Opinión

Socialdemocracia, ¿mañana?

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Federico Tajadura

Actualizado el 19/01/2026 a las 13:31

Desde finales del XX, y de forma más acentuada tras la Gran Recesión, los resultados de las políticas socialdemócratas no responden ya a las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos europeos. La última gran crisis del capitalismo se está saldando con crecimiento y aumento total de la riqueza, pero con más pobreza, más desigualdad y más precariedad. La clase media está empantanada y se siente desprotegida, el ascensor social está gripado y las nuevas generaciones viven peor que las de sus padres. Se viene produciendo una transferencia de poder y de riqueza de abajo hacia arriba, con consecuencias políticas demoledoras: la extrema derecha avanza en toda Europa y retrocede la socialdemocracia.

Se ha instalado el malestar y aumenta la inseguridad ante el futuro. Hay una sensación de final de ciclo, de cambios acelerados y profundos. Reina la incertidumbre y cierto caos en un contexto general de derrumbe de los edificios institucionales construidos para la convivencia en paz y seguridad tras la IIGM.

Un panorama ante el que es que obligado preguntarse: ¿Son viables hoy proyectos políticos reformistas en el limitado marco de los estados europeos?. ¿Qué tiene que ver el mundo de hoy con aquel en que surgió un exitoso proyecto político diseñado a su medida?. Si el mundo está cambiando aceleradamente, ¿no es sencillamente insensato no renovar con la misma profundidad el proyecto?.

El marco de implementación del Estado de bienestar fue el Estado nacional. En el marco del Estado-nación pactaron en Europa capital y trabajo, empresas y sindicatos, socialdemócratas y democristianos, capitalismo y democracia. Dicho pacto fue la forma más exitosa históricamente de combinar democracia (liberal) como sistema político y capitalismo (regulado) como modelo económico. Progreso compartido en libertad.

¿Qué ha cambiado de todo ello en las últimas décadas?: casi todo. Básicamente, la capacidad de los gobiernos socialdemócratas para intervenir eficazmente en la economía, facilitar una efectiva redistribución de la riqueza y sostener con eficacia el estado social. Ante un poder político débil, fragmentado en múltiples realidades estatales, el capitalismo (ayer productivo, después financiero, hoy tecnológico) es hoy el principal beneficiado de la globalización. Un capitalismo oligopólico y desinhibido, alienante y dominador, sin freno ni control político real alguno, que en EEUU ha pasado de condicionar desde fuera al poder político a ejercerlo directamente. Y que ha desencadenado un ataque frontal al estado social y democrático de derecho, con ayuda de la nueva internacional de la motosierra.

El capitalismo como modelo económico y la democracia liberal como sistema político están dejando de ser compatibles. Ha comenzado el desacople de capitalismo y democracia. Asoma una nueva era. Y el estado de derecho a nivel de los viejos estados-nación no forma parte de ella. Menos aún el estado de bienestar. Está en cuestión el modelo avanzado de civilización que habíamos construido.

El desafío para la socialdemocracia es inmenso: rediseñar las nuevas formas de relación entre economía y política, para volver a hacer compatibles capitalismo y democracia. Con abundante acopio de trabajo intelectual que defina una nueva línea de pensamiento político, llámese como se llame, heredera del pensamiento ilustrado y de la socialdemocracia, capaz de hacer frente además a las nuevas realidades científico-tecnológicas, que emergen con un tremendo potencial alienante y deshumanizador. Lejos en cualquier caso de la pretensión de un proyecto totalizador, de “últimas verdades”, que suele derivar en totalitario, y que sacrifique la libertad por la igualdad, pues acaban perdiéndose las dos.

La batalla no será fácil de ganar. El pulso ahora es tremendamente desigual. El capitalismo pactó con la democracia condicionado por la amenaza, hoy inexistente, de la dictadura del proletariado. El capitalismo es hoy una fuerza internacional, globalizada; la democracia es una fuerza nacional, fragmentada. Se hace necesario diseñar un nuevo internacionalismo.

En un mundo globalizado, la reconfiguración de las relaciones entre economía y política sólo podrá volver a ser armónica en marcos supraestatales donde el poder político, en defensa y representación de los intereses generales de los ciudadanos, pueda intervenir real y eficazmente en la actividad económica, regulando el mercado, redistribuyendo riqueza y desarrollando políticas de seguridad social, a través de nuevas instituciones y más potentes políticas públicas. Marcos supraestatales capaces de ser además sujetos geopolíticos y geoestratégicos. En nuestro continente tiene un nombre: Estado federal europeo, con ciudadanía y soberanía europeas.

Sobra señalar que, en España, el socialismo tiene además su particular tarea añadida: revitalizar el PSOE, recuperar un proyecto autónomo, poner el acento en lo igualitario frente a lo identitario, corregir la deriva populista y la errónea política de alianzas, renunciar a la polarización, casar ética y política, trabajar por consensos básicos (incluyendo el PP para reformas estructurales), reformar eficientemente las políticas y los servicios públicos, erradicar modos y prácticas que erosionan desde dentro las instituciones democráticas, abandonar la colonización partidista del aparato institucional y un largo etcétera. Renovando, cuando toque, la dirección.

Federico Tajadura Iso, exconsejero socialista del Gobierno de Navarra.

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