Editorial

Decapitar Irán, someter Oriente Medio

El ataque de Estados Unidos e Israel contra la cúpula del régimen, instalaciones militares y nucleares mueve a Teherán a represaliar a los Estados del Golfo y encuentra a Europa de nuevo desunida

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Editorial DN

Actualizado el 01/03/2026 a las 10:57

En un escenario tenebroso y con atuendo informal, Donald Trump comunicó el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán cuando los misiles ya llevaban horas cayendo sobre dirigentes del régimen, emplazamientos militares y objetivos relacionados con el programa nuclear. No es la estética lo único que distancia al actual inquilino de la Casa Blanca de la actuación de sus antecesores en similares trances. En una inevitable comparación con la invasión de Irak en 2003, se recordará que George W. Bush trató de conseguir el paraguas de Naciones Unidas, obtuvo el apoyo del Senado, despachó a sus tropas en el marco de una coalición con medio centenar de países y supo desde el principio que al despliegue aéreo debería seguir una campaña terrestre. Ahora, Trump vuela de la mano de Benjamin Netanyahu, sin respaldo previo del legislativo, en una aventura que rechaza el 60% de sus conciudadanos.

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Al anunciar su visto bueno, el republicano presenta la segunda ofensiva contra Irán en ocho meses como necesaria por la supuesta amenaza para los estadounidenses del programa nuclear de Teherán. Como ocurrió con los bombardeos de junio pasado, la Casa Blanca pasa en unas horas de la negociación con el adversario a la embestida militar, con el objetivo subyacente de provocar un cambio de poder. Un derrocamiento de la cúpula teocrática que podría haberse iniciado ya con la muerte en los bombardeos del líder supremo, Ali Jamenei, junto a su círculo militar, extremo sugerido en la noche del sábado por el propio Trump y fuentes israelíes, que daban por confirmada la noticia. Mientras, el presidente de EE.UU anima a salir a las calles a los iraníes, estremecidos por la cruel represión de las recientes protestas y castigados por la crisis económica crónica. 

Perseguir una transición democrática para 90 millones de personas no legitima la vía impuesta por EE UU e Israel. La inmensa mayoría de los países propugna un futuro en libertad para los iraníes. Pero las más decididas reacciones contra esta guerra -entre las que sobresale la del presidente Pedro Sánchez- subrayan la preocupación por la enésima violación de la legalidad internacional. Por la violencia contra una nación soberana sin que haya mediado agresión previa. El estallido encuentra a los europeos, una vez más, desunidos. Los socios occidentales de EE UU, también en este capítulo, lidian con una dura prueba: quieren el fin de la república islámica y temen la inestabilidad, pero lo que de verdad los aterroriza es desairar a Trump.

Los primeros pasos del enfrentamiento, teñidos de propaganda cruzada, no pueden considerarse indicativos de la evolución inmediata. Que la represalia iraní se concentrase ayer en las bases de EE UU en los países del Golfo puede entenderse como un intento para que los países árabes llamen a Trump a la moderación; y conseguir lo contrario, que levanten cualquier restricción de su espacio aéreo. Será necesaria la paciencia que a Trump le suele faltar. Bush tardó mes y medio en proclamar su ‘misión cumplida’, aunque el fracaso en Irak pronto fue evidente. Siete meses de bombardeos acabaron con Gadafi, pero la victoria en Libia se reveló prematura. Y veinte años en Afganistán terminaron con la vergonzosa huida ante el empuje de los talibanes, después de un acuerdo, poco se subraya, negociado por Trump. El mismo que ahora pretende blindar, junto al primer ministro israelí, una agenda de dominación política y económica de Oriente Medio.

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