Opinión
"Sometidos, humillados -y también beneficiados, no cabe duda- la hemos acogido como a un huésped extraño pero sigiloso, simpático y servicial"
Lo sucedido con los modelos “desalineados” de Open AI -y con otros de Anthropic, al parecer- acrecienta la sospecha de que no hay nadie al timón

Publicado el 31/07/2026 a las 20:01
Ocurrió hace pocos días. Una máquina de IA penetró por su cuenta en otras plataformas fuera del control de los programadores. La compañía OpenAI había ordenado a dos de sus modelos de inteligencia artificial que resolvieran un problema de ciberseguridad en un entorno cerrado, pero estos decidieron actuar por su cuenta y atacaron otros espacios en busca de la solución. Es lo más salvaje que han visto nuestros asombrados ojos desde que empezó la invasión de la IA en todos los territorios que hasta ahora eran considerados de domino exclusivamente humano. Ya está aquí. La pesadilla futurista de una Inteligencia Artificial incontrolada que actúa al margen de una voluntad humana ha dejado de ser una fantasía cinematográfica para convertirse en una realidad sin retorno posible. Podemos hacer chistes para ridiculizar a los tecnoptimistas. Podemos seguir encerrándonos en la insensata creencia en la superioridad ‘humana’ y en la confianza en un equilibrio de fuerzas del que finalmente saldrán victoriosas nuestras envejecidas certezas.
Podemos buscar consuelo refugiándonos en las parcelas de la vida, cada vez más reducidas, donde aún la IA se muestra menos competente. Pero es en vano. En poco tiempo la inteligencia artificial ha dado un vuelco absoluto a las reglas que regían nuestras formas de vida. Desde el conocimiento hasta el empleo, desde el ocio hasta el consumo, desde la producción hasta las finanzas y desde la creación artística hasta la medicina, la comunicación, la defensa o el debate democrático, el recurso a la IA ya se ha vuelto irrenunciable, y lo asombroso no es que haya alcanzado dimensiones tan formidables, sino que nosotros nos hayamos adaptado a su omnipresencia con tanta naturalidad. Sometidos, humillados -y también beneficiados, no cabe duda- la hemos acogido como a un huésped extraño pero sigiloso, simpático y servicial. Bien es verdad que la adaptación ha tomado, en la mayoría de los casos, la forma de una inconsciente arrogancia mezclada con la esperanza de que siempre habrá alguien que enderece los desvíos. Pero lo sucedido con los modelos “desalineados” de Open AI -y con otros de Anthropic, al parecer- acrecienta la sospecha de que no hay nadie al timón. O que, si lo hay, no actúa precisamente en beneficio de la humanidad.