Opinión
"No basta con saber que se pagan impuestos. Hay que entender cuánto representan, cómo se distribuyen y qué implicaciones tienen"
"No hay euro público que no haya salido, o que vaya a salir, del bolsillo de un ciudadano, de una empresa o de un trabajador"

Publicado el 27/04/2026 a las 05:00
No les descubro nada nuevo si les digo que pagamos impuestos todos los días. Lo sabemos. Pero casi nunca pensamos en cuánto pagamos realmente. Abril es una de esas excepciones. Es ahora cuando la campaña de la renta obliga a mirar una cifra que el resto del año permanece dispersa en la rutina diaria. No porque los impuestos se paguen ahora, sino porque se hacen visibles. En realidad, se pagan de forma continua, en cada nómina, en cada compra, en cada factura. El IRPF se concentra en una declaración; el IVA se diluye a lo largo del año. Pero es en abril cuando todo eso adquiere forma. Durante unas semanas, la contribución deja de ser abstracta. También es uno de los pocos momentos en los que se habla de ingresos públicos desde la perspectiva del ciudadano. El resto del tiempo, la conversación va por otro lado. Porque el debate público gira casi siempre en torno al gasto. Presupuestos, nuevas partidas, ampliaciones de programas, ayudas, inversiones. Se discute cuánto se destina y a quién. Esa es la parte visible, la que genera titulares. La otra mitad de la ecuación apenas aparece. Rara vez se plantea quién financia todo eso y cuánto cuesta realmente. No es casual. El gasto es políticamente más rentable. Permite señalar beneficiarios y proyectar acción. Los ingresos, en cambio, remiten a costes y límites. Resultan menos atractivos. El resultado es una conversación desequilibrada, que explica a su vez otro desequilibrio, en forma de cierto sesgo o inclinación hacia el déficit por parte de las administraciones públicas. El gasto se presenta como si fuera una decisión casi autónoma, cuando depende por completo de los ingresos.
No hay euro público que no haya salido, o que vaya a salir, del bolsillo de un ciudadano, de una empresa o de un trabajador. Cuando no se financia con impuestos presentes, se hace con deuda, es decir, con impuestos futuros. Esa relación evidente parece obviarse y rara vez ocupa el centro del debate, porque los costes se trasladan en el tiempo y preocupa más lo inmediato. Abril la recuerda, aunque solo durante un instante. La campaña de la renta introduce una conexión directa entre esfuerzo individual y financiación colectiva. Cada contribuyente puede ver su aportación y hacerse una idea de su magnitud. En economías como la nuestra, donde la presión fiscal ronda el 35-40% del PIB, no es una cuestión menor. Sin embargo, esa percepción se diluye rápidamente. Una vez presentada la declaración, la atención vuelve al gasto. A lo que se anuncia, a lo que se amplía, a lo que se pone en marcha. El origen de los recursos desaparece de nuevo y la falta de una verdadera conciencia fiscal aparece una carencia relevante. No basta con saber que se pagan impuestos. Hay que entender cuánto representan, cómo se distribuyen y qué implicaciones tienen.
También algo que casi nunca se discute: los principios que deberían guiar el sistema tributario. Eficiencia, simplicidad, estabilidad. Conceptos básicos que apenas forman parte de la conversación. Se habla de tipos concretos o de medidas puntuales, pero mucho menos de si el sistema en su conjunto distorsiona decisiones, es comprensible o genera costes innecesarios. Sin ese marco, la discusión se fragmenta. Se pierde la visión de conjunto. Al mismo tiempo, el dinero público tiende a percibirse como algo impersonal. Como si, una vez recaudado, dejara de tener origen. Y eso afecta a cómo se evalúa el gasto. Cuando se debilita el vínculo entre ingreso y gasto, también lo hace el escrutinio. El gasto se consolida con facilidad. Lo temporal se prolonga. Las revisiones son menos frecuentes que las ampliaciones. Se presta más atención a cuánto se gasta que a qué resultados se obtienen. En cualquier otro ámbito, desde el personal hasta el empresarial, los recursos se evalúan. Se revisan. Se corrigen. En lo público, ese ejercicio existe, pero con menor intensidad. No se trata de cuestionar el gasto, sino de exigirle criterios. Que esté justificado, que funcione, que se revise. Para eso, la rendición de cuentas es esencial. Pero no basta con que haya información. Hace falta que alguien la demande. Y eso nos devuelve al punto de partida. Entender el sistema tributario no es un conocimiento técnico. Es una herramienta básica de ciudadanía. Saber qué se paga, cómo se paga y qué financia permite opinar con criterio. También permite entender el tiempo. Cuando el gasto se financia con deuda, no desaparece. Se traslada. A otros momentos y, a menudo, a otros contribuyentes. También permite comparar. Evaluar si el esfuerzo fiscal es coherente con lo que se recibe. En ese contexto, la crítica es una señal de implicación. El problema no es que haya discusión, sino que falte.
Cuando el ciudadano deja de verse como contribuyente y se percibe solo como beneficiario potencial del gasto, el debate se empobrece. Abril ofrece una oportunidad. No solo para hacer números, sino para recuperar esa conexión. Para recordar que detrás de cada política pública hay un coste asumido por alguien, ahora o en el futuro, y que ese alguien somos todos. Quizá el reto no sea hablar más de impuestos en abril, sino hacerlo también el resto del año. Porque no hay gasto público sin ingresos que lo financien. Y cuanto más conscientes seamos de ese vínculo, también en el tiempo, mejores serán las decisiones colectivas. Más informadas. Más responsables. Más sostenibles. Al final, gestionar dinero público no debería ser tan distinto de gestionar cualquier otro recurso escaso. Se trata de saber de dónde viene, decidir a dónde va y evaluar qué se obtiene a cambio. La diferencia es que aquí el dinero es de todos. Aunque a veces se gestione como si no fuera de nadie.
María Jesús Valdemoros Erro. Lecturer en IESE Business School