Opinión

"En estos tiempos, de nada vale un goleador sin followers. Puedes ganar un Nobel o llegar a la Luna, pero no eres nadie si no te prestas a bailar la conga en la verbena"

"¿Qué necesidad hay de esta exposición al ridículo que en menos de veinticuatro horas los baja del pedestal alcanzado con tanto mérito y esfuerzo?"

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Jose María Romera

Publicado el 25/07/2026 a las 05:00

Un viejo adagio del fair-play deportivo sostiene que más difícil que saber perder es saber ganar. Pero más dificultad entraña saber celebrar la victoria dando la talla y sin causar merma en la propia imagen. No lo tienen fácil los triunfadores en grandes torneos, a quienes la liturgia del día siguiente obliga a superar duras pruebas, desde las recepciones de las autoridades hasta el desfile en carroza por las avenidas, para rematar con un indefinible espectáculo de artes escénicas al aire libre. ¿Es preciso someter a los campeones a esta humillación? ¿Qué necesidad hay de esta exposición al ridículo que en menos de veinticuatro horas los baja del pedestal alcanzado con tanto mérito y esfuerzo? A diferencia del lance deportivo, donde no hay lugar al error ni el descuido, donde cada movimiento sobre el césped debe someterse a una estricta coreografía, en estos fastos prima la relajación total. Lo héroes del verde se muestran aquí ya no como son, sino como fueron en esa infancia que a algunos no les queda tan lejos: inconscientes, vulnerables, simples. 

La precisa maquinaria coral de sus jugadas se transforma en un guirigay de pollos sin cabeza que beben, saltan, gritan, gesticulan, se hacen selfis y de vez en cuando saludan a las multitudes que los aclaman al pasar, todo sin un guion escrito, sostenido exclusivamente en el entusiasmo y la bebida. La función carece de eje narrativo y argumento reconocible que lo sustente. Todo se legitima en la comunión entre los mitos y sus admiradores, en el poder catártico de los baños de multitudes en los que el héroe se entrega a las gentes para obtener de ellas la definitiva afirmación de su grandeza. En estos tiempos, de nada vale un goleador sin followers. Puedes ganar un Nobel o llegar a la Luna, pero no eres nadie si no te prestas a bailar la conga en la verbena. Llega el fin de fiesta y helos ahí probando a mostrarse como showmen fallidos, agitadores políticos sin programa y directores de orquesta sin batuta, en medio de una muchedumbre amorfa de celebridades reunida para apuntillarlos más que para rendirles homenaje. Adiós, magia. ¿No habría sido mejor mantenerlos resguardados del ojo público en sus jaulas de oro, rumbo a sus descansos de Ibiza o Bali, ataviados de fama y millones en lo alto del Olimpo?

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