Opinión

La humillación y la guerra

"El problema es que muchos nunca quisimos esa paz retórica. Lo que quisimos fue la derrota moral y política de los matones y de los asesinos"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 22/04/2026 a las 05:00

Dicen que está empeorando el clima político en el País Vasco y en Navarra. Yo hace tiempo que llevo paraguas. Aparecen en los periódicos noticias que antes no aparecían. Y no es que haya aumentado la violencia y la intimidación: es que han cambiado de objetivo. Hubo una parte del nacionalismo y de la izquierda que vivió siempre muy cómoda mientras los atacados eran otros: constitucionalistas, chonis, españolazos, gente a la que se podía despreciar sin coste social. Ahora ya casi no quedan. Y muchos de los que quedan han aprendido a callarse. Así que hoy denuncian coacciones quienes hasta ayer juraban que vivíamos en un vergel de paz y concordia.

Durante años, quienes hablaban de amenazas, de insultos, de maniobras para desacreditar al discrepante, para apartarlo de los grupos de amigos, para marcarlo en el trabajo o en la cuadrilla, eran tratados como exagerados. Ya saben: nostálgicos de un tiempo que -decían- había terminado. Se les acusaba de no haber dado el paso hacia la paz, de vivir anclados en el pasado, de no entender el nuevo clima. El problema es que muchos nunca quisimos esa paz retórica. Lo que quisimos fue la derrota moral y política de los matones y de los asesinos. Pero nos vendieron el relato del “conflicto”, de los “dos bandos”, de una violencia difusa de la que nadie parecía responsable.

Así, cuando alguien denunciaba que no había libertad -porque seguían aplicándose métodos de pistola, aunque ya no hubiera pistolas visibles-, se le colocaba en el cadalso simbólico del enemigo del nuevo tiempo. El discrepante era el problema. El incómodo. El facha. Y los fachas, claro, acabaron marchándose o guardando silencio.

Ahora resulta que quienes miraban hacia otro lado sienten en la nuca ese aliento frío que a otros les resultaba tan familiar. Les señalan en pintadas, les excluyen de actos, les incomodan en su propia comunidad. Descubren que la presión ambiental no era una metáfora. Como dijo Churchill, les dieron a elegir entre la humillación y la guerra. Eligieron la humillación… y ahora descubren que la humillación nunca compra la paz, solo aplaza el momento de defender la libertad. Y la libertad, cuando se deja sola demasiado tiempo, termina pasando factura.

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