Opinión
Las madres, el valor que las estadísticas no saben medir

Actualizado el 05/05/2026 a las 09:11
Cada año, con la llegada de mayo, los escaparates se llenan de flores, perfumes y propuestas de última hora para celebrar el Día de la Madre. Restaurantes completos, sorteos especiales de lotería, campañas publicitarias emotivas y un cierto aire de obligación festiva configuran una jornada que, en parte, tiene un claro componente consumista. No es necesariamente algo negativo, no me entiendan mal. Las celebraciones también son una forma de reconocimiento social. Pero quizá convenga aprovechar la ocasión para mirar más allá del regalo y preguntarnos por la verdadera aportación (también económica) de las madres. Porque, si hay figuras cuya contribución resulta sistemáticamente infravalorada en términos económicos, una de ellas es sin duda la de las madres.
Una primera aproximación pasa por observar el trabajo no remunerado que realizan. El cuidado de los hijos, la organización del hogar o la atención a mayores o dependientes son tareas imprescindibles para el funcionamiento de cualquier sociedad. Los últimos datos al respecto, publicados por el INE, muestran, por ejemplo, que las mujeres dedican en un día laborable casi 7 horas al cuidado de sus hijos, el doble que los padres. Sin embargo, al no pasar por el mercado, quedan fuera de las estadísticas tradicionales como el PIB. Dicho de otro modo, una parte sustancial de la actividad económica real no se mide.
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Diversos estudios han intentado estimar cuánto valdría este trabajo si tuviera que ser remunerado. Aunque las cifras varían según el país y la metodología, el resultado es siempre el mismo. Hablamos de una magnitud notable, que en algunos casos equivale a un porcentaje significativo del PIB. Dicho de otro modo, si las madres (y, en general, quienes asumen estas tareas) dejaran de hacerlo, el coste para la economía sería gigantesco.
Pero la importancia económica de las madres no se limita a este trabajo invisible. También desempeñan un papel central en la formación de capital humano. La educación temprana, los hábitos, la disciplina, la transmisión de valores… todo ello influye de manera decisiva en las capacidades futuras de los individuos. Desde la perspectiva económica, esto se traduce en productividad, empleabilidad e ingresos a lo largo de la vida.
En otras palabras, las madres, junto con otros cuidadores, participan directamente en la inversión en capital humano, uno de los procesos más relevantes para el crecimiento económico. Y lo hacen en una etapa, la infancia, en la que esa inversión tiene rendimientos especialmente elevados. Sin embargo, esta contribución tampoco suele reflejarse en los indicadores económicos convencionales.
Hay, además, una dimensión adicional que no debe pasar desapercibida. Me refiero a la relación entre maternidad y mercado de trabajo. En muchos países, tener hijos sigue implicando una penalización en la trayectoria profesional de las mujeres. Reducción de jornada, interrupciones en la carrera, menor acceso a promociones son elementos que componen lo que la literatura económica ha denominado “penalización por maternidad”.
Este fenómeno no solo plantea un problema de equidad, sino también de eficiencia. Cuando el talento de una parte significativa de la población se infrautiliza, la economía en su conjunto pierde. Facilitar la conciliación, promover la corresponsabilidad o diseñar políticas de apoyo a la infancia no son solo medidas sociales. Son también decisiones con implicaciones económicas de primer orden.
En este punto, conviene subrayar algo importante. Hablar de la importancia económica de las madres no significa reducir su papel a una mera función en la actividad productiva. Más bien al contrario. Se trata de reconocer que muchas de las actividades más valiosas para el bienestar colectivo no encajan fácilmente en las categorías del mercado, y precisamente por eso tienden a ser invisibles en el análisis económico.
De hecho, la economía lleva tiempo ampliando su mirada en esta dirección. Conceptos como el bienestar, la economía de los cuidados o el capital social reflejan un intento de captar dimensiones que van más allá de la producción y el consumo en sentido estricto. En este marco, la figura de la madre adquiere una relevancia aún mayor.
Volviendo al Día de la Madre, quizá el reto no sea eliminar su componente comercial, algo probablemente inevitable, sino complementarlo con una reflexión más profunda. El regalo, la comida familiar o el detalle simbólico pueden seguir teniendo su lugar. Pero sería deseable que no fueran la única forma de reconocimiento.
Porque el verdadero valor de las madres no está en lo que compramos ese día, sino en lo que hacen el resto del año. Un valor que no siempre aparece en las cuentas nacionales, pero sin el cual esas mismas cuentas carecerían de sentido.
En última instancia, reconocer la importancia económica de las madres es también una invitación a repensar cómo medimos el progreso. Si uno de los aspectos que más contribuye al bienestar de una sociedad permanece en gran medida invisible, tal vez el problema no esté en la realidad, sino en nuestras herramientas para observarla.
Y quizá ahí resida la paradoja. Celebramos a las madres con regalos que sí cuentan en el PIB, mientras ignoramos, o al menos infravaloramos, muchas de las actividades que las hacen imprescindibles para la economía.
Tal vez este mes de mayo sea una buena oportunidad para empezar a corregir ese desequilibrio. Acompañemos nuestro regalo de algo menos tangible, pero probablemente más importante: el reconocimiento que merecen.
María Jesús Valdemoros. Lecturer en IESE Business School.