Opinión

25 años del 11-S: una herida demasiado profunda

"La amenaza del terrorismo islamista no era desconocida, pero nunca antes había golpeado de esa forma a un país occidental causando en pocas horas casi 3.000 muertos"

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Olga Brajnovic

Publicado el 10/09/2026 a las 18:49

Hace 25 años que cayeron las torres gemelas de Nueva York tras el impacto de dos aviones llenos de pasajeros que habían secuestrado terroristas de Al Qaeda, al mismo tiempo que otro se estrellaba contra el Pentágono y un cuarto lo hacía en un campo de Pensilvania tras un motín de los rehenes contra los terroristas. La amenaza del terrorismo islamista no era desconocida, pero nunca antes había golpeado de esa forma a un país occidental causando en pocas horas casi 3.000 muertos. Aquel 11 de septiembre de 2001 adquirió una relevancia mundial inusitada, al mostrar de una forma contundente que el horror, la violencia y la muerte no dejaba ya nada fuera de su alcance. Estados Unidos, que estaba gobernado por el republicano George W. Bush se lanzó a la guerra en Oriente Medio con el objetivo declarado de aplastar a los culpables. Sus tropas entraron primero en Afganistán, donde tenía su base Al Qaeda, el grupo terrorista responsable del ataque y después en Iraq, que no había tenido nada que ver, pero a Bush le interesaba por otros motivos como el control del petróleo del Golfo Pérsico y terminar la guerra que dejó inacabada años antes su padre, el otro presidente Bush. Las contiendas fueron largas y sangrientas y participaron más de 20 países aliados de los estadounidenses. 

Allí perecieron más de 700.000 civiles y combatientes locales y al menos 8.570 soldados norteamericanos y aliados de 21 nacionalidades, entre ellos 46 españoles. Desde entonces se calcula que el terrorismo islamista ha causado en el mundo en torno a 246.000 víctimas, en su mayoría en África y el Sudeste Asiático. El terrorismo en países occidentales no llega al 4% del total, pero asciende a la escalofriante cifra de 9.000 víctimas. Son varias las potencias imperiales o geopolíticas que han intentado dominar la totalidad o alguna porción de Oriente Medio para enriquecerse con sus recursos y sus ventajas comerciales y han tenido que retirarse después de dejar profundas huellas y heridas a su paso por no haber contado con o no haber entendido suficientemente a los pueblos que habitaban esas tierras. Unas heridas que desde hace más de un siglo y medio han provocado una respuesta violenta con levantamientos armados, guerrillas y grupos terroristas contra los intereses de los dominadores de turno, ya fueran los turcos, los británicos, los soviéticos y, más recientemente, los intereses estadounidenses por su apoyo a Israel, que se estableció como estado en la región no hace ni 80 años. 

La guerra contra Afganistán en respuesta a los atentados del 11 de septiembre ha durado 20 años. Comenzó con una invasión de Estados Unidos con ayuda de Gran Bretaña en la que después intervinieron fuerzas de la OTAN. Se llegó a derrocar a los talibanes y a establecer un gobierno aliado, pero no prosperó. En 2011, bajo las órdenes del presidente Barack Obama, las fuerzas estadounidenses realizaron una operación de asalto para asesinar al líder de Al Qaeda que había organizado y financiado los atentados del 11 de septiembre, el árabe Osama Bin Laden. Para entonces, los talibanes se habían reagrupado y acabaron retomando Kabul en 2021. Miles de afganos que colaboraron con los estadounidenses como traductores en sus fallidos esfuerzos para ganarse a la población, huyeron con las tropas americanas. Ahora se encuentran con que Donald Trump los considera inmigrantes ilegales y están en riesgo inminente de ser deportados. Dos años después de iniciar la guerra de Afganistán, Bush lanzó otra contienda: la de Iraq. Había que derrocar al dictador Hasan Husein, que tenía armas de destrucción masiva, para garantizar la seguridad de Estados Unidos y del planeta. Era la teoría de la “guerra preventiva” que permitía atacar antes de ser atacado. 

A los seis meses de lanzarse a la batalla, el presidente norteamericano se subió a un portaviones que volvía del golfo y declaró “misión cumplida.” Pero la guerra duró siete años más. Hasan cayó y las armas de destrucción masiva nunca aparecieron, pero aquella invasión provocó una cruenta guerra civil con matanzas entre chiítas y sunitas y el surgimiento del ISIS que extendió el terrorismo islamista. Además salieron a la luz violaciones de los derechos humanos como las torturas de Abu Grhaib o los encarcelamientos extrajudiciales en condiciones penosas de Guantánamo. Los estadounidenses detuvieron por aquella época en Iraq a Ahmed Al Shara, un joven militante árabe de Al Qaeda de origen sirio, que estuvo prisionero siete años. Lo soltaron en 2011, justo cuando estaba en plena ebullición la llamada primavera árabe. En Siria se produjo aquel año el levantamiento contra el régimen pro ruso del presidente Al Asad, que terminó huyendo a Moscú. Ahora, aquel preso de Al Qaeda que terminó organizando la guerrilla en el caótico asalto al régimen de Damasco es el nuevo presidente Sirio al que el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha recibido en el despacho oval con todos los honores en el marco de su admiración por los “hombres fuertes”. 

Trump no va a ir al memorial de las torres gemelas de Nueva York en el 25 aniversario del atentado, sino que conmemorará la fecha en el Pentágono, junto a los generales que hoy andan ocupados con una nueva guerra en el golfo pérsico siguiendo sus órdenes: la de Irán. Esta vez, el presidente estadounidense no ha logrado convencer a ningún aliado para que le siga y menos después de su política de aranceles, desprecios y hechos consumados perjudiciales contra quienes en otras ocasiones apoyaron a su país. Ahora paga las consecuencias de sus actos y sus poderosas fuerzas no tienen quién les ayude a abastecerse de alimentos y combustible durante este despliegue que se alarga más de lo que había previsto. Como todos los conflictos en Oriente Medio, la guerra de Irán desestabiliza a toda la región y más cuando permite a Israel hacer la guerra por su cuenta para ampliar de hecho su territorio a costa de Líbano y Siria mientras el mundo mira hacia ese otro lado que es el dramático estrecho de Ormuz. Lo que no cambia es la suerte de los civiles. Tanto la de los que fueron a trabajar a las torres gemelas aquel 11 de septiembre de 2001 sin saber que iban a desaparecer en una bola de fuego momentos después, como los que sobreviven en Teheran 25 años más tarde pendientes del sonido que precede a la explosión de los drones o los que siguen buscando entre los escombros de Gaza a sus muertos intentando evitar las bombas que continúan cayendo por mucho que haga meses que se haya firmado un alto el fuego. 

Olga Brajnovic es periodista.

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