Opinión
Occidente ha muerto. Larga vida a Occidente
"Los estadounidenses no son Trump. Estados Unidos sigue siendo una democracia con alternancia en el poder."

Publicado el 25/01/2026 a las 05:00
Trump tiene razón: nos hemos aprovechado militarmente de Estados Unidos. Mientras ellos dedicaban numerosos recursos a sus Fuerzas Armadas y se embarraban las botas para construir un sistema internacional del que también nos hemos beneficiado -e.g. rutas comerciales marítimas seguras que nos permiten comprar bienes baratos de Asia-, nosotros dedicábamos los recursos públicos a construir Estados del bienestar. España dedicaba a Defensa el 14,06 % de los Presupuestos en 1974 (el 1,51% del PIB), pero solo el 3,2 % en 2024 (1,4 % del PIB), frente al 13 % que dedicaron los Estados Unidos (3,4 % del PIB). Durante las últimas décadas, el aumento de la recaudación pública se ha destinado a financiar gasto social como pensiones, sanidad o educación, lo que nos ha convertido en dependientes: para la defensa del continente, necesitamos el paraguas nuclear de Estados Unidos, sus servicios de inteligencia o sus capacidades de mando y comunicación, por mencionar algunos ámbitos. Esta estrategia nos funcionó bien durante unas décadas, especialmente tras el final de la Guerra Fría. Con la Unión Soviética derrotada, no había grandes desafíos para la paz global y los Estados europeos pudieron desarrollarse y dedicar recursos a su modelo social. Y esto podría haber seguido funcionando si la democracia liberal se hubiera consolidado como paradigma mundial: los Estados no recurrirían a la fuerza, sino que utilizarían normas e instituciones multilaterales para resolver sus disputas.
Pero, desgraciadamente, el mundo no es como nos gustaría. Los autoritarismos no solo han resistido su desaparición, sino que se han adaptado y han vuelto con fuerza. Incluso las democracias liberales, desgastadas por los efectos negativos de la globalización, empiezan a dudar de su propio modelo. Estados Unidos, otrora hegemón mundial y gran valedor del liberalismo, está en declive relativo frente a otros actores en ascenso, especialmente China. Esto le genera un profundo nerviosismo que le está llevando a tendencias autoritarias y a reorientar sus prioridades estratégicas hacia Asia, desviando su interés de Europa, a quien menosprecia por su compromiso con las normas y reticencia a usar el poder. Nuestro gran problema es que, al ser militarmente dependientes, no podemos separarnos completamente de Estados Unidos (de momento). Pero, ¿sería deseable romper el vínculo transatlántico? Las identidades son clave en las relaciones internacionales; no solo los intereses. Imaginemos el día de después. Más allá del tremendo daño comercial para ambas partes, nos quedaríamos más solos en un mundo cada vez más hostil y autoritario. Tejer nuevos lazos sería difícil.
Aunque cierto comercio sea posible, Rusia detesta nuestra democracia liberal, al igual que China, por lo que estas relaciones tienen limitaciones estructurales. Sí podríamos, y deberíamos, profundizar los lazos con algunos Estados americanos, asiáticos y africanos, aunque ninguno podría reemplazar el vacío político y militar que dejaría Estados Unidos. Para Washington también sería un desastre. Entre otros, perdería el acceso a los servicios de inteligencia europeos o a las 31 bases permanentes y otras 19 instalaciones militares que mantiene en Europa y que son clave para proyectar su poder militar en África, Oriente Medio y el Atlántico Norte. Además, estaría solo frente a Pekín, su gran adversario -creer que no necesita a los europeos para contener a China ha sido el mayor error estratégico de la Administración Trump-. En definitiva, lo que una vez llamamos Occidente desaparecería desde un punto de vista geopolítico y las autocracias lo tendrían mucho más fácil para triunfar en ese nuevo orden mundial. Este oscuro escenario es posible e incluso probable.
¿Qué hacer entonces con un gobierno estadounidense que desprecia a Europa? Primero, resistir. Hay que mostrar unidad y fortaleza frente a los ataques. Los mercados son el talón de Aquiles de Trump y es precisamente ahí donde Europa es más fuerte. Liquidar bonos del Tesoro estadounidense o activar algunos mecanismos del instrumento anticoerción de la UE son herramientas a explorar. Segundo, reforzarnos para ser autónomos y equilibrar así la relación. Hay que continuar con la integración europea para robustecer nuestra posición política y económica. Además, urge desarrollar capacidades militares propias. Pero no se trata solo de invertir más, sino también de coordinarse mejor. Si mañana se cohesionaran los ejércitos de los Estados europeos, seríamos la segunda potencia militar, por encima de Rusia y China. La Coalición de Voluntarios se presenta como un prometedor punto de partida para un sistema de seguridad europeo. España tiene que dejar de “estar” y empezar a “ser”. Mientras tanto, abogar por romper relaciones geopolíticas con Estados Unidos y, al mismo tiempo, no reforzar nuestras capacidades militares solo nos situaría en una posición de vulnerabilidad. Tercero, pensar en nuevas fórmulas. Si no es posible mantener el actual vínculo transatlántico -e.g. por una invasión de Groenlandia-, entonces deberíamos empezar a pensar en cómo reconstruir en unos años la relación para crear un nuevo Occidente geopolítico. A rey muerto, rey puesto. O, como dirían los ingleses, the king is dead, long live the king! Vendrían años de soledad internacional, pero no deberíamos aceptar ese escenario como final. Los estadounidenses no son Trump. Estados Unidos sigue siendo una democracia con alternancia en el poder. Los gobiernos pasan, pero las identidades colectivas perduran: nuestro futuro no está junto a Rusia o China como aliados principales, pese a que algún expresidente español así lo quiera.
David Garciandía Igal. Profesor (college lecturer) de Derecho de la UE en la Universidad de Oxford