Opinión

El mundo patas arriba

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Emilio Sánchez-Carlos

Actualizado el 19/03/2026 a las 11:08

Con la cansina omnipresencia diaria de Donald Trump, las imágenes de la guerra y el temor a una subida generalizada de la inflación, no es exagerado afirmar que tenemos un mundo patas arriba. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que el sábado cumplirá tres semanas, amenaza con desencadenar una crisis de efectos demoledores por la trascendencia del petróleo que fluye a través del estrecho de Ormuz. 

Por mucha destrucción que causen los intensos bombardeos contra las baterías de misiles iraníes o sus unidades militares, no parece que el régimen liderado ahora por el clérigo Mojtaba Jameneí haya perdido un ápice de su control político y militar. Irán sigue a rajatabla con su estrategia: desestabilizar a los países árabes del Golfo con el lanzamiento de drones, mantener a Israel en una situación de intranquilidad permanente y provocar una crisis económica global con el bloqueo de Ormuz.

El aumento, todavía contenido, del precio del petróleo puede desencadenar una espiral de encarecimiento de los alimentos, del transporte y, en última instancia, una fuerte subida de la inflación. En el centro de esta crisis se encuentra además la constante incontinencia verbal de Trump, que emite a diario mensajes contradictorios y mantiene al mundo en un permanente nerviosismo con sus improvisaciones.

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El plan estratégico de Estados Unidos con esta guerra resulta cada vez más confuso. Trump lo mismo afirma que pretende la rendición incondicional de Irán que amenaza con una guerra de varias semanas o asegura que el conflicto durará poco, al tiempo que reclama la ayuda internacional para controlar el estrecho de Ormuz. La dimisión del director del Centro Nacional Antiterrorista, Joe Kent, ha sacado a la luz los despropósitos de Trump al asegurar que Irán no representaba ninguna amenaza inminente. Según Kent, Trump está manipulado por la presión de Israel y del lobby judío estadounidense. El envío de marines a territorio iraní se sitúa como un arriesgado desafío de EE.UU. Sin la infantería no se ganan las guerras, pero ello colocaría a Trump ante un eventual desastre. Irán se convertiría en otro Vietnam.

Los líderes europeos exhiben, por su parte, sus divergencias en un momento que exige firmeza para afrontar una crisis de peligrosas repercusiones, mientras Rusia ya ha obtenido, por ahora, el mayor rédito: el precio de su petróleo aumenta mientras se suaviza el efecto de las sanciones económicas.

La victoria rusa en Ucrania se acerca y Putin se frota las manos ante un Trump que le necesita para evitar que se disparen los precios de los carburantes. China observa la crisis con su habitual agudeza estratégica, dispuesta a sacar la máxima ventaja ante un Trump que corre el riesgo de convertirse en rehén de su propia grandilocuencia.

Mientras Rusia y China ayudan discretamente a Irán, buscan aprovechar cualquier debilidad de Washington. Está en juego quién flaquea antes: Irán por los efectos devastadores de los bombardeos o Trump por la presión de los mercados y el riesgo de que la guerra se descontrole. También se percibe una enorme inquietud en los países árabes del Golfo Pérsico por su vulnerabilidad. Sus instalaciones petrolíferas y las plantas desalinizadoras —claves para el suministro de agua— son relativamente fáciles de atacar con drones.

En medio de esta escalada de temores, el Fondo Monetario Internacional no ha contribuido precisamente a calmar los ánimos al recomendar a los países que piensen en lo impensable y se preparen para ello. Vivimos, en definitiva, pendientes de un hilo, con la inquietante sensación de que esta guerra puede alargarse demasiado y de que, en un mundo cada vez más imprevisible, basta un error para desencadenar una crisis incontrolable.

Emilio Sánchez Carlos es periodista.

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