Opinión

"Si nos dicen de algo o alguien que es “mítico”, lo más probable es que haya alcanzado cierta popularidad en su barrio, y, si lo juzgan “brutal”, a lo sumo será interesante o agradable"

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Jose María Romera

Publicado el 09/05/2026 a las 05:00

Comprenderíamos mejor la realidad si rebajáramos el tono del relato. Por motivos diversos que corresponde estudiar a los sociólogos, y quizá a los psiquiatras, nos hemos ido acostumbrando a describir y narrarlo todo con el aderezo de la exageración, al borde siempre del infarto. 

Tienen algo que ver las batallas por la atención que se libran entre cadenas de la tele, y los ímprobos esfuerzos de ‘youtubers’ y ‘streamers’ para sumar ‘likes’, desde luego. También cuentan la explosividad de las redes sociales y la necesidad de los periódicos clásicos de acercarse a la juventud más cafetera. 

El caso es que nuestro lenguaje cotidiano se ha cargado de material combustible, de palabras incendiarias y estrepitosas que huyen de la templanza expresiva como si atenerse a la justa medida de las cosas te dejara fuera de juego. En el reino de la hipérbole nunca sube el precio del petróleo: se “dispara”. Ni bajan las temperaturas: se “desploman”. Cada contratiempo es un “colapso” y cada pequeño éxito se convierte en un “triunfo histórico”. 

Si nos dicen de algo o alguien que es “mítico”, lo más probable es que haya alcanzado cierta popularidad en su barrio, y, si lo juzgan “brutal”, a lo sumo será interesante o agradable. Con unos pocos trienios en sus botas, el jugador de fútbol entra en la categoría de “leyenda”. 

Pero ocurre que con el tiempo el abuso de hipérboles acaba neutralizando su significado, de tal modo que lo que una vez fue exageración suena a simple definición desgastada por la vulgaridad del tópico. Para devolverle la carga de énfasis perdida ha venido un adverbio hecho hoy muletilla indispensable en cualquier enunciado que se pretenda veraz. Lo habrán oído. Mejor dicho: lo estarán oyendo a todas horas, como un subrayado machacón que pretende dotar de mayor fuerza a las hipérboles. “Nos jugamos la vida, literalmente”, avisaba hace poco el míster de un equipo en apuros ante el choque de la semana. 

“Sánchez se comió literalmente a Feijóo”, refería un cronista parlamentario. O este titular: “España se cae a pedazos, literalmente”. En apariencia el adverbio suena intenso, elocuente, a la altura del mejor ‘clickbait’; lástima que signifique lo contrario de lo que pretende. Pero, como dice Trump: aquí hemos venido a exagerar. ¿Y cabe mayor exageración que llamar literal a lo figurado?

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