Opinión
"Si mi 'santa' y su paciencia no me hubieran guiado en el proceso, hoy no estaría aquí. Se lo juro"
Pocos horrores hay en el mundo más pavorosos que sustituir al móvil, el dichoso aparatito que esclaviza nuestros días


Publicado el 06/08/2026 a las 05:00
Estas líneas que leen se las teclea alguien agotado por la vida, agostado por el calor y superado por los acontecimientos. Y no. Detrás de este tan paupérrimo estado no se encuentra la locura de Ceuta, la resaca del Mundial ni los cientounmil cohetes festivos que compiten a diario en esta tierra. Qué va. Esto es muchísimo peor. Mil veces más duro; acabo de superar dos de las más complejas odiseas que jalonan el universo. Sí: volver a la redacción tras un mes de vacaciones y cambiar a la vez de teléfono móvil. Y convendrán conmigo en que pocos horrores hay en el mundo más pavorosos que sustituir al dichoso aparatito que esclaviza nuestros días.
Porque puestos a quitar de golpe la tirita y pasar al olvido nuestros paraísos particulares de sol, playa y piscina, en casa pensaron que había llegado el momento de despedir también a mi smartphone. De renovarlo, soltar amarras y de perdidos al río. From lost to the river. Y allá que fuimos. Hasta lo más hondo.
Qué tiempos aquellos en los que un teléfono sólo era eso. Mi primer móvil, un Nokia 5110, apenas servía para llamar, llevaba el juego de la serpiente y tenía una batería extraíble que duraba semanas. Estoy convencido de que si apareciera hoy en algún cajón aún conservaría carga suficiente para sobrevivir al apocalipsis.
Mi nuevo ladrillo viene de China, tiene más cámaras de fotos que ruedas un coche y casi acaba conmigo en el proceso de pasar la info de una terminal a otra. Todas las contraseñas perdidas. Todas. Horas recuperando accesos, comprobaciones faciales y digitales propias de una película de ciencia ficción y un microinfarto al desaparecer durante un día entero todos mis grupos y conversaciones de WhatsApp. Si mi santa y su paciencia no me hubieran guiado en el proceso, hoy no estaría aquí. Se lo juro. Pero esperen... Acaban de dejarme una caja en la mesa del trabajo: mi nuevo teléfono fijo del periódico. Es un móvil. ¡Tierra, trágame!.