El Rincón
La ley de la selva: Trump quiere vasallos, no aliados
La UE se enfrenta a una realidad para la que no está preparada


Actualizado el 18/01/2026 a las 10:03
El mundo va dando tumbos mientras lo contemplamos desde el sofá del salón. Estupefactos. Atribulados. Hasta indignados. Una realidad que pocas veces resulta más evidente que en este comienzo de 2026 que avanza a martillazos. Sin tregua. Del nuevo incendio de Trump cada mañana a la última ocurrencia de Pedro Sánchez cada tarde para salir al paso de su decadencia política. ¿Dónde han quedado el sentido común y el líder que inspira? Desterrados de la realidad.
La ley del más fuerte. Y es que Donald Trump ha agitado el tablero internacional con saña en este 2026. Captura al dictador Nicolás Maduro en Venezuela, pero deja su régimen chavista al frente del país ninguneando a la líder opositora María Corina Machado y asegurándose el control de su petróleo. Amenaza con quedarse hasta por la fuerza con Groenlandia, la gran isla ártica que pertenece a Dinamarca, a pesar de que EEUU ya tiene bases allí y son países que pertenecen a la OTAN los dos. Y en medio señala que puede bombardear Irán si otra dictadura, la teocrática de los ayatolás, no cesa de reprimir a su pueblo.
El presidente de los EEUU reconvertido en el papel del scheriff del Lejano Oeste que convierte en ley sus deseos y prioridades (el control de los recursos naturales, el petróleo y las tierras raras), saltándose todas las convenciones que han regido nuestro mundo en décadas. Que cree que el fin justifica cualquier medio. El regreso a la ley del más fuerte o la ley de la jungla. Y por pura convicción de un presidente que ha sido elegido democráticamente en los EEUU.
Con la UE fuera de juego. Trump diseña un país con una política exterior de vuelta al imperialismo, donde los amigos comienzan a parecer más vasallos que aliados. Y donde líderes autocráticos se reparten las zonas de influencia, EEUU, China y Rusia. ¿Y la UE? Intentando reaccionar ante un nuevo mundo, más peligroso, para el que no está preparada en absoluto. Un continente que ha avanzado mucho en su unión económica y de derechos y libertades, sus grandes logros, de los que España se ha beneficiado como pocos en los 40 años de su pertenencia al club. Pero un continente que tiene una guerra a las puertas, en Ucrania, que debe sostener frente a Rusia. Y que ahora se ve amenazado por el otro flanco y por su más fiel aliado hasta hoy, EEUU. E incapaz de tener una posición común sobre la ocupación israelí de Gaza.
Un choque demasiado fuerte para un continente con una opinión pública eco-pacifista en medio de tambores de guerra y conflictos por todos lados. Y que tiene muy diagnosticados sus problemas internos (léase informes Draghi y Letta), pero que es incapaz de afrontarlos.
Se necesitan líderes. Es el tiempo en el que se necesitan líderes en Europa, en España. Y donde más se echa en falta su ausencia. Personajes con visión a medio y largo plazo y con capacidad y voluntad para correr riesgos y guiar a las opiniones públicas de los países por encima del ruido y respetando los valores de la democracia que nos ha hecho fuertes y mejores.
¿Y qué tenemos? Mirémonos al ombligo en España. Un presidente, el socialista Pedro Sánchez, con una legislatura fallida, rodeado de escándalos, huérfano de mayorías e hipotecado por sus cesiones al independentismo con el único objetivo de mantenerse en el poder. Hasta cuando busca reformar la financiación autonómica, ha generado el rechazo casi unánime de todas las comunidades menos una, Cataluña, con la única que ya había pactado.
Necesidad de instituciones. Incapaz, por tanto, de generar el mínimo consenso cuando más se necesita. Porque toca tomar decisiones. El Gobierno plantea enviar tropas de paz a Ucrania y no descarta presencia (simbólica, claro) en Groenlandia y sus propios socios de izquierdas lo rechazan. Y un país polarizado, con la extrema derecha al alza como reacción, con la derecha liberal descolocada a la que Trump le ha roto los esquemas y con la izquierda en retroceso por su propio desgaste, va a entender muy mal cualquier medida.
Cuando más necesitamos acuerdos básicos más divididos estamos y más difícil es ni sentarse a hablar. Cuando más se necesitan instituciones sólidas como fuente de confianza, las tenemos más debilitadas por el desgaste político al que se ven sometidas. Mal asunto. Ymás peligroso que nunca. Ójala nos quede capacidad colectiva y sensatez para reaccionar.
