económico. Pero en Navarra somos los segundos que más gastamos por alumno de toda España. El presupuesto del Gobierno foral en este ámbito ha crecido un 48% en términos reales en diez años. Si se invierten recursos pero los resultados no acompañan, habrá que plantearse si la solución consiste en gastar más o si hay que analizar primero qué se está haciendo bien o mal, comprobar qué les funciona a los que obtiene buenos resultados (Japón y Corea del Sur en Asia y Estonia y Reino Unido en Europa, con sus obvias diferencias demográficas y culturales) y, entonces sí, valorar si se requieren más recursos. En España también tenemos comunidades donde mirarnos: Madrid y Asturias lideran el ranking, seguro que algo podemos aprender de ellas. Lo que tengo claro es que algunos aspectos no podrán solucionarse con más dinero. Ninguna partida presupuestaria puede sustituir el respeto al profesorado por parte de los alumnos y de sus familias, la autoridad del docente en el aula, la cultura del esfuerzo o la implicación de los padres en la formación de sus hijos.
Suele decirse que en casa se educa y en la escuela se enseña. Si desde el hogar no se transmiten hábitos de lectura –predicando con el ejemplo-, estudio, respeto, responsabilidad y valoración del conocimiento, veo difícil que se pueda compensar por sí solo en el mejor colegio, el profesor más entregado o el presupuesto educativo más elevado. También me temo que, si no se adoptan cambios profundos y se corrigen cuanto antes las deficiencias detectadas, el próximo informe PISA volverá a ofrecernos resultados igual de preocupantes. Para entonces habremos perdido un tiempo precioso y quienes acabarán pagando las consecuencias no serán quienes hoy buscan excusas, sino nuestros jóvenes, que afrontarán su futuro con una formación más débil y menos oportunidades.
Ana Yerro Vela. Directora del think tank Institución Futuro.