Opinión

"Ahora los baños huelen a urinario y por un sándwich mixto servido con displicencia te clavan el precio de una entrada de cine"

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 01/02/2026 a las 11:20

Los viajes en autobús, de los que algo escribió Josep Pla, eran muy amenos. En el trayecto Pamplona-Madrid, cinco horas -si no se sumaba otra de propina a la altura de Torrejón de Ardoz-, conocí los nombres y apellidos de cada encina, sembradío y tempero. Parada en Soria: meada aproximativa, pincho de tortilla, café, y arre, burro. Aquello lo arregló a medias la llegada del AVE. Pero qué tiempos aquellos en que te servían un aperitivo y los empleados eran muy amables. 

Ahora los baños huelen a urinario y por un sándwich mixto servido con displicencia te clavan el precio de una entrada de cine. No quisiera pasar por frívolo en estos días en que los trenes y los muertos se nos enredan en la vía estrecha de la polémica. ¿Será momento de llamar asesino a Óscar Puente? No me verán en esa escenografía, como no me sumé a la turba que pedía la cabeza de Mazón tras la dana, sabiendo como sé de primera mano qué es un asesino.

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Y es que Valencia me queda muy a tiro. Tomé un Iryo para allí el día después del accidente horrible de Adamuz. Dos cosas me llamaron la atención: el súbito abaratamiento de los de los billetes y el silencio adensado en las colas de los viajeros de Chamartín. Todo fue bien, apenas un retraso de veinte minutos. No besé la tierra al llegar a la estación Joaquín Sorolla, pero me alegré de pisar de nuevo esa ciudad bella y civilizada. 

Quizá, a ello contribuyó que días antes había visto la película más hermosa del 2025, Sueños de trenes (Train Dreams), dirigida por Clint Blentey. Cuenta la vida de un leñador que abre paso a las compañías de ferrocarriles a finales del siglo XIX en Estados Unidos. Una historia en apariencia sencilla, rodeada de un fotografía apoteósica de bosques del pleistoceno que, sin grandes giros de guion, ni fiestas de zombis en el desierto, deja a los espectadores con una honda impresión de plenitud y, ¿por qué no decirlo?, de reconciliación con este extraño viaje que es la vida. Quizá, se lleve el Oscar a la mejor fotografía. O la mejor canción, compuesta por Nick Cave. Con suerte.

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